IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

El poeta chileno Nicanor Parra. / Imagen de archivo (Efe)

Puede que para un escritor no haya privilegio más difícilmente llevadero que el de asistir a su propia posteridad. No son raros los casos en que ese privilegio se salda con una amarga experiencia de relegamiento y de olvido, cuando no de desdén o de refutaciones. Para defenderse de eso, algunos escritores optan por momificarse en vida. Otros prefieren mostrase solícitos y tratan de ganarse la complicidad o el culto de los más jóvenes. En casi todos los casos, la experiencia de la posteridad suele complicarse con la experiencia de la vejez. E incluso en las más favorables circunstancias, cuando los reconocimientos y los honores se acumulan al ritmo implacable de la edad, los consuelos a menudo engañosos de la posteridad apenas mitigan el creciente sentimiento de fatiga y de extrañeza no sólo frente a los malentendidos frecuentes que toda posteridad conlleva, sino también, y sobre todo, frente a un mundo cada vez más deshabitado de las presencias decisivas.

En su retiro de Las Cruces, Nicanor Parra, es cortejado una y otra vez por la posteridad, que lo sobrevuela como un pájaro de mal agüero al que de vez en cuando él echa una mirada de soslayo, entre retadora y divertida. Hace ya mucho que la ve venir y conoce sus intenciones, así que difícilmente lo va a coger desprevenido. De hecho, lleva más de medio siglo perseverando con éxito en el empeño de hacer una poesía de espaldas a la posteridad; una poesía que emplee las palabras comunes sin añadirles los resistentes bálsamos de lo que generalmente se entiende por poético. En eso, y no otra cosa, podría decirse, consiste la antipoesía.

Hace ya más de treinta años que Nicanor Parra tenía más de 60 años y expresaba en algunos de sus antipoemas la perplejidad y el dolor de envejecer. A ningún lector atento puede pasarle inadvertida la honda corriente elegíaca que atraviesa –y articula, en cierto modo– el humor, la insolencia, la agresividad que demasiadas veces se dan como exclusivas claves de la antipoesía. Lo insólito, en el caso de Parra, es que esa vena elegíaca no se traduzca en un intento desesperado de seducir al tiempo. O de impugnarlo. En lugar de eso, parece como si Parra se burlara de él.

Entre las últimas modalidades de la antipoesía, se cuentan los discursos de sobremesa, con los que Nicanor Parra resuelve a su manera insobornable el papelón de dar cumplida respuesta a los honores insoslayables con que la posteridad sale a su encuentro. En tales ocasiones, Parra se escabulle una vez más de la estatua en que pretenden convertirlo y se lo descubre de pronto sentado en medio del público, riéndose de sí mismo tanto como de la situación.

Frente a los dos gruesos tomos de sus recién concluidas Obras Completas, sin embargo, se diría que esta vez difícilmente conseguirá Parra sustraerse al mármol y a la solemnidad que apareja siempre una iniciativa de este tipo, a la que resistió durante años. Pero eso supone subestimar la dinamita que, intacta casi, preserva todavía la gran operación literaria de la antipoesía, cuya trayectoria, que por fin va a ser susceptible de ser seguida de un extremo a otro, traza un fulminante reguero de pólvora que se adentra en el corazón mismo de la posteridad, donde la obra de Parra está destinada a estallar.

De la obra de Parra dijo Roberto Bolaño (uno de los impulsores originales de sus Obras Completas) que, preñada como está de futuro, la mayoría apenas hemos visto de ella “un meteorito oscuro”. Dijo también estar “seguro de una cosa con respecto a la poesía de Nicanor Parra en este nuevo siglo”: que pervivirá. Dijo más, Roberto: dijo que Parra era un superviviente nato, con el que no han podido ni la izquierda ni la derecha, ni la academia ni sus detractores, ni siquiera sus propios seguidores. No han podido.

No parece así que haya que temer que las Obras Completas de Parra puedan con él ni consigan contenerlo o fijarlo, más bien lo contrario. Todo indica que sobrevivirá también a ellas, y que vendrán a constituir un artefacto más, acaso el más subversivo de todos, estratégicamente colocado en medio de las Obras Completas de García Lorca, de Neruda, de Kafka.

Hace ya más de treinta años que en uno de los antipoemas de Nicanor Parra se aseguraba que había llegado la hora de retirarse. “Estoy agradecido de todos”, se decía allí, “tanto de los amigos complacientes / como de los enemigos frenéticos”. De unos y otros se despedía el hablante de ese antipoema con la promesa de volver a verlos “en el mar, en la tierra, donde sea”. Y los exhortaba en estos términos: “Pórtense bien, escriban / Sigan haciendo pan / Continúen tejiendo telarañas”.

El antipoema se titulaba “Hasta luego”, y treinta años después allí está Parra, en efecto, esperándonos a todos “con dientes y muelas”. Pero no entre “los cucuruchos de esos árboles que llamamos cipreses”, como en el antipoema se declaraba, sino en la terraza de su casa de Las Cruces, frente al mar, todavía riéndose.

Allá pasa las mañanas provisto de uno de esos grandes cuadernos en que anota sin cesar las ideas que una y otra vez agitan los huracanes de su pensamiento. Los grandes cuadernos en que no deja de escribir para él solo sus obras completas. Las otras.

La posteridad continúa sobrevolando su cabeza como un pájaro de mal agüero. De vez en cuando él le echa una mirada de soslayo, divertido. Ahora le acecha en forma de Premio Cervantes. Sus Obras Completas están encima de la mesa. Al abrirlas, se produce un revuelo de plumas, de picos y de garras. Al cerrarlas de nuevo, Nicanor Parra ha reemprendido su carrera vertiginosa de oscuro meteorito.

Su risa se oye por todos lados.

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