Tàpies, el chiflado de los pinceles

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Antonio Tàpies, en una imagen de febrero de 2008. / Flickr de Canalhub.fotos
(Actualización de las 20:30 horas con declaraciones de José María Castellet)

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Los 88 años que llevaba vividos han acabado con Antoni Tàpies, aunque el artista seguía empeñado en su trabajo hasta el último momento. Una vida intensa y productiva la de Tàpies, que iba para picapleitos y por suerte –aunque esté mal decirlo- una tisis lo mantuvo en cama el tiempo suficiente como para que tuviera que matar el aburrimiento garrapateando papeles, pintando monas y cayendo de pies y manos en el embrujo del arte. Colgó los trebejos universitarios de las leyes y se dedicó a crear, pintar y esculpir. Conoció a los grandes de su tiempo y aprendió de ellos el espíritu, el hálito de la esencia, lo que merece la pena ser dicho, ser pintado. Es verdad, se ha muerto uno de los grandes del siglo XX. De los pocos que van quedando.

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Se podría decir que le tocó en suerte vivir un tiempo apasionante, pero lo cierto es que nació después de terminada la Gran Guerra, en los felices 20, lo que le aseguró un asiento privilegiado para asistir a la Guerra Civil española y a la Segunda GuerraMundial. No es como para dar palmas. Claro que mucho peor fue ser joven en la posguerra y vivir la experiencia del franquismo.

La parte buena fue que ese tiempo adverso dio al joven Tàpies energía para rebelarse, lo que le supuso algún problema que otro. Pintaba pero no callaba, ya que sus ensayos engrosan más de 1.500 páginas, en las que no se ha cortado un pelo en explicar lo que le parecía criticable de su tiempo y de los derroteros del arte. Alguna vez comentó que le parecía preocupante que las exposiciones que se organizaban consistieran siempre en artistas ya superados o demasiado vistos. No se refería a Goya, ni a Velázquez, claro, pero sí a, por ejemplo, Anglada Camarasa.

Fue un pintor autodidacta pero con buena suerte en la vida, ya que conoció y trabó amistad con artistas contemporáneos como Picasso, Sert, Miró, Klee, Ernst… de cuyo talento supo alimentarse. Con Brossa, Joan Ponç, Cirlot y Cuixart vivió los mejores años de Dau al Set, grupo artístico rompedor, con dejes dadá y surrealistas, coetáneo al de otros inquietos que se movían por Madrid, Millares, Feito, Saura, Chirino: El Paso. Todos ellos inventando nuevas formas de expresión del arte en un país donde el ambiente circundante no se prestaba mucho, precisamente. O a lo mejor sí; precisamente por eso.

Tàpies indagó también en el terreno espiritual por derroteros orientales profundizando en el budismo zen y resulta curioso contemplar algunas de sus obras que, pese a mostrar trozos de tela pegados aparentemente a las bravas o pinceles con los que ha pintado, rotos, e incorporados en el lienzo, algún viejo jersey manchado de pintura, es decir obras matéricas –como se las llama-, emiten destellos de espiritualidad, casi de vida contemplativa, como queriendo invitar al espectador a la práctica meditativa.

El paso del tiempo y el dolor que acompaña a la condición humana han sido dos de sus constantes. También aquí las lecciones aprendidas del budismo le fueron de gran utilidad. Tàpies era lector frecuente de los libros de la editorial de Salvador Pániker, Kairós. En cierta ocasión le contó a un periodista: “En mi pintura he hecho muchas sillas, pero nunca he repetido una sola, hubiera sido una barbaridad, todas son distintas, como los temas de mis cuadros, no hay ninguno que sea igual a otro. A veces miro el catálogo de mis obras y al ver lo que he hecho en todos estos años me doy cuenta de que siempre, desde que afirmé mi propio lenguaje, han reflejado una visión del mundo variable, según el momento social y político en que fueron hechas. Significa que siempre me ha influido la vida". Todo cambia, nada permanece.

Es verdad que en los años 90 aceptó encargos institucionales de la Generalitat, la Pompeu Fabra y alguna más, pero no era de los artistas que se cobijaban en el régimen, fuera éste el que fuera. Era y se sentía un artista libre y como tal pareció comportarse. De sus cuadros siempre me llamó la atención que me sugirieran pura expresión de la improvisación. Pero ya se sabe que la improvisación, para que valga la pena, suele dar mucho trabajo previo. En sus últimos años Tàpies confesaba que aunque siempre hubiera dado pie a improvisar ante un lienzo, “ahora se ha acentuado más, improvisar me da ideas y ya no me importa tanto que parezca descuidado”.

Expertos en la materia han escrito y dicho sobre la aparente ausencia de contenido de algunos cuadros del pintor. Se trata, claro, de un elemento esencial en la tradición zen, un despojamiento de accesorios para alcanzar la iluminación. Le he preguntado a José María Castellet, que lo conocía bien, y me ha dicho algo que queda en exclusiva para los lectores de cuartopoder.  "Hay un misterio absoluto en la obra de Tàpies que muchos críticos y estudiosos han intentado desvelar. Los que descubrimos su pintura en el Salón de Octubre de Barcelona de 1948, siendo universitarios de su generación, tardamos algún tiempo en entender lo que quería expresar a través de su obra. Era algo que nos turbaba porque era tan sencillo como decirnos: ¡Hay tanta noche en el ser humano…!"

Como a él le gustaba repetir, la pintura no acabará nunca, “siempre quedará un chiflado al que le guste coger los pinceles y mezclar colores”.  Nunca sabremos bien cuánta falta hacen esos chiflados.

2 Comments
  1. me says

    Qué fino era.

  2. Fasim says

    Hay chiflados vivos a los que no se les hace caso y también son muy buenos pintores, creo que la imagen de que hay solo 4 artistas es muy falsa.

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