Una tarde de cine

Pepet (izda.) y Joan, ante el proyector / E. H.

Después de cinco años viviendo a escasos kilómetros de Vimbodí-Poblet fui al cine del pueblo por vez primera el otro día a ver The Artist. Qué película tan bonita. No se trata de hablar de ella, entre otras cosas, porque a estas alturas la ha visto casi todo el mundo. Sin embargo, el hecho de haberla visto en esa desangelada sala de cine -éramos ocho- de pueblín perdido en los mapas convierte el trámite de sentarse en una sala oscura a ver una película en una experiencia reseñable.

Imaginen el escenario: el cine está en la parte baja de un viejo edificio, que fue colegio de monjas, antes de la guerra civil, y que tras años de abandono y putrefacción ha sido recuperado por el actual ayuntamiento para el fomento de la cultura. Cerca del cine está el río, casi siempre un hilo de agua, y el museo del vidrio. En Vimbodí un pueblo pequeño vinculado desde siempre al Monasterio de Poblet-, hace casi cien años, había varias fábricas de vidrio. Pero es que, en el siglo XVIII había más habitantes que ahora. Las calles de Vimbodí-Poblet, una tarde de domingo, algo lluviosa, evocan otro tiempo, pasado para siempre. Como el cine.

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Antes, o sea, antaño, en los cines de pueblo se veían películas viejas, casi siempre copias gastadas, cortadas, hechas polvo, con un sonido que se hinchaba y se deshinchaba como si fuera un globo, en pantallas remendadas en las que, de vez en cuando se rayaba la imagen. A veces, se quemaba un trozo de película porque estaba mal colocada en el proyector, en fin, todo lo que contó Giuseppe Tornatore, ayudado magistralmente por el inefable Ennio Morricone, en Cinema Paradiso.

Pues bien, ahora ese modesto cine de pueblo exhibe películas de estreno de calidad excelente. Ya me lo decía Pepet, el operador de la cabina, cuando coincidíamos en la huerta del Molí del Salt, azadón al hombro; no se crea, ¿eh?, que damos películas buenas; pero la gente joven no viene. A los jóvenes sólo les interesan películas de acción y monstruos y mucha sangre, me decía. Yo asentía cortésmente, sin conceder mucho crédito a lo que Pepet llamara “buenas películas”. Mujer de poca fe.

"Lo que el viento se llevó". / E. H.

Paradojas de la vida, ahora que los ocho mil canales televisivos se ponen de acuerdo para dar la basura más barata que pare Hollywood, cuando el tedioso zapeo rutinario suele conducir a la derrota y consiguiente apagado de la caja tonta, resulta que las películas buenas parpadean en solitario en las salas oscuras, porque la gente o no se entera o prefiere andar en otras batallas, tuiteando, enlazando, mensajeando o así. Pero, ¿dónde demonios se meten los jóvenes del pueblo?

Así que el cine de Vimbodí-Poblet, que amorosamente abre cada sábado Alfons Alsamora, el bibliotecario, languidece por falta de calor humano y pipas de girasol. Es casi un milagro que resista a la crisis, si pensamos que en Montblanc, un pueblo mucho más grande, a escasos kilómetros, han cerrado su cine. Por eso Joan, que antes daba películas allí, como ahora se ha quedado sin tarea, ayuda en la cabina a Pepet.

Me permitieron subir a ese sancta santorum del celuloide y de golpe, como en un ataque masivo de nostalgia, me pasaron escenas a velocidad de vértigo, como dicen que pasa cuando te vas a morir en un accidente: la voz característica de Alfonso Sánchez comentando alguna película en televisión, escenas de algún film de Bergman, una tarde de domingo en Palencia, cuando me veía una sesión doble en el Rey Don Sancho –ya extinto-, El ladrón de Bagdad, de Howard Hawks, y Acompáñame, con Rocío Dúrcal y Enrique Guzmán; aquella sensación de que algo bueno iba a pasar, cuando se apagaban las luces, se iluminaba la pantalla y un sonido atronador envolvía el patio de butacas y lo elevaba varios centímetros del suelo mientras te arrellanabas bien en el asiento, dispuesta a que dos horas de tu vida pasaran como en una exhalación, abriendo un paréntesis celestial en tu biografía. Bonita película, The Artist.