Caos, arte, humor ruso

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En Barcelona, el Arts Santa Mónica acoge una exposición extensa e intensa del arte ruso actual, bajo el nombre de En un desorden absoluto. Arte contemporáneo ruso. Premio Kandinski (2007-2012). Hay tiempo para verla ya que acaban de inaugurarla y estará abierta hasta finales de septiembre. No hay que perdérsela.

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El nombre responde a que la exposición está organizada fuera de los conductos oficiales -¿sabrán los Putin y los Medvedev qué diantres es arte y qué no; y además, para qué querrían saberlo?- por la Fundación Art Chronica que organiza también los susodichos Premios Kandinski, por lo visto, los más importantes y fiables de la Federación.

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Digo esto porque admito públicamente conocer apenas a dos de los cuarenta artistas que muestran sus creaciones, lo que me ha hecho pensar, parada como un pasmarote en el umbral de la sala principal, que cosas muy importantes nos son cotidianamente vedadas mientras que las reyertas de los avariciosos son detalladas minuto a minuto para que no decaigan la hipertensión ni el cabreo.

Los rusos llevan dos largas décadas muy frustrados e hipertensos, viendo día a día cómo las enseñanzas de papá Stalin han calado hondo en los corazones de sus desalmados dirigentes, o casi sería mejor hablar en singular, cosa que hace a las mil maravillas el artista Mamishev-Monroe, capaz de mimetizarse en un Putin que trasciende la mera apariencia para mostrar sus entresijos bajo la pulcritud del atuendo recién planchado.

Los rusos tienen complejo de andar siempre entre Occidente y Oriente, y así se destaca también en la exposición. La revolución  de 1917 quiso arrasar la herencia cultural de la Rusia blanca en la que brillaron los nombres de Berdiaiev, Turgueniev, Pushkin, Dostoievski y, claro está, Tólstoi, sobre cuya imagen –por cierto- hacen caca montones de gallinas, en una escultura de Oleg Kulik que lo encierra en un gallinero escribiendo como un poseso sin reparar en el uso escatológico que los animalitos hacen de su persona.

Uno de los comisarios de la exposición, Jean-Hubert Martin, destaca que en el caos social y político que cunde en el país eslavo todos estos años tras la perestroika, la cultura no se come un rosco, o sea, que tiene pocas papeletas de ejercer un papel líder entre los rusos. Me hago cargo de lo que quiere decir y añado: en las circunstancias que estamos viviendo países tradicionalmente atentos a la cultura –es un decir- ¿qué papel cumplirá ésta cuando los bárbaros acaben de aplastar el último aliento creativo del último artista sin que pestañee ningún ser humano, demasiado preocupado por su presente y el de su familia?

Lo bueno de estos artistas rusos es que se lo toman con humor, muy negro, claro, pero al menos son capaces de distanciarse lo suficiente como para que la frustración gigantesca que amenaza con hacerse infinita e inabarcable dé frutos y puedan exhibirse tan brillantemente como lucen en el Santa Mònica.

Los cuatros pisos de la institución se reparten las cuatro secciones en que se ha organizado el caos: Dimitri Prigov, el último conceptualisra, Caos material. La estética de las cosas “malas” o el arte contextualista, Desorden social. Performance tiranicida y reportaje artístico y, por último, El derrumbamiento de los sistemas simbólicos canónicos de la iglesia. Total, una exposición espectacular pero, sobre todo brillante en la consecución del objetivo que se propone: interesar a quien la contempla en los asuntos de Rusia, en los del ser humano, los oscuros y los que saltan a la vista.

Fruto de lecturas de adolescencia los rusos me parecían los escritores más exquisitos:  me permitieron la entrada en los paisajes, los salones y las cocheras; evocaciones y referencias de aquel país fascinante. La mugre de la fallida revolución no ha hecho más felices a los raskolniki y la llegada de la presunta democracia ha hundido a las clases medio medias que se habían logrado a duras penas. Ahora asisten, como nosotros, al fraude más escondido del sistema mercantil en el que la dimensión humana se evapora ante el dinero. En estos extremos que nadie dude que sólo nos queda el arte y la cultura. La Fundación ArtChronika apuesta por ello. Mi más agradecida spasiva.

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