Vida negra de August Strindberg

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Autoretrato de Strindberg / Wikipedia

Suecia entera celebra este mes de mayo el centenario de la muerte de su escritor de bandera con todo tipo de representaciones, exposiciones, jornadas de debates, excursiones en barco y más cosas.

En España, la editorial Nórdica ha publicado doce cuentos traducidos por Francisco Uriz, algunos inéditos en España y prepara otro volumen de dibujos del dramaturgo, para acompañar la conmemoración. El Círculo de Bellas Artes de Madrid puso en escena entre febrero y abril La señorita Julia y  El pelícano, además de una adaptación teatral de la novela autobiográfica Inferno. También la universidad de Granada le dedicó, a últimos de marzo, unas jornadas en las que se analizó la personalidad arrolladora y convulsa del artista.

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Desde el principio, la vida de AS recuerda la historia, que cuenta Ingmar Bergman en Fanny y Alexander, del desgraciado matrimonio de la madre de estos niños con un cura protestante, autoritario, misorrero y maltratador. Debido a que Suecia no desvela sus datos de violencia familiar, desconocemos hasta qué punto nos ganan en este sórdido récord. El caso es que el pobre August Strindberg vino al mundo en un ambiente enrarecido, lo que le valió incubar una esquizofrenia que lo atormentó toda su vida.

Una locura productiva que le empujó a pintar, escribir, fotografiar e interesarse -casi al final de su vida- por la alquimia. Llegó a mantener una correspondencia con otro loco genial, Friedrich Nietzsche.

Sus paranoias contribuyeron a que sus tres matrimonios duraran menos que lo justo y, gracias a sus escritos autobiográficos –especialmente Autodefensa, pero también Alegato de un loco o Inferno-, sabemos de su evolución desde un razonable feminismo a la más atroz de las misoginias. Desconfiado de la supuesta incapacidad femenina de decir verdad y de su talento para el disimulo, Strindberg estaba convencido de que las mujeres eran infieles, desleales e incapaces de nobleza alguna. Mucho sufrimiento para un cuerpo demasiado humano.

Por eso, la violencia late siempre, amenazadora, en sus obras. Nada de sangre sino combates psicológicos entre dos mentes antagónicas. Como en dos de sus mayores éxitos teatrales, El padre y La señorita Julia, una acaba siempre aplastando a la otra sin que sea necesariamente superior. El mismo se creía una mente privilegiada –con razón- que estaba siendo acosada por otra más débil, pero más tramposa y oportunista. La de sus esposas sucesivas. En fin, no es que sea un caso único, como sabrá por experiencia más de una lectora. Pero, a lo que íbamos.

Paisaje alpino, óleo de Strindberg

Al dramaturgo sueco se le considera innovador del teatro moderno, entre sus inquietudes llegó a fundar un Teatro Experimental para el que escribió expresamente algunas obras y, en todo caso, su teatro fue vanguardista, un teatro de la crueldad, lo han llamado, y del absurdo, pionero del que se vio proliferar en el siglo XX con la obra de Samuel Bekett, por ejemplo.

Sobre todo, Suecia le debe a Strindberg el haber modernizado el sueco, un idioma al que aplastaba la pesadez del legado alemán. Quizás, en la misma medida en que seguramente la mejor contribución de Lutero fue –algunos siglos antes- modernizar el propio alemán.

Un ser atormentado que pintó enfebrecidamente cuadros extraordinariamente modernos, una mente artísticamente lúcida y enferma en la vida normal. Como siempre, el mejor homenaje será leer lo que ha escrito y contemplar lo que ha pintado. Sus autorretratos fotográficos sugieren un acercamiento directo a la personalidad de su autor. Es casi seguro que debió de ser una persona intratable cuando sufría sus rachas esquizofrénicas, pero lo que ha dejado tras de sí es un utillaje perfecto para conocerle y llegar a amarle como sólo el arte puede obrar. Milagros.

 

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