Si Shakespeare hubiera cantado disco…

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José García Pastor *

Donna Summer, durante un concierto en Rotterdam (Holanda), el 15 de noviembre de 2007. / Robert Vos (Efe)

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Hubo un tiempo en que se pensaba que el disco (el género musical, no el soporte) había matado el rock, es decir, la música seria, es decir, la música a secas. ¿Cómo puede ser –argumentaban agoreros y entendidos, que hoy como antes suelen ser la misma persona– que eso que a falta de mejor nombre se convenía en llamar “música negra” hubiese degenerado desde algo tan auténtico y sentido como el blues hasta una banalidad superficial basada en un ritmo machacón y unos cuantos trucos de productor? Después del torbellino creativo de los Beatles o Led Zeppelin, ¿qué lugar podía tener en el imaginario de las mentes seriamente musicales algo diseñado para mover el esqueleto y poco más? ¿Es la respuesta a la complejísima pregunta How does it feel? que formula Dylan en un sencillo I feel love? ¿No era como pasar de Rainer Maria Rilke a Gloria Fuertes (con todo el respeto por ambos) sin solución de continuidad? ¿No se podían apreciar los devastadores efectos de la enfermedad en la evolución de los Bee Gees?

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Hubo otro tiempo, no muy posterior, en que se esgrimían razones parecidas para lamentar la entronización del rap, otro género asesino de las esencias. Y así podríamos seguir. Parece que la música, sobre todo la negra, está permanentemente expuesta a los empellones de modas advenedizas que amenazan con desvirtuar la gloriosa tradición. O tal vez no, tal vez todo se reduzca a la reacción, tan humana, de biempensantes que se van haciendo mayores y no pueden entender las nuevas propuestas, que de tan creativas que son les resultan chirriantes.

Lo que sí está claro es que el día en que se ponga orden en el cotarro y se confeccione el canon de la música disco Donna Summers ocupará un lugar destacado, si no el principal. Algún malicioso tal vez arguya que el honor corresponde a sus productores, sobre todo a Giorgio Moroder, pero ésa es otra disputa que también podría dirimirse en géneros más nobles. Donna Summers tenía una voz estupenda (como también la tuvo, gustos aparte, Rocío Jurado), fue pionera en añadir toques sensuales a su interpretación vocal (algo que en la era post-Madonna, más abocada a lo visual, parece una chiquillada, pero entonces tenía su punto), se erigió como proto-diva gay y después fue defenestrada de tal pedestal por unas presuntas declaraciones homófobas, intentó salirse del circuito disco, que como tal ya estaba en decadencia a finales de los setenta, al menos en lo que toca a popularidad, para hacer música más dirigida a todos los públicos y, a juzgar por las ventas, fracasó. De hecho, sólo volvía a ser noticia cuando retomaba sus antiguos temas para renovarlos o volver a cantarlos tal cual. Por lo que se sabe, su vida no fue tan azarosa como la de Whitney Houston y ése sea tal vez el motivo de que, previsiblemente, los ditirambos no alcanzarán estos días cotas semejantes. Una reina durante mucho tiempo silenciosa, un vozarrón perdido entre ritmo machacón y sintetizadores, una provocación ingenua que hoy incita a la sonrisa … ¿vivirá en la música o sólo en la historia de la música, tal vez como mera nota a pie de página? A estas alturas deberíamos ya saber que conviene proceder con cautela y no dejar que el ruido y el escándalo o su ausencia nos despisten. Parece que William Shakespeare murió de unas calenturas después de tomarse alguna copa de más con unos colegas.

(*) José García Pastor es escritor y traductor.

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