La mano del sol

Félix Bornstein

Imagen: Flickr de Sam Ilic

Sólo conserva una imagen de su padre. Un eco ya muy lejano que brotó en su memoria de adulto un día impreciso de invierno. Desde entonces ese rumor le devuelve al padre en un viaje a través de los años que ya ha realizado una y otra vez. El trayecto no tiene paradas intermedias y concluye indefectiblemente en el mismo lugar del pasado. También se detiene el viajero en la misma fecha de su calendario íntimo, una parada que ahora, en el último tramo del camino  que va a recorrer, se le antoja, quizás, su adiós definitivo a la infancia.

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Cuatro o cinco años tendría cuando se adentró en la playa con los pies descalzos, pisando la arena húmeda casi sin dejar rastro, como si fueran los pasos ligeros de una gaviota. Ahí, a la orilla del agua, estaba a salvo, por fin, de los tormentos de la arena amarilla que quema los pies y del cansancio que le había robado el aire de los pulmones en la travesía de las dunas que separaban el océano de la carretera por la que el niño y su padre, caminando uno al lado del otro, habían desembocado en la playa. Solos los dos, sospechando que eran los únicos ocupantes de un planeta deshabitado. Entonces sucedió el instante de asombro infantil que la memoria ha guardado en el corazón de ese hombre al abrigo del viento de los azares, de las desventuras y también a despecho de las rachas de brisa entre las que todos solemos vislumbrar la cara risueña de la fortuna. Ese instante inicial grabado -como un estigma de esclavitud gozosa al pasado más remoto- de manera indeleble en el tiempo continuo del hombre al que hoy se le han desvaído los demás recuerdos es el momento que surge siempre de la caja de su memoria como un golpe repentino de intenso calor. En ese instante todo lo que queda del mundo es un relámpago que abrasa los contornos del mar, la tierra y el cielo, una milésima parte de un segundo de luz y de fuego que, deteniendo el movimiento  impulsado por la voluntad desconocida que hace girar todas las cosas, transfigura a un niño que siente en su mano la mano fuerte del padre.

Amor. Protección. Luego una blancura opaca envuelve a los dos y se expande como un big bang infantil que, fundiendo todo lo que existe en ese instante cristalizado ya en el recuerdo como la mica del granito, ha borrado la continuidad del tiempo hacia un vacío que expele su misterio intuido por el hombre con una percepción angustiosa y, sin embargo, no privada de una amorfa sensación de sentido. A semejanza de esas estaciones ferroviarias que, iluminadas en medio de la noche, irrumpen en el viaje del sueño difuminándose luego sus contornos hasta convertirse en el negativo borroso de la figura que, mezclada con otras, es el residuo nocturno de los temores y las esperanzas que, imitando las sombras que proyectamos andando por los caminos, nos acompañan en el tiempo consciente de nuestros estados de vigilia.

El padre viajó también al mundo de los sueños. Nunca regresó para llevarle de la mano a la playa. No existió una segunda vez, ninguna otra ocasión de amor y protección paterna que, de haber ocurrido, como les pasa a los viejos álbumes de fotos de familia –depositados sin orden en el desván o perdidos sin dejar señas en alguna de las mudanzas de domicilio-, habría hecho innecesario que el adulto cegado aquel día, de niño, por el sol al lado del mar en compañía de su padre, en ese instante ya tan lejano de su infancia, encendiera el motor de su memoria vital. Una ausencia que, a partir del día de invierno en el que le sobresaltó el recuerdo intempestivo, hizo que desenfundara el cuchillo que ha atravesado el tiempo a través de los años recorriendo el camino de vuelta, perforando el pasado como la llama de una cerilla deshace el papel, hasta proyectar en una pared oscura el que ha sido el día más feliz de la vida de un hombre -ahora encorvado por el peso de la mochila de los sucesos- cansado de girar la manecilla de su reloj. La única explicación de esa ausencia -según le dijeron al niño en casa- era que papá había tenido que marcharse a una ciudad designada con un nombre muy raro invisible en los mapas de geografía de la escuela para socorrer a un desconocido que por lo visto era el hermano mayor de papá, un hermano muy pobre que también vivía muy lejos y del que tampoco merecía la pena que el niño supiera el nombre sin letras vocales recibido en el bautismo –o como se llamara esa ceremonia que reemplaza al agua bendita- en esa secreta ciudad extranjera.

Lo demás es un paréntesis de toda la gama de colores de la existencia. El que ha predominado en los últimos años, si verdaderamente se trata de un color, es el tinte monocorde de un gris carente de voluntad de sorpresa. Los días, según el dictado de la memoria más reciente, han sido un día continuo sin amaneceres definidos y sin noches de olor fresco a jardín del mismo color con el que –imagina- estará pintado el telón que ya se dispone a caer sobre el capítulo final de una novela -¿por qué no decirlo?- no mal escrita del todo. Vista a la distancia oportuna, recreada con la cabeza sobre la almohada en esta cama del hospital que va a ser la última casa de quien evoca por vez postrera el día más grande de su andadura, la vida no le ha sido ingrata y no ha estado huérfana de cierto sentido que ahora no desea repasar. No le apetece hacer examen de conciencia ni conmemorar ningún episodio individual en homenaje ni tampoco en reproche de sí mismo en el peldaño final de su viaje.

Unos incidentes han sido más valiosos que otros. Pero ninguno debe preservarse del olvido salvo el instante de alegría feroz en el que sintió la presencia del padre, solos los dos, juntos,  frente al vértigo abrumador de un mundo indiferente a sus vidas, entre el brillo de la arena y el oleaje continuo del mar. En el centro de un planeta sin misericordia ni amistad solícita hacia el destino de un niño que, sin embargo, recibía el significado de estar vivo y la fuerza necesaria para alzar la vista y enfrentarse al juicio del sol cogido de la mano del padre, en la que se condensaban la energía y el calor del cielo que estaba transmitiendo a su pequeño. Su padre, el gran sol de la infancia, sería luego, después de su inesperada despedida, la huella fresca de la tristeza que a todos acomete cuando imperceptiblemente nos cala hasta la entraña del corazón la lluvia fina y penetrante del desamparo y de la soledad.

Al hombre que nunca dejó de ser niño le toca ahora el turno obligatorio y universal de la consumación de todo lo animado, la democracia sentimental del último adiós a las cosas sensibles sin distinción de circunstancias personales. Se va yendo con ese primer recuerdo de la vida y  también con la angustia que quizás debió padecer el padre en su viaje misterioso a la ciudad sin nombre en la que había nacido. Distraído con el recuerdo apenas percibe el inicio de una corriente de laxitud corporal que va creciendo como una bola blanca de luz que le transporta hacia el vórtice abierto en una neblina aún más blanca succionándole como una ventosa en un movimiento imperceptible de repliegue sobre sí misma. Es atraído, como las aguas del océano en la bajamar, por una luz celeste que, desprendiendo un fulgor desconocido, borra los contornos definitorios de cualquier entidad preexistente. Es el instante último en la consciencia de una alegría salvaje que se desprende de la necesidad de memoria al igual que a una herida cicatrizada se la despoja de la gasa que hasta ese momento la ha protegido de la intemperie. Ningún ojo pudo captar la velocidad del tiempo transcurrido. El instante fugaz en el que, a la orilla del mar, había notado otra vez el calor de la mano paterna sobre la suya. Sintiendo que ese calor recorría todo su cuerpo -entregado ya al temblor primigenio- el hombre desapareció como un huésped extraño de su consciencia.