Ponga un neandertal en su vida

Definitivamente, igual que Leonardo es el pintor del año, el neandertal, de un tiempo a esta parte, está de moda entre nosotros. Todo parece moverse, estar sujeto a revisión, y si el Prado nos enseña ahora que el Rafael interesante era el último, el que apenas tocaba el pincel, el que atendía encargos múltiples y se asemejaba de modo sospechoso a cualquier arquitecto actual de moda, un sir Norman Foster o Calatrava, mundano, requerido, el neandertal ya no es aquel homínido fuerte y de mandíbula saliente, que también, ese habitante de Europa y Asia que habitó estas tierras desde hace un cuarto de millón de años a los treinta mil atrás que es cuando se calcula su desaparición, aquel homínido que los científicos del XIX nos enseñaron, adictos a establecer jerarquías de excelencia que en el fondo reproducían las escalas de la religión tan denostada, que carecía de la suficiente capacidad simbólica para hacer arte y que tuvo que ceder el paso al Cro Magnon venido de África en emigraciones masivas. No olvidemos el dato: el neandertal se descubre en Dusseldorf tres años antes de la publicación de El origen de las especies, de Darwin. Desde el comienzo estuvo ligado a una concepción de evolucionismo sin piedad. De eso hemos vivido hasta ahora.

Sin embargo, un equipo formado para la nueva datación de las cuevas prehistóricas españolas y que cuenta entre sus miembros con Alistair Pike, director del equipo, Joao Zihao, Marcos García Díez, de la Universidad del País Vasco, J. Alcolea y R. de Balbín, de la Universidad de Alcalá de Henares, González Sainz, de la Universidad de Cantabria,  José Antonio Lasheras, del Museo y Centro de investigación de Altamira, D.L. Hoffmann, de la Universidad de Bristol y B.P. Pettitt, de la Universidad de Sheffield, siguiendo el método de uranio-torio, que analizan las calcitas que se forman con el tiempo sobre las pinturas, han hallado que en varias cuevas del norte, las más antiguas conocidas hasta ahora, existen probados vestigios de que algunas datan de hace más de 40.000 años, sobre todo aquellas en las que se siluetean manos, como existe en por lo menos unas 50 cuevas. En las del Castillo, por ejemplo, el disco pintado ha sido fechado en 40.800 años, y en las de Altamira, la joya del arte prehistórico junto a Lascaux, hay un símbolo de color rojo en forma alargada que se ha datado en 36.500 años de antigüedad. Conocidas las cifras, nuestra mediática imaginación se ha disparado pues pudiera ser que unos crepusculares neandertales, antes de desaparecer en el vacío de las fósiles, hubieran impreso esas huellas de manos que, bien es verdad, no representan la complejidad simbólica de la representación de los bisontes, pongamos por caso, pero que echaría por tierra la teoría aceptada hasta ahora, tan de los tiempos manchesterianos de Darwin, de que aquellos que nos precedieron en la escala evolutiva eran incapaces de representación artística por carencia de complejidad simbólica y todo ello porque se supone que la consiguiente habilidad artística es el primer paso para la consecución de la habilidad del lenguaje, lo que nos ha hecho absolutamente modernos, que diría Rimbaud.

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A la consiguiente imaginación mediática, se ha unido la opinión de científicos como José Luís Arsuaga, codirector de las excavaciones de Ataperca, un hombre que supo desde hace muchos años que es necesario publicitarse mucho para que los oídos estén atentos, que, sin embargo, se ha mostrado cauto con las conclusiones del equipo, en las que por boca de Joao Zilhao, se afirma poco menos que los contornos de las manos pueden ser atribuidas a neandertales, llegando a afirmar que si logramos descubrir dataciones de un poco más de antigüedad de dos o tres mil años, podríamos estar ante la evidencia del hecho. Uno, ignorante en la materia hasta extremos de analfabeto, no lo es tanto en los recursos publicitarios del imaginario porque en su trabajo sabe que gran parte de la rueda en la que estamos, incluyendo la objetiva actividad científica, se mueve gracias a tamaña concepción falaz. Con ello no quiero decir que estos ilustres científicos, dirigidos por Alaister Pike, hayan incurrido en mentiras, sino que a lo mejor se descubre sólo aquello que se quiere descubrir, como si la naturaleza nos tendiera trampas simbólica sen forma de supuestas evidencias.

Y digo todo esto porque, por la experimentación con fósiles, se ha llegado a la conclusión de que la supuesta extinción del neandertal no fue tal y como nos lo contaron en las historias llegadas del XIX, positivista siglo,  sino que sencillamente se unieron con los Cro Magnon, calculándose que alrededor del 4 o 5 % de la secuencia del ADN del hombre europeo, caucásico, y del oriental proviene de los neandertales, y que, horror para aquellos científicos del XIX y principios del XX, gente habituada a las costumbres del imperialismo y la superioridad racial,  los únicos que poseen un ADN sin trazas de neandertales, es decir, que son Cro Magnon puros, serían los negros del África. Con estos datos podríamos llegar a la conclusión, muy fácil, de que las manos pintadas en las cuevas de nuestro norte, incluida la catedralicia Altamira, serían realizadas por los habitantes que en esos momentos estarían formados por neandertales y cromañones, y que por una cuestión meramente estadística la mayoría de aquellos habitantes no serían precisamente neandertales.

Entiendo a estos científicos, pues desde los edictos de Asoka, en que se dio derecho por vez primera, es decir, se les tuvo en cuenta, a los animales, el hombre ha evolucionado hacia una integración de la vida paliando los desniveles brutales de una sociedad de castas, que es a lo que se parecía el árbol evolutivo que estudiamos de pequeños. Rehabilitados hasta los monos y los gorilas, con sus derechos, habría un espectro virgen aún no tocado por la varita integradora, y estos eran los neandertales. Creo que bajo este afán de otorgarles la capacidad artística se esconde el secreto deseo de rehabilitarnos a nosotros mismos, pues entre nosotros habita ese desaparecido homínido que en el fondo nos parece muy feo, tanto como muchos de nuestros actos. No creo que la datación descubierta nos ofrezca evidencias de la cosa pero lo que sí nos ha ofrecido ha sido un relato nuevo de cómo queremos vernos a nosotros mismos. Como metáfora del presente no tiene precio.