IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

El director de cine estadounidense David Fincher (dcha.), junto a los actores Daniel Craig (izda.) y Rooney Mara, a su llegada a la 'premier' de 'Los hombres que no amaban a las mujeres', el pasado día 4, en Madrid. / J. J. Guillén (Efe)

Días atrás la prensa española, siempre atenta a la agenda y a los intereses de los departamentos de promoción de la gran industria cinematográfica, publicó varias entrevistas con el director de cine David Fincher, de quien está a punto de estrenarse la adaptación que ha realizado de la primera entrega de Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres.

Las entrevistas a los directores de cine constituyen un subgénero específico que ha terminado por segregar su peculiar fraseología. La petulancia que emana de ellas suele ser muy característica. Cuando se trata de directores de cine estadounidenses, ya no digamos si exitosos, como Fincher, no es raro que ocurra, además, que, al conceder la enésima entrevista a cualquier medio de prensa europeo, tanto más si se trata de un país de segunda como España, se suelten la lengua y terminen por decir cuanto se les pasa por la cabeza, hartos, supongo yo, de tanta corrección política como la que les imponen la prensa de su país y la vigilancia de sus dueños.

Tal parece ser el caso de Fincher en la entrevista que concedió a Gregorio Belinchón para El País, publicada el pasado día 5. No se pierdan el comienzo, que el periodista aprovecha para explicarnos, entre alusiones pretendidamente cáusticas, que Fincher es de los pocos “creadores” que “aún luchan por hacer cine de Hollywood para adultos, con personajes complejos y traumas familiares” (!). Pero lo que llamó mi atención fue el titular, en el que se destacaba provocativamente la siguiente frase de Fincher: “Los críticos no sirven para nada”.

La frase venía dictada por el cabreo de Fincher –y de Sony, su productora– con el crítico de cine de New Yorker, David Denby, quien, después de asistir a una proyección de la película para la prensa, se saltó a la torera la instrucción de no hablar de ella antes de la fecha convenida.

Dice Fincher, furioso: “Entiendo el mundo en el que vivimos, de velocidad constante y de dar el primero la noticia. De acuerdo, pero no deberíamos reventar ese placer al espectador. Más aún, es que a mí no me interesa la crítica en absoluto. No quiero que nadie analice y destripe una película. Solo quiero que me digan ‘tienes que verla’ esas cinco o seis personas cuyo criterio y gusto respeto. Los embargos [prohibición de comentar una película antes de hora] están hechos para ayudar en una labor. He hablado con Denby de esto, e incluso entiendo la labor de Harry Knowles [creador de la web destripadora de secretos de Hollywood Ain’t it cool news]. Pero no ayudan a este negocio, ni a sus creadores. No es cierto que democraticen las múltiples voces que se escuchan en el mundo del cine. La crítica de Denby fue buena, pero ese no es el asunto. El asunto es que si valoras el sentarte en una sala a oscuras con otras 750 personas a disfrutar de una experiencia emocional, no debes reventarla. Cuanta más gente cuchichee sobre la película, más se degrada la experiencia para el resto. Y por dios, los críticos hablan de los filmes cuando ya están rematados. Su opinión no sirve de nada. Cuando se estrena una película, estate seguro de que alguien ya sabe cómo recuperar su presupuesto. Y en esos planes no entran los críticos”.

La parrafada no tiene desperdicio, por cuanto delata la repugnante mezcla de fatuidad y de cinismo con la que un “creador” como Fincher juega su partida.

Desmontemos sus razonamientos. En primer lugar, esa invocación al sacrosanto derecho del espectador a no ver reventado por un crítico el “placer” de descubrir por si solo los valores de una película. Como si no acudiera a verla motivado e instruido por una abrumadora campaña publicitaria que prescribe ese placer, lo mediatiza y lo orienta.

A Fincher no le interesa la crítica “en absoluto”, no le gusta “que nadie analice y destripe una película”. Para qué, cuando él mismo da a entender que la tarea de la crítica, tal y como la entiende, debería limitarse a “ayudar a este negocio” y a sus creadores. Todo intento de interferir en “la experiencia emocional” del espectador (cualquiera cosa que eso sea) es juzgado por Fincher como una enojosa intromisión, como un simple “cuchicheo” que degrada esa misma experiencia, inmune, al parecer, al impacto de la martilleante publicidad, de las campañas de promoción, de una prensa cultural que glosa hasta el infinito las consignas de los productores, predisponiendo muy tendenciosamente a ese mismo espectador para que su “experiencia emocional” se oriente en el sentido que ellos pretenden.

Ante el espectáculo de una sala de proyección a oscuras con 750 espectadores llenándola, Fincher pretende sentirse como un especie de médium que, por la sola virtud de su propio arte, consigue arrancar a esas personas una “experiencia emocional” que brota directamente de su interior, sin mediaciones de ningún tipo. Lo que no parece contemplar es que esa experiencia se halle ideológicamente condicionada, que esté manipulada de antemano y que, por obra de la razón crítica, pueda no corresponderse a la que él mismo y su productora han planeado de antemano con vistas a su propio beneficio.

Que, por encima de todo, concibe su arte como un negocio lo deja bien claro Fincher, por otro lado, cuando muestra su perplejidad ante el hecho de que los críticos se empeñen en hablar de los filmes “cuando ya están rematados”. Su opinión, entonces, “no sirve de nada”, en efecto, dado que ya nada se puede corregir, la inversión ya está hecha. Y, como él mismo advierte, hay que dar por hecho que los productores no son tontos y que, sin tener en cuenta para nada a los críticos, ya han hecho bien sus cálculos. ¿Qué sentido tiene entonces apostillar nada, salirse con que si la película es buena o mala?

Estamos hablando de “creadores”. De creadores de negocio, de beneficios, de resultados. A ver cuando lo entienden los críticos, empeñados en hablar de otras cosas.

Y si lo que toca esta semana es asomarnos a la dimensión más “humana” de Margaret Tatcher suspendiendo todo juicio acerca de los que ese “ser humano” hizo o pensó, adelante con ello. Que nadie perturbe la “experiencia emocional” que emana de ver a Meryl Streep prestando su humanidad a ese tenebroso personaje. Seguro que los productores de La Dama de Hierro, la película de Phyllida Lloyd que recién acaba de estrenarse, ya han hecho sus cuentas y en ellas entra el que, sin la interferencia de los aguafiestas de turno, los espectadores se traguen esta rueda de molino, allanando el camino a la beatificación de quien marcó los rumbos que nos han traído hasta aquí.

Sería estúpido por parte de cualquier crítico, además de impertinente y fuera de lugar, avisar al espectador de la estafa de la que se le pretende hacer objeto. De lo que se trata es de que tenga su propia “experiencia emocional” él solito. Y todos tan contentos.

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  • Jonatan

    Bravo articulo. Al fin alguien pone negro sobre blanco la estafa publicitada -gratis total- de toda la bazofia que llega de estos “creadores” y que, a fuerza de propaganda, hay que tragarse. Lo cierto es que también se puede acudir al cine -o al libro o al disco- en dirección directamente opuesta a su publicidad en los telediarios. Es una idea.

  • Mancuniano

    La batalla está en M.Tatcher. Hay algo obsceno en lo que se muestra, en la mixtura, en el abismo que prentende ocultar con la beatificación. Me parece este artículo un buen subrayado. Cuánto más hiriente y molesto sea el crítico, mejor. ¿No? Pues sí. Claro que sí.

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