Que no decaiga, voto a bríos

Una escena de 'En la otra habitación', de Paloma Pedrero. /teatroguindalera.com

El teatro no es mi fuerte, quizás porque no he tenido suerte. Cuando nos llevaba la profesora de literatura del instituto a ver teatro clásico español me lo tomé como parte del trabajo de la asignatura, esa nefasta incapacidad de separar de la obligación los atractivos que puede tener la devoción. Vamos, que en España, pocas veces los profesores han conseguido captar adeptos para la causa ya que pesaba más lograr un buen aprobado que entusiasmarse con Lope, por ejemplo.

El caso es que el otro día salí de mi vida montaraz y dejé que me llevaran al teatro y algo se encendió en mi entumecido corazón. No era una superproducción de esas tan brillantes –y a veces, huecas- del Teatro Nacional, ni una obra de teatro experimental –huyo de todo lo experimental como harían las ratas de laboratorio, si pudieran- sino una obra de teatro de una autora consagrada y muy aplaudida fuera de España –ya estamos- que, además, dirigía la función. Lo diré sin dilación: Paloma Pedrero. Y la obra: En la otra habitación.

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La dan en el teatro Guindalera, en Madrid, lunes y martes, solamente, con un aforo de unas setenta personas. Petit comité, como suele decirse. Dos actrices sostienen la atención del trasunto. Y el trasunto lo es de la vida misma: el precio que una mujer tiene que pagar para no renunciar a ciertas cosas de la vida y el mayor obstáculo al que ha de enfrentarse: su propia hija. Que igual habría valido para un varón, que no creo que se trate exactamente de sexismo, aunque algo, sí. Porque, aunque nos guste jugar a que el progreso ha hecho más justa a la sociedad occidental en materia de sexos, lo cierto es que se sigue cojeando bastante.

La protagonista –dice Pedrero– es una mujer que ha querido tener y ha defendido una familia con esfuerzo, pero sin ese espantoso espíritu de sacrificio que caracteriza a tantas mujeres. Ella ha puesto toda su energía en lograr sus metas sin renunciar al amor. Paula es, como tantas mujeres nuevas, una cansadísima heroína de nuestro tiempo”. Me pareció que el personaje estaba logrado en la encarnación de las actrices  Maiken Beitia, los lunes, e Isabel Gálvez, los martes. En cuanto a la hija, Amanda, es una adolescente tardía, de unos 18, que lo tiene todo incluida la incomodidad con su propio cuerpo a que obliga la presión  del estereotipo de belleza femenina actual. Ha tenido que renunciar a pasar más tiempo con sus padres, profesionales muy ocupados, y elige a su madre para reafirmarse, poniéndola en el brete de elegir entre la felicidad y ella misma. Las actrices que la encarnan son Fabia Castro, los lunes y Marta Castellote, los martes.

Unas cuantas cosas conviene aclarar de este lío de lunes y martes, que quedan bien explicadas en un reciente artículo de Marcos Ordóñez, aparecido en El País. Fundamentalmente, que en España escribir es llorar –Pobrecito Hablador dixit- y pretender representar en alguna sala de teatro es sorberse los mocos. Para el teatro la crisis empezó hace mucho tiempo y ahora la situación no hará más que empeorar. Sólo la pasión entusiasta de una autora como Pedrero, a quien se le representan obras por el mundo, que tiene mucho escrito, puede resistir tanta adversidad como la que aquí se encuentra.

Viendo el trabajo de las cuatro actrices mencionadas, una se pregunta porqué hay tanto manta en la tele, tanto niño bonito sin pizca de talento, y estas mujeres rotundas –sorprendentes, las más jóvenes- pasan por desconocidas. La sociedad española tiene –supongo- la cultura que se merece, aquella por la que pelea, la que demanda. Siempre habrá el reducto de rebeldes, la aldea gala invencible, empeñado en exigir calidad, compromiso con la vida sin caretas ni pelucas. Arte, en definitiva.

Paloma Pedrero creó en 1999 un grupo de teatro, Caídos del cielo, valiéndose de personas abandonadas en la calle, de sí mismas dejadas, más que de la mano de Dios. Lleva tiempo trabajando con ellas, escribiendo para ellas y llevándose muchas íntimas satisfacciones, de modo que –como ella misma dice- ya se siente bien pagada.

Pero, por muy persona poética y no política que sea, a Pedrero no le vendría mal ser más profeta en su tierra. En España, el precio que se paga por ir por libre es muy alto, no se lo perdonan. Quizá por eso sea más buscada por ahí fuera. En Praga, la dramaturga Jana Janeková representa obras de Pedrero de tal modo que ha creado un club de fans entre estudiantes y público en general que reconoce el talento de la madrileña. En Cuba, Pancho García ha hecho que la obra En el túnel, un pájaro forme colas y reventas en el teatro y hay ya una película en marcha que quizá tengamos la suerte de ver estrenada en España. En París, Panchika Vélez ha puesto en escena ya más de cinco obras de Pedrero con lleno diario. En cuanto a España, ya se sabe, sólo hay que aprender a desenvolverse con pocos recursos, sin subvención de ninguna clase, con una producción mínima y muchas ganas. La pasión mueve montañas.