Alerta roja: se extiende el contagio

Cuando nació el movimiento Democracia Real Ya (DRY) que acabó derivando en el Movimiento 15M, Cuartopoder se ocupó de comentar y analizar el fenómeno, ya que parecía el embrión de una reacción democrática, de protesta ante los malhechores que resultan ser, además, poderosos, porque de los malhechores corrientes ya se ocupa el sistema; algo que tiene que ver con que las políticas de los países desarrollados se alejen cada vez más de la gente corriente, o sea de todos nosotros, una conciencia social acorde con los tiempos que vivimos.

Desde entonces, el corazón del 15M no ha dejado de trabajar, estudiar situaciones, proponer movilizaciones, informar, de modo que lo que pareció a muchos una comprensible exposición pública del cabreo nacional que pasaría como una viruela, siguiese calentando la esperanza de que la gente pueda ayudar a cambiar el estado de cosas a algo más justo o menos descaradamente injusto.

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Se ha dicho –aparentemente, con razón- que ha habido tramposos que han sembrado aguafiestas en el seno del movimiento para que todo quedara en tumulto de gamberros y gente marginal. De esas y de muchas otras zancadillas ha salido indemne el 15M. Los políticos tardaron en darse cuenta pero cuando lo hicieron cavilaron que esa gente podría ser captada para sus filas, con la ganancia consecuente de votos en las próximas elecciones. Mucho más ducho el PSOE que nadie, el llamado Candidato ordenó a su séquito los malabarismos que hicieran falta para embolsarse ese capitalito humano en sus trapazas.

Entonces, parecía que la situación ideal para que la llamada Spanish Revolution progresara en importancia era que se produjera un efecto contagio por el mundo, como ocurrió en varias de las europeas. Pero, sobre todo era importante que cruzara el Atlántico, hacia Estados Unidos, cuna del fervor capitalista, y especialmente anidara en la capital del mundo: Nueva York. Y por fin, asistimos a ello. De los setecientos detenidos ayer cerca de Wall Street –una Puerta del Sol en toda regla- están todos en la calle con su citación judicial correspondiente. Dentro de un mes comparecerán ante un juez que determinará la multa que han de pagar, o acaso hasta los días de cárcel que les esperan. La maquinaria capitalista se pondrá en marcha –nunca se ha parado- y ya imagino a picapleitos sin escrúpulos sacando provecho de la situación de estas gentes. El capital sabe cómo desanudar la maraña solidaria y convertirla en individuos solos, desmoralizados ante el mazo de la justicia que no sabe de causas justas, si se me permite el disparate aparente, y sí de buenas multas para que se apaguen los corazones encendidos.

En agosto, conocí a una familia de judíos de un kibbutz cercano a Tel Aviv. Me hablaron entusiasmados del movimiento de indignación de las gentes en Israel, de cómo habían tomado las calles en muchas ciudades para protestar por la subida de los precios, el paro, el abandono juvenil, la corrupción de los poderosos… Estaban encantados con que la gente se desperezara y comenzara a gritar. Les dije que los españoles llevaban haciéndolo desde mayo y quedaron sorprendidos, no lo sabían. La coincidencia con las protestas griegas –perfectamente encajadas en la situación extrema del país- y la llamada Primavera Arabe eclipsó, creo, un fenómeno cuyo foco ha sido indudablemente la Puerta del Sol. Hasta la coincidencia del nombre es afortunada.

Las reivindicaciones de la gente, tanto en Sol como en Cataluña, en Haifa o en Atenas, en Nueva York y en Boston son muy concretas y no veleidades revolucionarias como los Monty Burns (el dueño de la central nuclear, de Los Simpsons) y aledaños pretenden hacer creer, sino seres humanos, educados en su mayoría, que han decidido reaccionar, pase lo que pase, romper la incómoda comodidad de no buscarse más problemas y seguir calladitos.

A diario, leemos o escuchamos noticias sobre –por ejemplo- tipos que han saqueado las cajas de los ahorros de la gente trabajadora para forrarse los riñones, como esos de la CAM -pero no los únicos-, nombres de indeseables que no escribiré en este blog para evitar que apeste.  Pero nada sabemos sobre si comparecerán ante la Justicia y devolverán cada céntimo robado y pagarán de su bolsillo las multas que corresponden a ese comportamiento. Y, al no tener la memoria tan precaria, los españoles recordamos que tipejos que abusaron de sus cargos públicos han cumplido alguna condena y están paseando al perro cada mañana, tan tranquilos y sin que se sepa que hayan devuelto un duro a la comunidad donde robaron. Peor: se sabe que no han devuelto un ochavo y que van tirando de su hucha oculta para vivir muy bien. Eso desmoraliza y aplasta el ánimo.

La buena noticia es que los ánimos aplastados pueden recomponerse y levantarse. Necesitarán muchas cárceles y mucha policía para acallar tantas voces. Y yo lo que espero es que se vean desbordados y empiecen a ceder, quizás porque soy una ilusa incorregible.