Ese algo más de Nicanor Parra

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Nicanor Parra, en una exposición sobre su obra, celebrada en 2001 en Santiago de Chile. / Mario Ruiz (Efe)

Somos muchos, desde luego, los incondicionales de la excelencia poética, los que nos felicitamos porque se le haya concedido, por fin, el Premio Cervantes a Nicanor Parra, un premio que año tras año se le resistía sin saber a ciencia cierta la razón. Sabíamos y temíamos  de su avanzada edad y algunos creímos que este año tenía, debía, ser el definitivo. Lo ha sido. Digo lo de los incondicionales de la excelencia poética porque si hay un poeta ahora en español a quién le cuadra ese calificativo es Parra. No exagero. Un poeta, por otro lado en las antípodas de nuestro chileno. T. S. Eliot, en un hermoso y clarividente ensayo, ¿Qué es un clásico?, estableció con inteligencia una de las características que hacen de un poeta su excelencia máxima, la de incorporar a su poética el genio de la lengua cotidiana. Pocos poetas hay en español de quien se pueda decir eso y la peculiar revolución de Nicanor Parra en nuestro idioma ha sido esa, aunque hay más, siempre algo más indefinible que hace de su obra otra cosa, que no la agota en definiciones de andar por casa.

Desde luego la importancia de su legado es enorme en nuestra lengua y su obra ha influido a más de una generación de poetas latinoamericanos. Ese legado, además, cosa rara, traspasó las fronteras y el grupo de poetas Beat, ya saben, los Allen Ginsberg, Ferlinguetti y demás, tradujeron hermosamente los poemas de Nicanor Parra al inglés, consagrándolo en el ombligo del Imperio, lo que dio lugar  a que el Papa de la crítica anglosajona, Harold Bloom, llegase  a decir que Nicanor Parra era uno de los grandes poetas de Occidente. Tamaña definición parece decir mucho pero en realidad denota que hasta que no se lo dijeron el crítico no se había enterado. En cualquier caso, aun con años de retraso, este tipo de cosas no viene mal y a Nicanor Parra la cuestión le vino que ni de perlas. Pero su magisterio hacía años, muchos años que ya estaba establecido y su leyenda agrandada con el paso del tiempo.

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Cuando suceden hechos como la concesión del Cervantes uno vuelve a preguntarse por el modo en que se establece la excelencia de una poética, de una manera de enfrentarse a las cosas del mundo, y termina estableciendo ciertas respuestas que obedecen a intuiciones que crees más o menos certeras. Siempre pensé que una de las ventajas de Nicanor Parra para su inteligente y lúcida labor poética fue la de ser un periférico radical. Es cierto que tanto él como su familia, Roberto, Violeta y Eduardo , provenían de una familia modesta de San Fabián de Alico y que su padre, Nicanor, tenía ínfulas artísticas en su condición de músico. Pero esa condición periférica a la que me refiero no viene de su clase social, muy apegada a la provincia chilena, sino a que fue el único de los hermanos Parra que realizó estudios superiores, sí, pero de Matemáticas y Física, lo que hizo percibir el mundo de la poesía desde otro sesgo. No es momento aquí de establecer afinidades ni paralelismos, pero no olvido que gentes tan alejadas de Nicanor Parra como Vladimir Nabokov o Ernst Jünger eran escritores de probada formación científica, otro, Robert Musil, otro, Hermann Broch , y todos ellos, cada uno a su manera, dinamitaron la tradición literaria de un modo único, la dinamitaron con un sesgo especial. Lo que Nicanor Parra hizo con la tradición poética en español fue dotarla de una engañosa levedad mediante el recurso al humor, a la ironía, a la chanza, al juego, pero con una sustantividad que no lograron igualar escritores mucho más proclives a la solemnidad, sobre todo estos.

La estancia en Brown University en plena Guerra Mundial para estudiar mecánica avanzada fue determinante para su formación científica pero creo que afinó también y ayudó a conformar su juego antipoético. Es cierto que ya antes había dado muestras de ello, en su primer libro, Cancionero sin nombre, hay atisbos de ello, cuando incorporó el metro del romance al modo de dicción de la cultura campesina que conoció en su infancia, pero esa estancia, como la que desarrolló en Oxford con una beca del British Council para estudiar cosmología, fue determinante para que se dibujara con nitidez ese modo de percibir el mundo que son sus antipoemas. La oposición  al modo de decir de Pablo Neruda, en el fondo tan tradicional, al Papa de la poesía de su país y de Latinoamérica entera, estaba servida. Sin ir más lejos, no hay más que fijarse una fecha. Cuando vuelve a Chile y funda, junto a Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky, estamos en 1952, la poesía quebrantahuesos. Los recortes de periódicos al servicio de la poesía. Algo más que una provocación, que también.

Dos años más tarde, en 1954, aparece el libro que causará una revolución, su segundo libro,  Poemas y antipoemas, una conmoción en la autocomplacencia en que hasta entonces se movía gran parte de la poesía que se hacía, la de “los tontos solemnes” , en palabras del propio poeta, una conmoción que causó estragos. ¿La causa? Ya lo apuntamos antes: la incorporación del lenguaje cotidiano, su sintaxis, a la poética. Pero, ¿hay otro modo más genuino de hacer poesía que no sea de ese modo? A partir de aquí la construcción de un vasto edificio, divertido, jocoso, ácido, perenne  en todo caso, un vasto edificio que tiene a la poesía visual como referente obligado , un vasto edificio que se compone de obras como Poema y antipoema de Eduardo Frei, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Poemas para combatir la calvicie, Lear Rey & Mendigo… una obra recopilada por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores en su Obra Completa titulada Obras Completas + algo más, dos tomos gruesos en edición de Niall Binns, Ignacio Echevarría y Adan Méndez. La edición es bella, además de modélica. ¿Qué más queremos?

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