Moebius, el dibujante de la frontera

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Imagen de archivo del dibujante francés Jean Giraud, conocido como 'Moebius'. / Alberto Estévez (Efe)

La noticia era recogida por los periódicos de medio mundo, especialmente los franceses, que lo consideraban uno de sus grandes: Jean Giraud, el afamado creador del teniente Blueberry, acaba de morir, según han confirmado su mujer Isabelle y su hija Nausicaa, en el país vecino a los 73 años, de una larga enfermedad. De inmediato, uno se da cuenta, acostumbrado a vérselas con ese prejuicio que pretende invalidar a los talentos de primera en los más variados géneros del arte de masas, que este hombre, afable y bueno, era uno de los más excelsos dibujantes del siglo pasado, el siglo que vio constituirse un género que poco a poco ha ido ganado en sustantividad artística hasta el punto de que muchos, por no decir cómic, se refieren a él en términos de novela gráfica.

Jean Giraud, que en un momento determinado de su carrera decidió llamarse con el nombre de aquel que porta el bucle que simboliza el infinito, fue uno de los que han hecho de algunos cómics un referente excelso de la narratividad, hasta el punto de rebasar el ámbito del mismo y enfrentarse al mundo del cine, otro arte que comenzó por los mismos años, en su faceta de diseñador con títulos tan sonados como Dune, Alien, Tron, Willow, Masters del Universo  o El quinto elemento. Atento a cualquier género que tuviera que ver con la animación, colaboró en videojuegos como Panzer Dragoon o Los Siete Samurais 20XX, videojuegos que no he visto porque no gusto de ellos pero que, seguro, ensalzan el género hasta límites que rozan el talento. De ello no me cabe la menor duda.

Moebius ha muerto en uno de sus mejores momentos, lleno de proyectos y con realizaciones excelentes. Norma Editorial había publicado hacía poco su libro Arzak el vigilante y, según cuenta en bello artículo necrológico Jesús Jiménez, había sido nominado como el mejor cómic extranjero para la siguiente edición a celebrar del Salón del Cómic de Barcelona, el más importante de España. Giraud fue siempre un hombre apasionado por la frontera, porque en cierta manera ésta delimita un mundo infinito que se nos escapa pero al cual siempre perseguimos en nuestros deseos más recónditos. Épico al modo de los mercenarios griegos nombrados por Jenofonte, faústico, que diría un degustador de Spengler,  Jean Giraud buscó en el western y en la ciencia ficción esos otros mundos que están en éste pero invisibles a miradas torpes. De ahí que dotara a los dibujos que trataba estos temas con una profusión de detalles sorprendentes, llenos de una densidad sin parangón y con una calidad armónica en los colores tan propios, que eran fácilmente reconocibles entre otros muchos deudores suyos. En la revista Far West completó la serie Frank et Jeremie y fue en esa revista, estamos a principios de los sesenta, cuando conoció al dibujante Jijé, uno de los grandes del momento, quien realizó la tarea, si puede llamarse así, de ser su maestro. Giraud, para entonces, había cambiado de empresa, y en 1964, en Pilote, publicó, con guión de Jean Michel Charlier, El teniente Blueberry, un personaje que le dio fama internacional pero con el que no se resignó a pesar de su fama porque tenía en mente hacer cosas más personales, dar rienda suelta al lado loco que le empujaba hacia empresas de las que fue pionero sin apenas saberlo: estaba muy ocupado haciéndolas.

Desde luego Humanoides Asociados, grupo que formó junto a Farkas y Philippe Drouillet, para entonces ya firmaba como Moebius, desde que entró a formar parte de Hara Kiri, una revista muy gamberra que todos los que íbamos a París por aquel entonces, los años setenta, comprábamos para dar rienda suelta de manera muy burguesa a nuestro nihilismo sentimental; desde luego Métal Hurlant , la revista quizá de más trascendencia del momento, donde Moebius creó una de sus series mejores, las de Arzak o The Long Tomorrow, y de la que luego se hizo en 1981 una película de esas que muchos llaman míticas, Heavy Metal. Luego vinieron obras extrañas, de una trascendencia que todos reconocen a pesar de que no es fácil estar a veces en consonancia con su exigencia. Me refiero a El Garaje hermético, una serie de ciencia ficción que realizó entre 1976 y 1980, y que lo menos que puede decirse de ella es que es uno de los experimentos más salvajes que se han hecho en el género, rozando lo incomprensible, pero de una imaginación hiriente de tan desatada. Aquí Giraud seguía el modelo de los grandes extravagantes franceses de su tradición, desde Jarry a Raymond Roussel.

Tendencia que se completaría en sus colaboraciones con Alejandro Jodorowsky, con el que realizó El Incal, una serie espacial que se cuenta entre las mejores que se han hecho, a la que siguió Los Metabarones. Dotado de una inquietud un tanto sorprendente, Moebius, después de ver Akira estamos ya en 1988, se sintió influenciado por el cómic japonés, en especial los de Yukito Mishiro, y al igual que le sucedió con la lectura de Carlos Castaneda en su momento, lectura que dio origen a la espectacular El Garaje hermético, el darse bruces con gentes como Mishiro o Katshuiro Otomo, le llevó a cambiar su modo de dibujar desde entonces haciendo del trazo algo más concentrado, más denso, más dotado de fuerza.

Moebius dijo de él, mejor dicho, de su mente, que era un caos. Si lo era debía ser semejante a ese caos que luego, según las mitologías, dio paso a la luz, a las formas. Se mire por donde se mire, en cualquier ámbito donde aparezca la frontera en la animación, ya sea en el western, sólo él tuvo que completar en cómic el famoso Duelo en OK Corral, o en la ciencia ficción, aparece Moebius, incluso en El Imperio contraataca, de George Lucas, donde se empleó un diseño de Giraud para la Imperial Probe Droid. Su influencia en la animación ha sido tal que muchos consideran que en la historia del cómic hay un antes y un después de Moebius. Desde luego estoy por suscribirlo porque esa sensación de quiebra siempre aparece con los grandes. Y Moebius lo era. Lo es

 

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