IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

Imagen de archivo cedida a la agencia Efe por el grupo anticastrista Unión Patriótica de Cuba en la que aparece el preso cubano Wilman Villar, fallecido el pasado día 19.

Si no lo han hecho ya, tómense  el trabajo de leer esta columna de Rosa Montero publicada ayer, martes 24 de enero, en la última página de El País. Es cortita, así que no protesten. Incluso pueden saltarse el bochornoso preámbulo, con ese paréntesis picarón, que insinúa la posibilidad de que los lectores se exciten con la idea de que la autora escriba un artículo “juguetón y liviano” sobre el sexo. Pasen a la razón que se lo impide: “la muerte del disidente cubano Wilman Villar tras 56 días en huelga de hambre”. Siguiendo su costumbre, Rosa Montero acepta sin rechistar las tendenciosas informaciones que la mayor parte de la prensa española –empezando por su propio periódico– han volcado sobre el asunto, de manera harto sospechosa. Como escritora que es, ella añade de su cosecha los toques melodramáticos que tanto éxito le procuran en sus novelas y artículos. Así, califica a Wilman Villar de “guapo y terriblemente joven”; recuerda que tenía dos niñas “pequeñitas”; y dice que a su pobre viuda “ni siquiera le permitieron ver el cadáver”.

Fuentes cubanas, ya se sabe, han negado categóricamente que Wilman Villar se hallase preso por ser un disidente. Aseguran que se trataba de un preso común, detenido por haber agredido a su esposa, a la que habría causado lesiones en el rostro. Denunciado por su suegra, Villar habría ofrecido resistencia a las autoridades, razón por la que supuestamente se le condenó, entre otras razones, por “desacato a la autoridad”. Las mismas fuentes puntualizan que no se trataba de un disidente, ni estaba en huelga de hambre. Al parecer fue ingresado en el hospital con síntomas de neumonía severa, y fue a consecuencia de ello que falleció, tras recibir los cuidados oportunos. Cabe sospechar que las condiciones de las cárceles cubanas sean muy penosas cuando un hombre “terriblemente joven”, como Wilman, contrae en ellas una neumonía galopante. Pero de ahí a la inanición por huelga de hambre hay un trecho, y no está claro que esta segunda versión tenga mucho más fundamento que la primera.

Si lo tuviera, habría que preguntarse cómo es que, en efecto, no había llegado a nuestros oídos una situación como la de Wilman, prolongada durante cerca de dos meses, y siendo que una facción muy poderosa de la prensa norteamericana e internacional acecha implacablemente cualquier indicio que pueda soliviantar a la opinión pública en contra de Cuba y el “régimen castrista”. Ahora bien, en lugar de hacerse esta pregunta Rosa Montero exhibe su propia inopia como una razón más para escandalizarse ante la brutalidad de lo ocurrido. Todo, menos dudar. Luego de eso, no tiene empacho en exhibir su solidaridad con todos aquellos que en el mundo se hallan ahora mismo “luchando heroicamente contra el abuso y el poder criminal”. Y ya puesta, hasta nos informa de que es madrina de dos periodistas africanas “encarceladas en condiciones terribles”. Todo iría mejor, concluye, si siguiéramos su ejemplo y nos dispusiésemos cada uno a “apadrinar a una víctima anónima mundial”.

Dicho esto, el golpe de efecto final no tiene desperdicio: “Mientras tanto, firmemos esta carta pidiendo al Papa que anule su próximo viaje a Cuba o, si no lo hace, que al menos repudie la represión”.

¿Será posible? ¿Rosa Montero pidiendo favores a Benedicto XVI? Eso sí que es excitante, y no ese artículo “juguetón y liviano” sobre el sexo que se propone escribir.

Qué gustazo ha de procurar tener una conciencia tan rutilante como la de Rosa Montero. Pocas firmas en nuestro país sirven tan bien como termómetro de lo políticamente correcto.

Cabe imaginar “la angustia” que se apoderaría de Montero si llegara a enterarse, por ejemplo, de que, vaya por Dios, tampoco “sabíamos nada” de la muerte de tres prisioneros estadounidenses, fallecidos –ellos sí que con bastante probabilidad– por huelga de hambre en una cárcel de California, el pasado mes de noviembre. Al parecer, murieron “en condiciones terribles”, aunque  no “luchando heroicamente” contra un “poder criminal” que lleva colgada al cuello la etiqueta esa: “poder criminal”.

Y es que si la noticia no llega por el conducto reglamentario, y convenientemente adoctrinada, mejor hacer oídos sordos.

No digo yo que las fuentes cubanas a las que remite esta entrada estén libres de sospechas, ni mucho menos. Soy el primero que invito a despertarlas. Pero tomar nota de sus informaciones, nos gusten o no, debería servir para cuestionar, al menos eventualmente, la que nos llegan por otras vías mucho más hegemónicas.

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