Un metro llamado desencanto

Vincenzo Sastre *

Imagen: Flickr de Éole.

Salimos del que sería nuestro primer piso propio. Era uno cutre que nuestras mentes concebían como refugio de aventuras sucias de alcoba, un estudio donde él tocaría música y yo pondría letra, como hablamos durante años. Olía a libertad anhelada, a sueños que construir y a amistad inquebrantable.

Publicidad

Entramos en la estación hablando acerca de qué muebles tendríamos y si encajarían con Nat King Cole, Iron Maiden y nuestras greñas. Saltamos torniquetes y escalones al ritmo atropellado de nuestras ideas y esperamos en el andén discutiendo si pintaríamos las paredes de negro para acongojar a los huéspedes y que no molestaran demasiado. Nos pusimos en pie con la resaca del aire y nos separamos para jugar a adivinar quién quedaba más cerca de las puertas del vagón al parar. Casi al final de la frenada, vi por la ventana a tres sombríos fulanos sentados en un extremo del vagón.

Nos sentamos en el único par de asientos disponible delante de la  barra auxiliar central del compartimento, dejamos las mochilas a nuestros pies y hablamos sobre cuándo compraríamos lo básico de una casa (que en un piso de estudiantes se reduce a comida precocinada, jabón, una escoba y, con suerte, una fregona.) El pitido de advertencia del cierre de puertas, los engranajes operando, el reprís, los primeros metros en movimiento y el anuncio de electrónica voz femenina ahogaron los pasos acercándose por mi izquierda. Próxima estación, Poblenou.

Un brazo del tamaño de nuestras cabezas aterrizó entre ellas en el cristal a nuestra espalda. Seguí una manga de chaqueta negra y encontré la cara desencajada de un tipo de aspecto eslavo y ojos azules que exhalaba ginebra o vodka. Se chupó el labio inferior, parpadeó y me espetó a bocajarro:
¿Tienes un euro?
Atónito, respondí ¿Perdona?
Un euro.
No, lo siento, estamos a dos velas ahora mismo, añadí con la mejor sonrisa condescendiente que puede ofrecérsele a un mendigo. Acomodó su posición sobre mí. Sentí la mirada de mi mejor amigo a medio camino de rogar que no diera más coba y la curiosidad por la situación.
¿Sabes, siseó, cuánta sangre hay en el cuerpo humano?
¿Unos cinco litros, puede ser?, lancé envalentonado por la compañía.
¿Y si te rajo?, rebatió.
La lógica aplastante intervino en mi respuesta: unos pocos menos.

Se retiró apoyando la espalda en la barra auxiliar, inspiró y sus ojos azules me recorrieron de arriba a abajo. Disminuyó la velocidad del transporte. Alzó la cabeza apretando los labios. La luz de la nueva estación se coló por las ventanas y me ubiqué en el escenario obviado con el calor, de la amistad primero y de la tensión después.
Los viajeros nos observaban con expectantes ojos de sapo.

Una voz ruda llamó desde el otro extremo del convoy. Era un hombre moreno de rostro hosco. El viaje se interrumpió con el abrir seco de las puertas. Mi compañero agarró su mochila y salió por la puerta en dos zancadas. Ya en la primera, tenía clavados los vidriosos ojos azules del borracho sobre mí.

Tomé aire. Me agaché aferrando mi mochila y el brazo del eslavo rozó mi coronilla. Arranqué a correr, pero para el segundo paso mi propio cuerpo se adelantó de cuello para abajo por el tirón de pelo. Mis pies se separaron del suelo y volaron. Parecían los pies de otro.

Recobré el equilibrio evitando el batacazo. Me arrastró por el pelo. Se incrustó el golpe metálico de la barra auxiliar del vagón en mi espalda, de la cabeza hasta los riñones. Ganando resuello, encontré la mirada de mi amigo esperando fuera, estático. Sonó el pitido de advertencia y el cierre de las puertas fue el único movimiento del vagón antes de arrancar.

Noté el fino frío de una cuchilla en mi cuello. Se dibujó una sonrisa enfermiza de labios mojados bajo los ojos azules. En mitad del labio inferior, una gota de baba brillante apestaba, curvándose cuando dijo ¿Probamos eso de la sangre?

Devolví la mirada, sereno, sabiendo que podía ser lo último que hiciera. Se pasó la lengua por los labios, impaciente. No habría piso, juegos estúpidos, John Coltrane, AC/DC, sueños, ni libertad. Y aún con la remota posibilidad de que todavía existiera un futuro, el mal menor era que las aventuras de alcoba terminaran recogidas en una bolsita de papel, junto a mis pelotas.

La catenaria puso en marcha el metro. Próxima estación, Llacuna, anunció la locución y la navaja permaneció quieta. Los ojos azules se movieron eléctricos y los de sapo me golpearon en la boca del estómago. Apreté los puños por la impotencia de estar objetivamente vendido.

Escuché otra vez la voz ruda, justo detrás de mí. Susurró un chapurreo italiano.
Suéltalo, soy tu superior.
Mis sienes perdieron algún mechón aunque la navaja se separara de mi cuello.
Suéltalo, repitió la voz.

Vi una mano a mi lado y desapareció la tirantez de mi cabeza. Un brazo rodeó mi cintura lanzándome contra los asientos. El moreno hosco derribó al eslavo y forcejearon hasta quedar un resoplido rabioso contra el suelo.

El brazo que me apartó era de un hombre calvo y enjuto de tristes ojos verdes que levantándome, dijo: tranquilo; perdona a nuestro amigo borracho.
Me llevó al otro extremo del vagón, rogando que no los denunciara. Pensé en mandarlo a la mierda pero convine que, a fin de cuentas, dos de esas tres personas me habían salvado el culo. Encogí mis hombros y todavía hoy dudo de si resté importancia o fui la viva imagen de la resignación.

El hombre calvo de tristes ojos verdes se marchó de mi lado. Nadie me miró,  curioseaban atentísimamente sus calzados. Creí que iban a croar. Esbocé una sonrisa torcida y pensé en el Efecto Espectador sin darle vueltas a si habría sido una nueva Kitty Genovese, una americana acuchillada durante media hora a plena luz del día sin que uno solo de los cuarenta testigos moviera un dedo. Era ingenuo esperar que un extraño se involucrara en algo así.

La nueva estación apareció tras las ventanas del vagón. Se abrieron las puertas, recogí mi mochila y bajé receloso. No temblaba por la descarga de adrenalina aunque los colores de la estación parecían oleosos. Las puertas cerraron con un zumbido. Llamé a mi compañero.
Ya está.
¿Qué tal?
Entero, aunque parezca mentira.
¿Dónde andas?
En la parada siguiente.
Voy, no te muevas. Colgó.

Se silenciaron los efectos especiales. No había viento en los túneles, ruidos en la cafetería, traqueteo en los torniquetes ni escuchaba los pasos de viajeros ajenos a lo que acababa de acontecer. Los pensamientos pasaban por mi cabeza a alta velocidad. Me senté a esperar jugueteando con mis anillos.

Mi colega bajó del siguiente metro sentándose a mi lado con su mochila.
Lo siento, me quedé congelado. Respiró hondo. Debiste salir antes.
Giré lentamente.
¿Qué?
Que si hubieras corrido más, como yo, no habría pasado nada.

El mundo paró un momento de pura incredulidad. Para mi amigo, mi futuro compañero de piso, habría sido una Kitty Genovese que, además de puta, puso la cama. Casi pude distinguir ojos de sapo en él.

Y en ese preciso momento supe que no solo no habría piso, juegos estúpidos, jazz, rock, sueños o libertad, sino que tampoco conocería una amistad inquebrantable.

(*) Vincenzo Sastre (Girona, 1983). Escritor. Después de diez años dedicado a la tecnología y la informática, colgó los trastos hace tres años por la literatura. Colabora en diversos medios barceloneses.