Mientras Le Corbusier arde, Mies resplandece

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Imagen de la Villa Tugendhat, obra del arquitecto Mies van der Rohe. / Wikipedia

El miércoles 29 de febrero se celebró en la ciudad de Brno, en la RepúblicaCheca, una rueda de prensa donde se anunció la inauguración de la Casa Tugendhat, que Mies van der Rohe construyera en 1929 para el matrimonio judío Fritz y Grete Tugendhat,  y que tras unos avatares que se corresponden punto por punto a la historia de Centroeuropa en los últimos ochenta años, ha sido rehabilitada tal y como el arquitecto la diseñó en su momento, convirtiéndose en uno de los referentes mundiales de la arquitectura del siglo XX y en una de las piezas fundamentales de lo que se llamó en su momento Estilo Internacional. Ni que decir tiene que ocupó un puesto importante en aquella lista en forma de libro que Henry Russell Hitchcock y Philip Johnson idearon con eficaz excelencia para bautizar una forma de hacer arquitectura, nueva hasta aquel momento,  y cuya inclusión en él bastó para, con el paso del tiempo, convertir a un arquitecto con talento en una especie de gurú sin remisión posible. En esa lista están todos los grandes arquitectos de aquellos años, Walter Gropius, Erich  Mendelshon, Otto Eisler, Joseph Franz, Uno Ahren, en fin, los arquitectos Labayen y Aizpurúa, por parte española al diseñar el Club Náutico de San Sebastián en 1929… y, sobre todo, sobre todos, el maestro por excelencia que todo el mundo tiene en la boca cuando se habla de arquitectura moderna, Le Corbusier y su Villa Saboya.

Hace escasas semanas hubo un sobresalto en Francia porque había ardido parte del edificio HLM que Le Corbusier había diseñado en Marsella y que está considerado como una joya del Patrimonio Cultural galo. El incendio dio motivo para que muchos criticaran el modo en que el Estado se encarga de salvaguardar ese patrimonio, pero lo cierto es que el HLM no está deshabitado y cualquier vecino, por descuido, puede provocar un incendio que no tiene consideraciones sobre la belleza del edificio o no a la hora de arder. Sin embargo no deja de ser emblemático de los tiempos que corren que mientras piezas esenciales de la arquitectura de nuestro siglo, sobre todo la de los constructivistas rusos, con R. Melnikov a la cabeza, se desmoronan por el único motivo de que sus edificaciones son públicas o tuvieron la finalidad de ser construidas con fines sociales, como muchas obras de Walter Gropius y los primeros diseñadores de la Bauhaus, otras, por el mero hecho de estar construidas con materiales nobles, sean rehabilitadas una y otra vez. Esta diferencia puede verse como una metáfora justa de lo que ha cedido con la arquitectura moderna  el siglo XX: las HLM arden mientras Villa Saboya sigue como el primer día… Chandajar, la ciudad ideada por Le Curbusier en la India, es un magnífico disparate dadaísta con vacas sagradas paseándose por pasillos racionalistas y llenos de moho mientras el Edificio Seagram de Nueva York brilla con sus cobres pulidos y su extraña y particular belleza en la noche neoyorkina. Pero el único arquitecto que ha tenido la suerte de haber visto rehabilitados sus edificios una y otra vez y en los lugares más dispares, de Brno a Barcelona, tiene un nombre: Mies van der Rohe. También una razón para que sea así.

Desde luego el lujo. Mies emigró a los Estados Unidos desde Alemania cuando la presión nazi se hizo insoportable, pero en vez de aplicarse, como su colega Gropius a seguir investigando en las posibilidades revolucionarias de la nueva arquitectura, se dedicó a aplicar esos principios revolucionarios en las sedes donde anidaba el dinero. El Edificio Seagram, de una belleza convulsa, es una buena prueba de ello: maderas exóticas, cobres por todos lados, mármoles por doquier… el lujo abruma, la calidad de los materiales es excelente, de lo mejor que podía conseguirse en aquellos tiempos… el edificio rompe moldes, arropado por las grandes corporaciones que enseguida quieren imitar ese estilo o contratar a su hacedor. Mies, mientras tanto, se gasta el dinero que gana a espuertas en comprarse trajes carísimos y en fumar habanos. Es lo que siempre quiso hacer: una arquitectura al servicio de quién mejor pagara. Su destino le hizo justicia.

Pero esto no lo explica todo. Lo cierto es que el tiempo actúa siempre en detrimento de lo cierto para jugar a favor del mito. Y en el mito caben pocos nombres porque se basa en los héroes y estos son, deben serlo, escasos. La arquitectura racionalista, Internacional, llámenla como gusten, tiene dos representantes para la posteridad, para la degustación de estos tiempos posmodernos, Le Corbusier y Mies van der Rohe. Quizá porque en cierta manera fueron claves a la hora de establecer el futuro desarrollo de esas posibilidades: Le Corbusier diseñando las medidas exactas en que debería fundarse esa nueva arquitectura y Mies llevándola al puerto donde las cosas resplandecen de verdad, allí donde habita el lujo. Quizá por otros motivos que se nos escapan… pero lo cierto es que, en medio, quedan nombres reconocidos incluso como genios que con el transcurrir del tiempo ven su aura disminuída. El caso de Gropius, el utópico, es sintomático.

Fuera como fuese, el caso es que a partir de esta semana tenemos nuevo símbolo referencial del patrimonio europeo, y esta vez en Brno, en una casa que en pocos años pasó de ser una residencia para un matrimonio acomodado a ser sede de la Gestapo cuando Checoslovaquia fue invadida por los nazis y, luego, con la invasión soviética, por diversos destinos, llegó a ser escuela de danza,  hasta terminar convirtiéndose en un edificio destinado a la rehabilitación de niños con problema de columna vertebral, lo que no fue lo peor que podía haberle sucedido. Hubo un tiempo en que se la rehabilitó, pero se hizo de manera parcial porque los destrozos a lo largo del tiempo habían sido enormes hasta el punto de que su restauración ha durado más de lo previsto. El edificio, emblemático, no ha dejado, mientras tanto, de servir de punto de referencia, pues fue en él donde Vaclav Havel  y Vladimir Mecla ultimaron los detalles en 1992 de la partición de Checoslovaquia en dos estados independientes. Destinada ahora a ser Museo de la Ciudad de Brno, declarada por la UNESCO patrimonio de la Humanidad en 2001, la Villa Tugendhat resplandece de nuevo después de ochenta años de haber sido construída en sus piedras y en sus jardines, sin ahorrar detalle alguno. Tal y como Mies quiso que su arquitectura perviviera. En eso ha sido un arquitecto con suerte.

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