Wislawa Szymborska, buscando una palabra

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Wislawa Szymborska, en una imagen de junio de 2010. / Jacek Turczyk (Efe)

Es raro, improbable, casi imposible, de repetir, pero el caso concerniente a la poeta Wislawa Szymborska ilustra sobremanera las aristas provincianas, provenientes del XIX, en que todavía se mueve la cultura cuando se sale del ámbito de la sociedad de masas, tan globalizada y globalizadota, tan dominada por el modo de sentir anglosajón, también. Hasta ahora, como una tradición maldita, y nuestra cultura se ha visto afectada desde hace siglo y medio por ello, la escala de valores provenientes de Francia, y en menor medida Inglaterra, hacía y deshacía en el mundillo literario. Esa preeminencia de Francia tuvo su lado negro, ese lado local debido al chovinismo más ladino, no hace falta recordar que los germanistas en Francia, por ejemplo, estaban reducidos a  ser una minoría sospechosa hasta bien entrados los años veinte y treinta, pero también de una extrema luminosidad, aquí es pertinente, casi necesario, mostrar los redescubrimientos de escritores como Edgar Alan Poe por Baudelaire, sin ir más lejos, o los de Hemingway y William Faulkner, triunfantes en los círculos parisinos mucho antes de que en su propio país, los Estados Unidos, se les tuviera en cuenta como grandes narradores. Viene todo esto a cuento porque la muerte este miércoles pasado de la poeta polaca Wislawa Szymborska de un cáncer de pulmón se ha mostrado como ocasión idónea para danos cuenta  de los tenues hilos, a veces casi invisibles debido a su extrema ligereza, en que se mueve la excelencia literaria. Porque hasta que la Academia Sueca, tan denostada las más de las veces, y con cierta razón, no pronunciara el casi impronunciable nombre para un español, de Wislawa Szymborska, aquí nadie había oído hablar de ella, y menos de su alta poesía. Eso se debía a que, como polaca, tenía un campo de resonancia muy restringido, tanto que bien podría decirse que salvo la Unión Soviética y Alemania cualquier escritor nacido en esa tierra y que no fuera un sonado disidente era un perfecto desconocido en Occidente.

El mérito de los académicos suecos estribó en que la caja de resonancia alemana, poderosa en lo económico pero no determinante en lo cultural, de no ser así es imperdonable que escritores como Alfred Döblin o Arno Schmidt no estén a la altura de los más grandes del siglo XX, funcionara por una vez y, así, tuvimos la suerte de que de esta menuda mujer (rodeada siempre de una nube de humo de sus innumerables cigarrillos, fumó en la entrega del Nobel al modo en que lo hubiera hecho nuestro José Hierro o Julio Ramón Ribeyro) conociéramos en 1996, en medio mundo, su excelente poesía, una poesía que abarca no más de trescientas páginas pero que está llena de hondura, verdad, ironía y una calidad fuera de lo común. Hasta entonces nos tuvimos que contentar con leer alguno de sus poemas en escasas apariciones en antologías, en francés y en inglés, lo que es el método más seguro de no acordarte de un nombre. Según declaraciones de Michal Rusinek, su secretario, murió mientras dormía, lo que no deja de ser un consuelo para los que huyen de la constatación de la ruina física constante y muda y, además, gustan de la perfecta ironía con que la poeta miraba, y admiraba, el mundo. A los que admiramos su poesía, traducida, todo hay que decirlo, se nos ha escapado cierto suspiro de alivio.

La vida de Wislawa Szymborska puede resumirse en el título que puso a su primer poemario, Buscando una palabra. Ha sido la constante de su vida, su destino, y en esa búsqueda ha escrito poemas de una calidad superior. Nacida en el año 23 cerca de Poznan, estudiará en la Universidad Jagellonne, de Cracovia, ciudad la que desde entonces estará ligada, donde vivió siempre y donde ha muerto. Realizó allí estudios de literatura y sociología y acabada la II Guerra Mundial, se hizo miembro del Partido Unificado Polaco, el partido comunista, y en esa etapa juvenil escribió algunos poemas llenos del espíritu del realismo socialista imperante y de lo que ha abominado posteriormente. En los años cincuenta empezó a frecuentar algunos medios disidentes, en especial los de la revista Kultura, que se editaba en París, y por lo que comenzó a conocer a gentes como Milosz y a autores remotos como Witold Gombrowicz, que por aquel entonces vivía en Argentina codeándose con espíritus afines e ironizando sobre Jorge Luís Borges y el grupito europeísta y riquísimo de Victoria Ocampo, o extraños como Stanislaw Witkiewicz, el autor de Insaciabilidad. En 1966 dejó definitivamente el Partido, no olvidemos que ya en fechas tan tempranas como 1957 publicó Apelación al Yeti, donde la comparación de Stalin con el Abominable Hombre de las Nieves apenas estaba velada. Y es en esas fechas cuando su poesía se hace más serena, retomando la evocación de las figuras clásicas de la cultura europea y, sin perder por ello, toda la ácida carga de una ironía plenamente moderna, como corresponde al siglo de los horrores que le ha tocado vivir. Pero esa evocación clásica actúa como una especie de compensación a esos horrores, a la tortura cotidiana y  a la muerte en vida, a la constatación de que  el zombie en realidad existe y somos nosotros mismos. De ahí que a la Szymborska siempre le haya parecido sugerente la época barroca. De ahí que haya traducido autores de esa época, con preferencia, y que realizara una espléndida de la obra de Agrippa d´Aubigné. De ahí, también, que su poesía apele, en última instancia, a una ayuda indefectible en la conciencia, la única que nos puede salvar del odio, de la tortura, de la estupidez. Ironía, clasicismo, llamada constante al humor, la poesía de Szymborska es un recordatorio de lo luminoso que posee el hombre a despecho de su lado más terrible: para ello se reviste con las armas de la inteligencia, el humor, la ironía y la ternura. Por eso se referían los académicos suecos, cuando dieron razón de su preferencia por la obra de la poeta, a sus “fragmentos de verdad humana”  como resumen aproximado y un tanto torpe a la excelencia de su creación.

Hoy, a pocos días de la muerte de esta inmensa poeta, demos las gracias por una vez a la AcademiaSueca, que se hizo eco de las voces alemanas en aquel momento. Eran tiempos de socialdemocracia, muy distintos a los que vivimos ahora. De ahí que no nos viniese nada mal leer ahora algún poema suyo y enfrentarnos con ese decir suyo tan profundamente personal. En entrevista con Javier Rodríguez Marcos para El País hace dos años, la Szymborska se refería a ciertos ideogramas chinos donde una esposa se representaba como una escoba y una mujer, y  la amante como una mujer y una flauta: Para la poeta el ideal de mujer que las revistas europeas promocionan es la unión de la escoba y la flauta. Ese es el estilo inconfundible de la Szymborska. Aquello que los franceses denominan esprit y no es fácil traducir. Esta distancia nos es necesaria. Sirve de amparo.

2 Comments
  1. celina says

    Bella evocación, Juristo; y necesaria. A poco que se la lea, Szymborska se hace fácil de pronunciar.

  2. Cuarto Creciente says

    Por favor, creo que ya es hora de hablar de ser humano y no de hombre, más aún cuando el artículo habla de una mujer, y utilizar el término poetisa y no poeta.
    Ya está bien, ya basta.

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