Góngora, la estrella inextinguible

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Góngora, pintado por Velázquez / Wikipedia

(Actualización de las 21:21 horas del martes, 29 de mayo, con el descubrimiento de un manuscrito inédito de Góngora)

Se acaba de saber en la tarde del martes, 29, y aquí lo añado a esta entrada, que la hispanista Amelia de Paz ha encontrado un manuscrito inédito de Góngora cuando investigaba en el Archivo Histórico Nacional. No es un poema aunque pudiera serlo en sentido figurado. Se trata de una declaración ante la Inquisición en la que el cordobés, con gracejo no exento de mala leche,  arremete contra el inquisidor Alonso Jiménez de Reynoso, y le acusa de comportamiento libidinoso por amancebarse a todas luces con doña María de Lara.  Para que se hagan una idea, Góngora, en un escrito de cinco hojas, dice entre otras, estas lindezas que se notaba cuando había sesión amorosa en la casa cuando: "el dicho ynquisidor dormía con la susodicha doña María lo echaba él de ver en quatro y seis camisas que había él mudado la noche y estaban tendidas a la mañana en el terrado para enjugallas del sudor, donde hallaba en las delanteras de las dichas camisas, las inmundiçias y suçiedades hordinarias de semejantes actos". Las faltas de ortografía de ahora  no lo eran en el siglo XVI. La feliz descubridora del manuscrito se alegra de constatar la retranca del poeta cordobés, con lo serio que parece.

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¿Góngora? ¿Está el patio como para hablar de Góngora? Pero, ¿es que entra Góngora en el temario de BUP?  Aunque hubo un tiempo en que hasta cantaban sus poemas, pero mudaron los tiempos. La Biblioteca Nacional de España que cumple trescientos años el que viene, está celebrando citas muy interesantes para preparar la conmemoración y así ir calentando el ambiente. Seleccionen bien porque hay alguna cagada - cuarta acepción del DRAE- entre las actividades; nadie es perfecto.

La que nos ocupa es una exposición que se titula muy bellamente: Góngora: la estrella inextinguible. Magnitud estética y universo contemporáneo. Una muestra que contiene ediciones del XVI y XVII, pinturas, cartas, manuscritos, grabados,  hasta doscientas piezas, además de elementos multimedia con El Manuscrito Chacón, la joya culterana de la biblioteca, y un video de poemas leídos, con lo que se quiere cerrar el año de conmemoraciones del poeta cordobés que nació hace 450 años.

Quizás, abrumados por la desconfianza y la crisis, se nos haya olvidado que Luis de Góngora y Argote fue As de oros en un Siglo de Oro, como figura en la exposición, y que su poesía supuso una modernización de la poesía española que influyó poderosamente durante cuatro siglos en toda la poesía que se ha escrito por el mundo.

Qué tiempos aquellos en los que coincidieron grandes nombres de la historia española, cuando Góngora escribía poemas al Conde Duque de Olivares o al Duque de Rivas y sostenía plural combate con Quevedo y Lope de Vega,   y recibía elogios del mismísimo Cervantes, que le concedió “gracia y agudeza en tanto extremo”, y mereció un retrato de Velázquez. A lo que íbamos.

Se exponen los libros que cautivaron al autor de Soledades, su formación literaria; en otro capitulo, se muestra El triunfo de Góngora en el siglo XVI, donde se cuentan las críticas y la incomprensión de los críticos de su poesía y se muestran sus manuscritos; después, puede el visitante dejarse llevar por el “laberinto de mitología” al que inducen la Fábula de Polifemo y Galatea y su gran poema inacabado, Soledades, que tanto reivindicaron los poetas del 27, Guillén y Salinas, Lorca y Alberti, y, sobre todos, Dámaso Alonso que lo estudió con entusiasmo en obras  como su edición comentada de Soledades (1927), La lengua poética de Góngora (1935), Estudios y ensayos gongorinos (1945). Góngora  y el Polifemo (1960).

Pero, antes que los del 27, Paul Verlaine, en Francia, había caído en los brazos poéticos de Góngora a quien confesó amar abiertamente y de quien quiso sufrir las mejores influencias, como la que se deja notar en su poema Lassitude, que encabeza con una cita del poeta cordobés: A batallas de amor campo de plumas.

Menéndez y Pelayo, sin embargo, contribuyó a la escisión en buenos y malos, entre conceptistas –sobre todo, su admirado Quevedo- y culteranos, para atizarle al buen clérigo a placer. Por cierto que también hay centenario del polígrafo cántabro, como recordó Juan G. Bedoya, el pasado sábado, 26 de mayo, en El País.

Como todo lo verdaderamente interesante, disfrutar de Góngora exige un camino de iniciación pausado. No admite zapping ni atajos aunque sea generosa la recompensa. Como en el de Ítaca. Fernando Lázaro Carreter lo conocía y los de mi generación aprendimos mucho gracias a él. Se sabe que al final de su vida, Lázaro reveló a algún íntimo un descubrimiento secreto: el Góngora más erótico que oculta una felación perfecta entre las silvas de sus Soledades. Sólo hay que saber buscar y lograr verlo. El profesor saltaba de contento con su hallazgo.

Góngora murió pobre a pesar de haber sido capellán de Felipe III, o quizás por eso, y no publicó en vida sus obras: ninguna editorial le ofreció millones para hacerle best seller. Pero este señor que vestía hábitos de clérigo y mecía alma de amante apasionado, se había propuesto escribir “para no muchos” y así dificultar el tumulto de la fama, defensor de la aldea como se volvió con los años. Lupa en mano, en plan Holmes, sus esforzados lectores han tratado siempre de volverse exégetas de los versos gongorinos, ejercitándose en el desvelamiento del enigma, como saludable ejercicio de inteligencia.

Confieso que en mi libro de Lengua y Literatura Española, de cuarto de bachillerato –de Lázaro y Correa, por cierto-, pinté unos cuernos al retrato de Góngora y un bocadillo que decía “soy el mismísimo diablo”, a propósito de un crítico de la época que lo tildó de “príncipe de las tinieblas” por su oscura poesía. Con los años y lo que vas leyendo y sabiendo, ese acto me produce bochorno y no por el qué dirán sino por el qué has hecho, so ignorante. Llevo algún tiempo penando esa culpa y disfrutando con el picoteo poético del de Argote que, por cierto, eligió el apellido de su madre porque era más eufónico, según unos, o por la costumbre andaluza de la época, según otros.

Hace poco, el director de Teatro Real de Madrid, Gerard Mortier, clamaba por más idealismo y menos finanzas. Coincide con el filósofo Zygmunt Bauman en que lo único que quedará de Europa si ésta se diluye será el arte, la cultura. Es nuestro legado auténtico y -ya lo estamos viendo ante la fuerza con que empujan los que apuestan sólo por el dinero- el único. Lo que nos salva.

No ignoren al príncipe de la luz ni al de las tinieblas; no se permitan ustedes ese desgaire. Antes de que los bárbaros vuelvan a querer borrar todo trazo de humanidad en nosotros. Miren que es por su bien.

2 Comments
  1. mycroft says

    La polémica Góngora-Quevedo sigue pareciéndome relevante hoy en día, más que nunca. ¿Era althusser el que se preguntaba si era posible la poesía tras Austwitz? Es posible y necesaria, pero yo prefiero al que prima el contenido sobre la forma, al que tiene algo que decir. A Góngora ya se le ha reivindicado bastante, y con razón, por su talento. Pero si hubiera de elegir un modelo…

  2. celine says

    No hay porqué elegir, desde luego; yo me quedo con ambos.

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