La democracia y el mundo nuevo

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Portada de la novela de Peter Carey. / randomhousemondadori.es

Recoge Walter Benjamin en algún lugar de sus Passagenwerk que cada época imagina siempre la posterior. Ello lleva a su aparente contrario, y el filósofo alemán así lo entrevió: que cada época ilumina en cierta manera la historia pasada apropiándose de una interpretación de la misma hasta entonces insospechada. El papel otorgado a Roma en los tiempos de la Revolución Francesa, por ejemplo, o el gesto de algunos elementos de aquella República en la reciente democracia americana, Lucio Quincio Cincinato como modelo de lo que debe ser un naciente ciudadano de la Unión. Valga todo esto como recordatorio de algo que parece estar de moda hoy día hasta constituir algo sin remisión posible: el uso indiscriminado que el pasado nos brinda de continuo para comprender nuestro presente, uso que cada vez se parece más al saqueo, debido a una conveniente caída en lo anacrónico, producto quizá de que pensamos que estamos en un momento de globalización tan intenso que la concepción lineal de la historia se ha detenido en aras de una integración de todas las culturas. La reciente aparición en nuestras librerías de la novela de Peter Carey, Parrot y Olivier en América, que ha publicado Mondadori, ilustra de modo ejemplar esta tendencia y es un modelo de lo que debería ser el género de la novela histórica cuando el talento brilla por encima de los tópicos inherentes al mismo, que tantos estragos está haciendo en España.

Ya la cita de Alexis de Tocqueville que abre el libro contiene todos esos elementos a que hacemos referencia: “¿Podemos pensar que la democracia, que ha derrocado al sistema feudal y ha vencido a los reyes, retrocederá ante los comerciantes y los capitalistas?  Anunciar todas las cosas no es bueno”. Parecería que Tocqueville, por un momento, estuviera asistiendo desde algún lugar del pasado a las manifestaciones de indignados que recorre hoy día el planeta -el libro de Carey se publicó en inglés el año pasado- y que sus dotes de insospechada profecía hubiesen llegado a las presciencia. No. Lo que sucede es quizá no menos misterioso en sus motivos, ¿por qué esa necesidad de buscar modelos en el pasado?, pero sí más prosaico en sus intenciones: si leemos una novela sobre los orígenes de la democracia americana nos gustaría que hubiese allí algo implícito que de alguna manera iluminase nuestro presente. En este sentido la cita es un hallazgo y justifica las casi quinientas páginas que vienen  a continuación, es decir, una historia divertida como pocas y que pone en solfa aspectos de nuestra democracia que concuerdan punto por punto con la sensibilidad actual.

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Ni que decir tiene que la novela es un fascinante producto comercial, pero también literario. Ese hábil montaje, por otro lado muy adecuado para dar una clase de teoría literaria sobre el modo de fabricar un best-seller de calidad, fue cuestionado de una forma sutil y tangencial en la reseña que en The Guardian dedicó a la novela la escritora Ursula K. Leguin cuando se centró en los aspectos técnicos de la misma: que si para el personaje del aristócrata francés Olivier Jean Baptiste de Clarel de Barfleur de Barmont se había basado en aspectos de la vida de Tocqueville y que para perfilar al siervo Parrot no había obviado desde luego la semejanza de éste con algunos del primer estudioso de las aves en América, John James Audubon; que había cierta semejanza con los métodos empleados por Dickens, por ejemplo, la quema de la casa clandestina de los impresores, hábilmente narrada y de lo mejor del libro; que se fijaba en aspectos del Nueva York de entonces solo porque Carey vive ahora en esos barrios descritos, etc, etc. Curiosamente en toda la reseña no hay una sola referencia a lo más obvio de la novela: a la deuda, ya tópica pero efectiva, que la literatura de parejas mantiene con Cervantes desde que nuestro escritor enterró la etapa mítica del héroe solitario a favor de la pareja confrontada, modo idóneo de la reciente Modernidad, con la creación de Alonso Quijano y Sancho. Prueba, por otra parte, del provincianismo de que hace gala la mayor parte de la crítica anglosajona, en especial la británica, cuyas referencias no traspasan la mayoría de las veces el ámbito de la parroquia y cuando lo hacen es para referirse en exclusiva a algún francés y, en escasa medida, a algún alemán.

La reseña que brinda a la novela el New York Times no es menos curiosa: incide en la recreación de los aspectos más costumbristas de la ciudad en aquella primera mitad del siglo XIX, sin plantearse siquiera aquello en que descuella la novela, es decir, el tratamiento irónico de lo que se nos presenta como la joven democracia naciente. Creo que Peter Carey ha desarrollado en esta novela hasta límites que rozan cierta excelencia los hallazgos de la narrativa posmoderna. El libro no es sólo una novela de género, es, sobre todo, un mosaico de influencias varias, desde Cervantes a Dickens pasando por la novela del XVIII británica, con sus pícaros y putas por doquier esparcidos por el mundo, y si me apuran, hasta cierto aire a best-sellers de nuestro reciente pasado, el tratamiento de París que hace Patrick Süskind en El perfume, no le ha pasado inadvertido. Pero lo importante es que en las aventuras que les sucede a esa extraña pareja formada por Olivier y Parrot, en la Inglaterra que lucha contra Napoleón y falsifica billetes de la Revolución, la experiencia del Terror, de la subida de Bonaparte al poder y, luego, la Restauración en Francia y en las curiosas e impertinentes de los jóvenes Estados Unidos, la lección que podemos sacar de todo ello al modo de las novelas de corte picaresco, es que la experiencia democrática es una fina película a cuidar en un sima procelosa. Peter Carey, sin embargo, no se hace ilusiones y la resolución que presenta es ambigua: el aristócrata Olivier y Parrot mantienen un enfrentamiento a lo largo de la novela que no es sólo cuestión de cuna sino que acta al modo mismo de hacer el amor, de sentir el cuerpo, de mirar al otro. Al final, frente al escepticismo de Olivier, Parrot nos advierte que hay algo en la sustancia democrática que no perece: “Mire” dice, “es de día. No hay sansculottes ni volverá a verlos. En América no hay tiranía ni nunca la habrá…. El gran ignorante nunca será elegido. El analfabeto nunca gobernará. Su sombría certeza de que en una democracia no puede haber arte no está apoyada en la verdad”. Carey ha parodiado la experiencia del autor del primer tratado sobre la democracia americana con la ambigüedad calculada de nuestro tiempo, pero lo que le ha salido en realidad es un magnífico pastiche que quiere iluminar el futuro. El problema es que ese futuro no está ni siquiera pergeñado si no es bajo la forma de la ironía forzada a cada momento. No es que la novela adolezca de ese defecto, el de no otorgar más carne a los personajes ni a las situaciones, es que nuestro momento no da para más. De ahí que el futuro que pretende iluminar carezca de sustancia. En este sentido, la aseveración de Benjamin es terrible, como el ángel  de la Historia que quiso ver en aquella obra de Paul Klee que poseía.

1 Comment
  1. Muriel Fantin says

    Peter Carey escribió y publicó «Parrot and Olivier in America». El libro que aquí reseña Paul Klee y que Mondadori ha publicado con el título de «Parrot y Olivier en América» fue traducido del inglés por Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté. Es un dato importante que debería indicarse siempre. Gracias.

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