La fortuna de Bernard Pivot

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Bernard Pivot recogiendo, este jueves, premio Antonio de Sancha 2011 en Madrid. / ambrafrance-es.org
Bernard Pivot, este jueves, tras recibir el Premio Antonio Sancha de los editores de Madrid. / ambafrance-es.org

Los editores madrileños le han dado el premio Antonio de Sancha a un periodista francés que dejó la actividad por la que se le premia hace 20 años. Se trata de Bernard Pivot, el periodista que amaba el fútbol pero al que encargaron escribir de libros en su periódico y acabó envuelto en ellos. Un hombre cuyas maneras quedan lejos de la pedantería que a menudo acompaña a los que se dedican profesionalmente a hablar de literatura y se acercan más a las de un ciudadano que la vive con pasión, una vez que descubrió que cuanto más leía más necesitaba leer y mejor se lo pasaba. Es la única manera.

Los que sumamos lustros sabemos que Pivot llevó a la tele el programa literario más exitoso jamás realizado, quizá, porque –como le gusta decir a él mismo- estuvo en el sitio oportuno, en el momento oportuno. Y sí: estoy segura de que fue una cuestión de suerte, pero él la aprovechó bien, y su Apostrophes fue imitado por muchas televisiones de dentro y fuera de Francia, sin el éxito, ni por asomo, del original.

Se trataba de un  programa sobrio y elegante: una presentación con música de piano romántico e imágenes del escritor al que iba a interrogar, bien en su salsa, como fue el caso de Margerite Yourcenar, en su casa de la costa este estadounidense, bien sosteniendo la imagen del rostro, como en el caso de Vladimir Nabokov, en una entrevista [ver vídeo] preparadísima, nada espontánea, con guión cerrado en el que el autor de Pale Fire - a veces irritante- leía sus respuestas, entre cínicas y ocurrentes, pero siempre inteligentes. Pero decir preparada no significa acartonada o aburrida, naturalmente.

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No me gustó tanto la continuación de este programa, que se llamó Bouillon de Culture, y en el que ya se debió de ver obligado a introducir  secciones con otros presentadores, más dinamismo, el cuestionario Proust,  qué sé yo. Aunque, en su favor, diré que no se le conocen tonterías o concesiones a eso que los gestores de las teles llaman “gran público”  y que de grande – en el sentido noble de la palabra- tiene poco.

En alguna ocasión ha declarado Pivot que para que la cultura se difunda por televisión hace falta voluntad política, un deseo de que la plebe –entre la que me cuento- pueda disfrutar de un programa de calidad sin necesidad de esperar a altas horas de la madrugada, cuando llegas a casa hecha un guiñapo y con fuerzas sólo para comerte una manzana y lanzarte en plancha a la piltra.

En cuanto al éxito de sus casi 30 años de programas literarios –se dice pronto- BP alude a dos razones que a mí me parecen verosímiles y certeras. Una, que jamás habló de un libro que no hubiera leído antes ni con un escritor al que no conociera bien por sus lecturas (leía hasta 14 horas diarias, lo que le valió el apodo de “Rey Leer”, en alusión al personaje de Shakespeare). Y dos, que no utilizaba jerga excluyente o tono de iniciado, igualmente excluyente, sino que hablaba con palabras sencillas y de manera espontánea. Sencillamente, transmitía “la felicidad de leer”, sin sacralización de ninguna clase, preguntando lo mismo que preguntaría el espectador que veía el programa. Claro; así es como se hace.

Se habla mucho de libros, incluso demasiado, pero poco de literatura”, ha declarado en Madrid, al recibir el premio, a Radio Nacional. No puedo estar más de acuerdo con él. Y aquí es donde el terreno se vuelve resbaladizo, porque tiende a confundirse la naturalidad y claridad con la que se puede hablar de literatura con no sé qué necesidad de difundir libros cuyos méritos literarios no son suficientes. No se suelen decir nombres para no ofender ni a los que los escriben ni a los que los leen. Y no cometeré yo el pecado de decirlos. De sobra lo saben quienes leen de verdad. En cuanto a los que aún no leen “de verdad” tienen delante senderos que les conducirán a esa literatura, esa puerta de los justos, si llevan consigo curiosidad y pasión, dos elementos que Pivot considera imprescindibles para amar la literatura. Moi, aussi.

Al recibir el premio, el pasado día 10, BP lo dedicó a su gran amigo Jorge Semprún, de cuya muerte se hizo eco cuartopoder.es. Y, para que conste que con todo lo bien que Pívot lo ha hecho, también tiene derecho a equivocarse, no tiene dudas en afirmar que se trata, para él, del mejor escritor español contemporáneo. Lo que puede ser mucho decir, aunque está claro que la amistad nos hace humanamente arbitrarios. Y si me apuran, sobre gustos no hay nada escrito.

1 Comment
  1. hariclea says

    Elvira… qué maldad! Peca por favor! Peca! Todo iba bien, en un lenguaje coloquial, como el de Pivot, hasta que llegamos a ese párrafo en que te pones a hablar en clave, para los que leen «de verdad» y te entienden… ¿y los que no te entendemos? ¿Vas a condenar al común de los mortales a errar en busca de la «puerta de los justos» con tal de no mojarte?

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