Delacroix y España

Estamos ante una de las grandes exposiciones del año, de una importancia enorme tanto por la calidad de lo expuesto como por la pertinencia a la hora de conmemorar la figura de un pintor tan vinculado a  la tradición pictórica española. Coincidiendo con el X aniversario de la institución cultural de la Obra Social La Caixa, esta entidad ha programado algunos eventos que se desarrollarán durante el año, aunque los más destacados son esta retrospectiva, Delacroix. De la idea a la expresión, inaugurada en Caixa Forum de Madrid el pasado 19 de octubre y que viajará a Barcelona en febrero de 2012 donde compartirá espacio con algunos goyas y una retrospectiva con el pintor aragonés como telón de fondo que, se supone, culminará en cierta manera ese aniversario. Como se ve, una clara apuesta por el primer Romanticismo y los orígenes del Gran Relato decimonónico.

Grandes museos han colaborado en este proyecto. El Museo del Prado, que aportará los goyas, y el Louvre. El día de la inauguración, Sébastien Allard, conservador jefe del Departamento de Pintura del Museo del Louvre y comisario de esta exposición, se mostraba exultante, hasta el punto de situar esta muestra entre las mejores habidas en Europa,: “A Delacroix se le han hecho numerosas exposiciones, pero creo que ésta es, después de la del Louvre que tuvo lugar en 1963, coincidiendo con el aniversario del fallecimiento del pintor, la mejor y más completa de todas”, y hasta tal punto se mostró agradecido con la acogida en nuestro país de la retrospectiva que se refirió a ella como, “ Una deuda que queríamos saldar, una deuda que Delacroix tuvo siempre con España”. De esta manera el espectador que se acerque a la sala de Caixa Forum y contemple las 130 piezas que componen la muestra, algunas como Mujeres de Argel en sus habitaciones, nunca habían salido de las salas del Museo del Louvre, tendrá la oportunidad, única, de toparse con una retrospectiva exhaustiva y de una calidad excepcional. No se ha reparado en gestos grandiosos, como si la atmósfera de los cuadros del pintor, proclive a los grandes formatos, hubiese contagiado a los responsables de la misma. A grandes obras, grandes gestos. Las expectativas depositadas han sido enormes.

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Página del álbum de Delacroix sobre el norte de África y España (1832) que se conserva en el Museo del Louvre. / Wikimedia Commons

La fascinación de Eugène Delacroix por España, desde que la visitó en 1820, no tuvo límites. Me refiero a la pintura española. Desde luego por Velázquez y Zurbarán, claro, pero, sobre todo, por Goya. En los negros del pintor aragonés vio una transposición del color hacia lo escultórico que determinó su obra posterior hasta aspectos insospechados. Por eso la muestra está dividida en dos partes principales: la dedicada a los cuadros que en  Delacroix pueden llamarse deudores de ese influjo determinante,  a la vez que desarrollaba en grandes formatos sus cuadros de naturaleza histórica, esos lienzos en que la Idea de la Historia adquiere su pleno desarrollo iconográfico, el Gran Relato romántico, y, finalmente, como señala Allard, “los cuadros que hablan por sí mismos, sin necesidad de camuflarse tras un tema”, lo que equivale a decir el nacimiento de la pintura moderna, auto- reflexiva e inquisidora con sus límites. Para ello, entre otras muchas, Allard ha escogido Boceto de la caja de León, un cuadro en el que Delacroix parece reflexionar sobre el momento en que una obra debe darse por concluida. Este cuadro deleitó a Cézanne y, considerado éste el padre de la moderna concepción pictórica, no es de extrañar que se presente como uno de los lienzos representativos de la retrospectiva. En cierta manera es uno de los pilares en que se basa la exposición: de las representaciones inmensas del color y la narratividad a la reflexión sobre el objeto del oficio. De esa narratividad, de su preferencia descarnada por los relatos de corte histórico y mítico, se presentan, por ejemplo, 17 litografías utilizadas para ilustrar el Fausto, de Goethe, que dan cuenta de sus resonancias y preferencias por el gesto romántico, amén de su pasión por los grandes momentos históricos, que consideraba decisivos. Buena muestra de ello es su fascinación por la actitud de Lord Byron respecto a la independencia de Grecia. Dos cuadros lo avalan: La masacre de Quíos y Grecia expirando sobre las ruinas de Missolonghi, pintados en la década de los veinte, pocos años después de aquella visita legendaria al Museo del Prado. Conviene que el espectador afile aquí sus dotes comparativas entre los claroscuros de la escuela barroca española y los que emplea Delacroix al servicio de la idea romántica de la Historia.

La gracia de  retrospectiva, además, descansa en presentarnos a un artista en su complejidad. Sí es verdad que hay un pintor obsesionado por el Gran Relato, existe también, en deuda y correspondencia con su tiempo, el descubridor y gustador de temas exóticos, orientalizantes. Lo que la muestra recoge, hay toda una sala dedicada a ello, de ese orientalismo no es, sin embargo, y aquí Delacroix poco tiene que ver con sus coetáneos, una actitud de superioridad propia del colonialismo, sino todo lo contrario, la inmersión en una cultura que le es ajena y que por eso le atrae, en igualdad de condiciones: Las mujeres de Argel en su aposento, es el cuadro emblemático de tamaña disposición. Preside la sala, en realidad. Con razón. Y cómo no, el Delacroix lector. No sólo de Goethe, a quien ilustró su Fausto y del que el poeta alemán llegó a decir que superaba su propia visión del mito, sino a Dante, Milton, Cervantes y Walter Scott, además de Byron, autores cuyas obras ilustra y que junto a los autorretratos que presiden la entrada a la exposición nos dan una muestra muy amplia de la multitud de temas, preocupaciones, obsesiones y dilemas en que se forjó una de las grandes obras artísticas del siglo XIX.

Una retrospectiva excelente, como hay pocas, y que si juntamos al panorama que se extiende por el país, la muestra de Miró en Barcelona, Giacometti en Málaga, y Brancusi en su relación con Serra en Bilbao, podemos afirmar que estamos ante uno de los momentos más espléndidos que le ha sido dado otorgado a  nuestro país respecto a las exposiciones de alto rango. Contados son los países que ofrecen en el mismo momento un abanico de tan probada excelencia y, a la vez, tan distinto.