IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 9/1/2017 00:50

Peter Handke. / Wikimedia Commons

No sé cuántos periódicos han recogido este sobrecogedor testimonio, que se añade a la cola de tantos otros que ponen en evidencia la gran conspiración que dio lugar a las guerras de la vieja Yugoslavia y a su consiguiente fractura. Que ponen en evidencia, también, la terrible farsa del Tribunal Internacional de La Haya.

Hace un par de años tuve el honor de participar en la edición de un libro de Peter Handke sobre la cuestión, publicado primero en Chile (Universidad Diego Portales) y reeditado hace poco en España por la editoral Alento.

Me permito exhumar los dos artículos que escribí a este propósito y que invitan a leer el libro de Handke, tan a menudo cuestionado, cuyo valor y vigencia contribuyen a subrayar testimonios como el del policía Henning Hensch.

Éste se publicó en El Cultural.

Dadas las dificultades de su acceso a través de la Red, les copio  a continuación el que se publicó en El Mercurio, de Santiago de Chile, pocas semanas después (de ahí la referencia) del gran terremoto de comienzos del 2010.

Preguntando entre lágrimas

Es una tontería afirmarlo sin haber vivido ninguna de las dos cosas, pero es probable que lo más parecido a un terremoto, desde el punto de vista de quien lo padece, sea un bombardeo aéreo. El paisaje de la destrucción, en cualquier caso, resulta muy semejante, al menos en las fotografías. Consumada la catástrofe, sin embargo, ha de ser mucho más difícil asumirla si se sabe, como en los bombardeos, que era evitable, que son otros hombres, y no una naturaleza incontrolable, quienes han decidido provocarla.

Imagínese ahora que esos hombres no son, titularmente al menos, enemigos declarados, sino que actúan así en nombre de una solidaria comunidad internacional. Más que eso: que lo hacen en nombre de la Humanidad, de la misma Humanidad que comprende, teóricamente al menos, a las víctimas de esos mismos bombardeos.

Y bien, éste es el caso de los habitantes de Belgrado, de Kragujevak, de Pristina y de tantas otras poblaciones yugoslavas sobre las que europeos y norteamericanos, miembros de la OTAN, lanzaron millares de bombas en el marco de lo que ellos mismos denominaron –con cínico oxímoron– una “guerra humanitaria”, aun cuando fue emprendida sin el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.

En el transcurso de aquella guerra, conocida como “guerra de Kosovo”, y desarrollada entre marzo y junio de 1999, el escritor alemán Peter Handke realizó dos viajes a Yugoslavia con el objeto de ver con sus propios ojos los efectos de los bombardeos, sus “daños colaterales” (que, como es sabido, en aquella guerra fueron inmensos, debido a la cantidad de “errores” cometidos en los cerca de treinta y dos mil ataques aéreos realizados), tanto sobre el paisaje como sobre la población serbia. Sus anotaciones de aquellos dos viajes dieron lugar a dos crónicas sucesivas que, pese a su interés, han tenido dificultades en todo este tiempo para encontrar quien las publique fuera de Alemania.

¿La razón? El escándalo mayúsculo que provocaron dos crónicas anteriores, correspondientes también a viajes por Yugoslavia, esta vez en 1995, durante la llamada “guerra de Bosnia” (1992-1996). La mirada compasiva con que Handke reflejaba el sufrimiento, a menudo injustificado, de la población serbia, contravenía el contrastado lenguaje empleado por los medios de comunicación para relatar un conflicto que, pese a su evidente complejidad, se traducía para los periodistas en una historia de lobos y corderos, de buenos y malos: de serbios y bosnios.

Corriere della Sera tachó a Handke de “terrorista”; Libération lo acusó de burlarse de las víctimas de Kosovo; Le Monde lo calificó de “abogado proserbio”; El País sugirió que, con su texto, Handke aprobaba tácitamente las masacres de Srebenica… Comenzó entonces, por parte de la prensa internacional, una de las campañas de difamación y de castigo más enconadas y más constantes que se haya desatado nunca contra un escritor. Y es que Handke, en aquellas crónicas, se había atrevido a levantar la voz para condenar el lenguaje sensacionalista empleado por los medios de comunicación, a los que acusaba de haber contribuido decisivamente a incendiar y avivar los históricos resentimientos étnico-nacionalistas latentes en la zona y de amparar una intervención internacional que, antes que a razones humanitarias, tiene todos los visos de haber sido emprendida por intereses económicos y estratégicos.

Lejos de deponer su actitud, Handke, ya se ha visto, reincidió en su determinación de cuestionar las verdades impuestas. No sólo regresó a Yugoslavia: también asistió, más adelante, a algunas de las sesiones del más que cuestionable Tribunal Internacional de La Haya, donde todavía se juzgan los crímenes cometidos en las guerras balcánicas. E incluso se permitió visitar a Slobodan Milosevic en su celda de la prisión de Scheweningen. Una y otra experiencias fueron relatadas, con el estilo característicamente “desviado” de Handke, en estremecedoras crónicas que, por los mismos motivos que las dos anteriores, han tenido también dificultades para llegar a la opinión pública internacional: pocos se atrevían a dar curso a unos textos de los que la prensa daba una noticia increíblemente distorsionada. (Por su lado, Handke no cesa de poner en evidencia la enconada parcialidad de los grandes periódicos europeos, a cuyos desmanes retóricos añade, imperturbable, el epitafio: “El País: érase una vez un periódico”, “Le Monde: érase una vez un periódico”, etc.)

La Universidad Diego Portales acaba de recoger esas crónicas “malditas” en un volumen titulado Preguntando entre lágrimas. Lo ha hecho por iniciativa de Cecilia Dreymüller, responsable de la traducción y del prólogo, y una de las escasas voces que desde España ha salido al paso de las groseras descalificaciones de las que Handke ha sido víctima recurrente. Se trata, a efectos reales, de la primera edición mundial de un libro que guarda, sin duda, un elevado interés para todo el mundo. Además de valiente, es un gesto altamente significativo, por parte de la Diego Portales, publicar este paradigma de lo que, con independencia de la fortuna de sus énfasis o de sus alineamientos, parece que debería ser la actitud básica de cualquier intelectual: cuestionar las verdades oficiales, hacer preguntas, no conformarse. Por lo demás, el Chile de ahora mismo, un país con las huellas recientes de una atroz destrucción, un país que conserva vivo el recuerdo de la causa internacional contra Pinochet (cuya figura, por otro lado, nada tiene que ver con Milosevic), es un lugar especialmente apropiado para que este libro vea la luz.

Que nadie dude en leerlo.

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  • celine

    Me alegra este articulo, Ignacio, que se une a las pocas voces que se han molestado en saber lo que ocurrió de verdad en aquella guerra monstruosa como todas las que vamos viendo, pero tan cercana por europea. En cuartopoder se habló de ello: Lo enlazo aquí para que no te sientas solo. https://www.cuartopoder.es/otromilagro/kosovo-campo-envenenado/509

  • Más
  • Ignacio

    Gracias por los dos links, Celine, ya sabía que eras una de esas escasas voces a las que aludo en mi artículo. Saludos de reconocimiento.

  • Unodetantos

    Me alegra enormemente este artículo. Recuerdo cuando nos reunimos un grupo de gente ante el Congreso de los Diputados para protestar contra aquella guerra. No éramos muchos, la verdad. El citado Congreso había aprobado casi por unanimidad la “intervención”. Solo se opuso IU. Bueno, ya se sabe, Anguita, como siempre, dando la nota. Visionario, según los medios de manipulación. Lástima que Solana, entre otros se hayan ido de rositas. El artículo de Poch habría que reproducirlo en donde fuera posible.

  • Mara9

    Gracias, Ignacio. A la orden y a leer.

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