Carlos Fuentes, el hacedor del ‘boom’

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El escritor mexicano Carlos Fuentes, el pasado 1 de mayo, durante su participación un acto celebrado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires (Argentina). / Leo La Valle (Efe)

Me enteré ayer por la noche de la muerte a los 83 años por infarto de Carlos Fuentes, el celebrado autor de La muerte de Artemio Cruz o de La región más transparente. Lo primero que me vino a la cabeza al enterarme de la noticia fue las tres o cuatro veces que le hice entrevistas, variadas, siempre imprevistas porque uno de los grandes encantos de Fuentes fue siempre la de su savoir faire, fruto de haber sido educado, como buen hijo de diplomático, en un ambiente cosmopolita, y el aire de seductor mexicano, a lo Jorge Negrete, que siempre adoptó, en una especie de rendido homenaje a lo que fue su pasión secreta, el cine. Tengo para mí que en otra vida Carlos Fuentes hubiese sido actor, pero en esta se quedó en guionista y director accidental aunque el glamour de las estrellas lo llevó siempre en sus ademanes y sus ajustados trajes. Hay quien ha cuestionado algunas de las obras suyas, sobre todo desde que publicó Cristóbal Nonato, algunos incluso han llegado a decir que después de La muerte de Artemio Cruz y La región más transparente, otorgan quizá un cierto valor a Terra nostra, su narrativa no tiene parangón con otros coetáneos, sea Mario Vargas Llosa, sea Gabriel García Márquez. Sea, pero lo que nadie ha dudado nunca es que su concurso fue esencial para dar a conocer y consolidar lo que se llamó el boom latinoamericano hasta el punto de que sin él es probable que, tal y como se produjo, el fenómeno nunca hubiese tenido lugar. De esa capacidad para la gestión, para la amistad, nos da idea la estancia que tuve en México invitado por la Feria del Libro: allí estuvimos unos cuantos escritores y críticos españoles y, paralelo a estos actos oficiales, hubo unos festejos por la celebración del cumpleaños de Carlos Fuentes, que coincidió en esos días. Los periódicos dieron la noticia de la gente que le rindió homenaje en el Distrito Federal. No recuerdo la nómina, por ahí estaba Juan Goytisolo,  Susan Sontag, entre otros muchos, pero puedo asegurar que abrumaba, como si la verdadera fiesta cultural de la Feria hubiese tenido lugar en su casa, no en el Palacio de la Minería.

Alfredo Bryce Echenique me contó con cierta ironía no exenta de cierta admiración, que un día se topó en un aeropuerto norteamericano con Carlos Fuentes y le preguntó la razón de que fuese el autor latinoamericano que más cobraba en las conferencias que daba por el país. Carlos Fuentes le comentó que lo único que hacía era potenciarles la mala conciencia que tenían hacia los latinoamericanos, lo que no dejó de ser la respuesta adecuada para que Alfredo Bryce la fuera contando por ahí con secreto goce porque, al fin y al cabo, definía como pocas al autor mexicano. Con esto quiero decir que el lado glamoroso de Carlos Fuentes le pudo, siempre con sus pulcras maneras, y que muchos han visto en él más un magnífico gestor cultural que un escritor de probada excelencia. Yo no lo tengo tan claro, y creo que la obra de Fuentes, desigual, se encuentra entre las más importantes de la literatura latinoamericana de su generación, y que aparte de las dos primeras novelas que todo el mundo cita, eso que nunca debe hacerse a un escritor de obra dilatada, hay obras como Terra nostra, que no deben pase por alto por la enorme ambición literaria que despliega, e incluso la tan cuestionada Cristóbal Nonato, que lleva la influencia de Laurence Sterne y su Tristram Shandy a cierto paroxismo al presentarnos toda la mitología de un continente oculta tras un feto aún no nacido. Hay, además, otras como Aura, que es una indagación en la literatura fantástica nada desdeñable, aunque hay algunas como Diana o la cazadora solitaria, donde comienza ya a decaer su ambición simbólica, en ella nos narra la relación sentimental que tuvo con la actriz Jean Seberg. Sus últimos libros, sin embargo, no alcanzaron nunca la calidad de los aquí citados, aunque hizo alguna excursión en la novela histórica, Gringo viejo, que revelan su vieja maestría.

Hay sin embargo una faceta de Carlos Fuentes, ya dije antes, que pasa por ser su secreta pasión: el cine. Hay estudiosos, como el profesor Lanin Gyurko, que se ha empeñado en hacernos notar la relación que existe entre el cine de Billy Wilder y la obra de Carlos Fuentes. Para ello, el profesor de Arizona se basa en la incidencia que el mito tiene en los dos autores y su obsesión, también, por incidir en dejarlos caer, en desmontarlos. Es probable, aunque podrían citarse otros autores  que incurren en lo mismo, pero lo contrario es incuestionable: la obra de Carlos Fuentes es esencialmente cinematográfica y eso hasta el punto de que buena parte de la misma puede ser, alguna así ha sido, llevada al cine con éxito. De hecho, él mismo ha sido guionista y director accidental, llevó al cine junto a Gabriel García Márquez y Roberto Gavaldón, El gallo de Oro, e hizo la versión cinematográfica de Pedro Páramo, siempre tuvo una obsesión por el reconocimiento ante el genio de Juan Rulfo, y obras suyas como La cabeza de la hidra, cuya versión cinematográfica se llamó Complot Petroleo: la cabeza de la hidra, o Gringo Viejo, que llevó al cine Luis Puenzo.

Esa pasión sin embargo no debe hacernos olvidar el impulso por lo público que en él llegó a hacerse una obsesión. No había actividad en la que Carlos Fuentes no se sintiese implicado y eso fue así por ese lado de hombre público que no le abandonó nunca. Desde su sonada dimisión como embajador en París  por haberse nombrado a Diaz Ordás, el causante de la matanza de las Plaza de las Tres Culturas en el 68 cuando era presidente de México, embajador en España a la muerte de Franco, hasta sus rupturas intermitentes con Fidel Castro o el apoyo que ha dado a su hermano Raúl. Con su muerte se nos ha ido el símbolo de una época, de un modo de concebir la literatura latinoamericana que fue el origen de esa normalización de que goza ahora. Quizá sin el concurso de gentes como él eso nunca se hubiese producido.

1 Comment
  1. Jonatan says

    «Lata Nostra», Rulfo dixit.

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