La pequeña Mania Sklodowska

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Marie Curie (segunda por la derecha. en la fila de abajo), en una conferencia científica celebrada en 1911. Entre los asistentes, en pie, segundo por la izquierda, Max Planck y, segundo por la derecha, Einstein. / Wikimedia

Hasta Google ha recordado con un doodle, el 7 de noviembre, el aniversario de Madame Curie, la científica más renombrada, quizá con Albert Einstein, por -entre otras razones- haber ganado en dos ocasiones el Premio Nobel y en dos disciplinas distintas, que no distantes: Física, en 1903 con su marido Pierre Curie,  y Química, en 1911.

Mania Sklodowska -que así se habría seguido llamando de haber dado con sus huesos en España, donde las mujeres no pierden su nombre por casarse- me enamoró desde el primer momento en que leí la biografía que hace de ella, su hija Eve.  Por cierto que Eve murió no hace mucho, en 2007, a los 103 años de edad –la misma edad en la que murió Ernst Jünger-, y fue la única hija que no se dedicó a la ciencia, quizá por eso vivió tanto. Recuerdo que me zampé esa biografía casi entera mientras esperaba a que la dentista fuera acabando con los pacientes que me precedían en la sala de tortura, hace muchicientos años, cuando estudiante.

Este mismo 7 de noviembre se dedicaron homenajes a la científica polaca tanto en Zaragoza, donde se debatió sobre la situación de las investigadoras científicas en España (agobio), como en la Residencia de Estudiantes de Madrid. La Resi, centenaria también, por cierto, celebra todo un ciclo de conferencias en honor de la pionera de la radiactividad, que lleva un antetítulo muy oportuno para el tiempo que padecemos, “El porvenir de la cultura”. Un porvenir que –perdonen el chiste fácil- se ve oscurillo, como el de muchas de nuestras humildes personas, querido lector.

Como no se trata de desalentar sino de todo lo contrario, la figura de esta mujer rubia y menuda, ferozmente criticada por sus colegas muchomacho y otros estamentos de la sociedad francesa de su época, vale como acicate para emprender las tareas más difíciles que se nos pongan por delante. Marie había nacido en una Polonia ocupada por Rusia que imponía lengua y cultura por la fuerza, sofocando violentamente las revueltas de los polacos, como ha contado muy bien en Radio Clásica, a propósito de Frederick Chopin, hace dos veranos, Luis Angel de Benito y que invito a escuchar a quienquiera mientras termina de leer esta modesta nota.

Lectora ávida desde los cuatro años, Marie era una entusiasta de aprender y trabajar. Aparte de ser la primera de su clase en todo el tiempo del instituto, fue primera en obtener dos Premios Nobel, en dar clases en la muy testosteronada Universidad de París, la primera en proponer el fruto de sus investigaciones para auxiliar a los heridos de la Gran Guerra, donde fue asistida por su hija Irene, de 18 años, que ya apuntaba maneras desde pequeña y que, a su vez, fue premiada con el Nobel de Química, en 1935.

Ser así y no ser repipi o marisabidilla -¿por qué me subrayará el programa ortográfico “marisabidillo”?- tiene como explicación el tesoro de una personalidad excelente, titán del deseo de conocimiento. Modestia y fuerte concepción ética del devenir humano, como proclamó en Madrid, precisamente en la Residencia de Estudiantes, en 1931, en una conferencia en la que apelaba a “la supremacía universal de la razón y de una moral digna de ese nombre”. Reparen, en la foto de grupo del enlace, la profusión masculina y la sola figura, de negro, frágil, casi insignificante de Curie.

En días como los que vivimos entre promesas y ataques electorales, jactancias y corrupciones, amenazas de Tercera Guerra Mundial de la que apenas si adivinamos las armas, es conveniente volver la mirada hacia este tipo de ejemplos humanos. Recobrar el valor de las palabras y de los actos. Antes de que la presunción nos impida ver con los ojos de los niños la realidad nunca repetida de nuestra existencia sobre la tierra. Para la de debajo de la tierra ya tendremos tiempo; no hay prisa.

5 Comments
  1. Eulalio says

    Gracias por tus recordatorios tan sentidos y necesarios, Elvira, y qué foto tan impresionante. Qué difícil lo debió de tener…

  2. hariclea says

    Elvira, qué inspirador tu artículo y muy interesante el artículo de Foreign Policy. Me ha costado reconocer a la única mujer ente tanto hombre y quizá lo que más la distingue es que está pasando completamente de la cámara.

  3. Aleve Sicofante says

    @hariclea: Hay al menos otras cuatro personas que ignoran a la cámara en esa foto.

  4. Jonatan says

    Sí, Aleve, pero, ¿que no lleven bigote?

  5. hariclea says

    @Aleve: ¿Y desde cuando el hecho de no mirar una cosa implica que uno no ande pendiente de ella? Es más, tal vez la Sra. Curie adoptara esa actitud ante la cámara para que el mundo entero la tomara en serio.

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