El puro regocijo, la seriedad mortal de Philip Roth

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Philip Roth. / Efe-Mondadori

Como si no fuera capaz de esquivar un sentimiento de culpa, Philip Roth ha deplorado la ausencia de su amigo Carlos Fuentes –que murió hace unas semanas-, al enterarse de la concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. La maldición de su origen judío, esa culpa pesada que dejó escrita Franz Kafka en su Carta al padre. Puede que ser feliz resulte sospechoso y haya que compensarlo con alguna desdicha.

El caso es que el escritor de Newark que creció en Nueva Jersey –los de Manhatan dicen que eso se paga-, tiene un premio más para añadir a su vitrina de trofeos. Roth es un campeón aunque se le resista el Nobel, o quizás por eso mismo. Ha recibido dos veces el National Book Award, el National Book Critics Circle y el Pen Club; además del WH Smith Literary de Londres, el Pulitzer, el Faulkner Award y otros menos conocidos aquí pero no menos interesantes, como el Sidewise y el American Historian Society.

Lo que pasa es que, a pesar de las alabanzas del viejo Harold Bloom, que lo considera entre los cuatro grandes narradores americanos vivos, Philip Roth no es autor que aúne opiniones académicas, muchas de las cuales no reconocen entre los novelistas USA actuales a nadie que pueda acercarse a los Faulkner, Scott Fitzgerald y cía.

Desde Good Bye Columbus (1959), su primera novela,  hasta Némesis (2010), Roth ha ido analizando la vida y las peculiaridades del entronque de los americanos de origen judío en la sociedad en el transcurso de los años, con tintes tragicómicos que le acercan, a este respecto, al mejor Woody Allen, salvando distancias.

Desde sus personajes Nathan Zuckerman y David Kepesh, que han originado sus propias sagas, Roth ha diseccionado los diversos problemas de identidad y de adaptación de asimilación de esa población judía, con cierto sentido del humor, aunque cargado de sombras; ha escudriñado la vejez, la figura del padre y las enormes desigualdades de la América contemporánea.

Como él ha dicho, sus mejores amigos son “el puro regocijo y la seriedad mortal” y esos elementos le asisten al concebir sus historias, al escribir su Pastoral americana (1997) o, su primer éxito, El lamento de Portnoy (1969). Pesimismo, desesperanza, humor ácido: rasgos que en España se encuentran en algún contado escritor. Esos libros que al acabar de leer, cuando se cierran las páginas, dejan un regusto amargo pero tan rico de experiencia que se desea más, sin que eso suponga pecar de masoquismo.

Obsesionado con el judaísmo y el desarraigo, judío errante por militancia, amigo de Saúl Bellow y Bernard Malamudcomparte origen –la región de Galitzia- y apellido con el gran Joseph Roth, el cronista de la caída del Imperio Austrohúngaro que, además de santo bebedor escribió La marcha Radetzsky, imprescindible.

No podemos tener esperanza en el mundo” ha dicho, y no parece que exagere su visión pesimista, visto lo que se ve. De sus libros, me quedo con uno pequeño, supuestas memorias, Patrimonio. Una historia verdadera (1991), en la que asiste a la decadencia y muerte de su padre, con los pensamientos que ese hecho trascendental le inspira en medio del vértigo de eros y tánatos.

Con este premio, la Fundación asturiana parece haberse aficionado a escoger sus premiados de entre la gente con glamour y eco internacional, a juzgar por los últimos nombres. Ellos sabrán lo que hacen.

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