La parte que le toca al arte

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Es viejo el debate sobre a quién sirve el arte en nuestros días, cuál es su papel y cuál su sitio en el mundo. Las vanguardias que golpearon las conciencias y los sentidos de los habitantes de comienzos del siglo XX parecieron arrasar el terreno y pocos artistas han superado aquellos listones para pasar realmente a los anales de la historia del arte.

Sobre el compromiso de los artistas con su tiempo también resulta cansino hablar ya, con la buena documentación que figura en las buenas bibliotecas. Paradigmático fue el encontronazo clásico entre Camus y Sartre al respecto. ¿Es lo que escribe un escritor suficiente en medio de las furias de los tiempos que vive cuando no escribe blandiendo su PC cual si fuera una espada justiciera? ¿Por qué los artistas plásticos abandonaron sus pinceles para perpetrar instalaciones de comprensión no siempre inteligible? ¿Por qué sigue molestando tanto el arte si a estas alturas del siglo XXI ya parece que esté todo digerido? ¿Son los artistas más tremendistas, asquerosos, truculentos, los que acaparan la atención de los llamados entendidos?

Tras la valiente protesta del artista chino Ai Weiwei, confinado durante largo tiempo por sus trabajos poco contemplativos con el poder, otros artistas han surgido en aquel enorme país que están incordiando al régimen represivo, muy cómodo en sus negocios con Occidente, esa fábrica de hipócritas con paquetes tóxicos, enriquecimientos ilegítimos, riesgos de primas  y otras desventuras causadas por el tipo de vida elegido.

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En España, una joven artista –o mejor dicho, aspirante a ello, ya que es largo el camino del arte-, Yolanda Domínguez,  ha ideado una performance que ha grabado en video. Se le ha ocurrido colocar a mujeres corrientes y molientes en posturitas de modelones, como vemos en las revistas y hasta en la prensa común, cuyos gestos y actitudes están lejos de parecer naturales. Una pasa la página del anuncio de los Gabánez o los Luchínez y no sabe si se trata de la escena desgarradora de un asesinato o de un melodrama de los de hace mil años. Tan modernos son. Lo que parece contar menos es la ropa que se anuncia, que ésa es otra. La cosa es marcar tendencias, por lo visto.

La puesta en escena de Domínguez es una cosa sencilla, nada de grandes estructuras ni escenarios espectaculares. Se trata de dejar en evidencia una práctica que ha terminado por considerarse normal: la ridiculización de la imagen femenina -no digamos el ritmo que lleva la masculina- con el pretexto de ofrecer una presentación original. ¿O se trata de otra cosa? Cuando un modisto muestra a una modelo despatarrada, con una de las manos señalando el pubis y el carmín de labios corrido, los ojos hundidos rodeados de sombra morada y el pelo desaliñado, ¿qué demonios está vendiendo? A veces, esa modelo es adulta pero muchas veces se trata de una adolescente, casi una niña. Hemos asistido al acortamiento de la infancia en estos últimos veinte años, la utilización de niños en el concierto del consumismo descerebrado, su cosificación. También valen como objetos sexuales a esa miríada de pedófilos, esos hombres cuya masculina sexualidad anda severamente averiada. Quizás se trate de esto.

Si ya ni las feministas protestan, barridas del mapa por la corriente dominante del nirvana consumista, ni parece que el Estado vele por sus criaturas, vencido por los atronadores gritos de la bolsa de  los otros valores, alquien tendrá que tomar el testigo -quizás los artistas- para continuar la marcha. Y si suena a antiguo, que suene. Que algo llevará si suena.


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2 Comments
  1. Miguel.V says

    Yo hacia poses en un paseo de Burgos en el 63.
    http://img163.imageshack.us/img163/3484/cervantes.jpg

  2. Miguel.V says

    aquí te mando otra
    http://img41.imageshack.us/img41/5080/jardines.jpg

    El cartelito dice.
    Estos jardines son de la ciudad ,deben ser respetados

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