Del Monte de Piedad al monto del botín

Foto de archivo de María Dolores Amorós y Modesto Crespo, imputados por presuntos delitos societarios, estafa y manipulación del precio de las cosas en el caso de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. / Efe

La Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid nació a primeros del XVIII siguiendo el ejemplo de los montepíos italianos que, desde el siglo XV, y a iniciativa de los monjes franciscanos, trataban de combatir la usura y ayudar a los pobres prestándoles dinero para salir de la miseria a cambio de enseres, joyas o ropas, que quedaban en depósito,  sin cobrarles intereses. Fue, por tanto, una iniciativa religiosa católica que aborrecía la práctica de la usura.

Pero, he aquí que en el siglo XVIII irrumpe en Gran Bretaña la idea italiana arropada por el pensamiento de Jeremy Bentham, que le daba otro cariz a la institución, hasta que el invento llegó a manos de los protestantes a los que estorbaba el concepto piadoso del montepío. Los protestantes detestan la caridad porque consideran que la dignidad humana merece otro trato más, digamos, especulativo. La usura, por ejemplo, no parece estorbarles tanto.

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El caso es que los Montes de Piedad acaban siendo sustituidos por las Cajas de Ahorros, idea que cundió enseguida en Alemania, faltaría más. Y en España, en el XIX, se acuerda empezar a pedir intereses por los préstamos, aunque no creo que pueda culparse al Marqués Viudo de Pontejos del cariz en que ha derivado la actividad de la institución en cuestión.

De modo que, en esta historia esquemáticamente presentada a su consideración, estimado lector, tenemos un Monte de Piedad que ayudaba a los pobres evitando que los usureros se aprovecharan de ellos, y una Caja de Ahorros que nace  con la idea de usar los ahorros de las familias modestas para  prestar ese dinero a otras familias modestas que lo necesitan, a cambio de intereses más o menos razonables.

Se podría estimar que la tercera entrega de esta historia se completa con la eliminación de la palabra “ahorros” de esas cajas, como pasó con Caja Madrid que ya lucía sus galas de entidad bancaria, sin disimulo de piedades ni de ahorros, conceptos catolicastros y religiosuchos alejados de la modernidad. Y ahí es donde aquel montepío evoluciona al encontrar lucrativo aprovecharse de los pobres para engordar arcas y ancas. Una bonita vuelta de calcetín.

Para que este proceso se diera, hacía falta la ilusión creada de que España –en nuestro caso- había dejado de ser pobre pero honrada para pasar a ser tierra de beautiful people, cima de la cultura del pelotazo, fiesta del ladrillo y sede de los nuevos ricos del mundo. Lo de “pobre pero honrada” quedó, por tanto, enterrado en el fondo del pozo en cuya superficie aflora la espuma inane del timo de la estampita. La honradez pasó a ser algo obsoleto para dar paso al lema “todo por la pasta” que encontró su cálido rinconcito en el corazón de los más probos ciudadanos.

Para entender lo que nos pasa no hay como leer en las páginas de la historia las antiguas hazañas e imaginar cómo se relatarán las fechorías de los gestores de las Cajas de Ahorro españolas. Por lo pronto, es necesario saber sus nombres, contemplar sus rostros, observar sus atuendos, sus gestos, seguir con la mirada sus movimientos, constatar que den con sus cuerpos en la cárcel y que repongan el dinero de donde lo han sacado.

¿Es España un país capaz de hacer eso? ¿Estamos ante un capítulo de la historia del que quien llegue a leerlo tenga que abochornarse? Parece razonable descartar el linchamiento –un recurso, por otra parte, ajeno a nuestra cultura- o la aplicación del San Benito a los Modestos Crespo y las María Dolores Amorós, los Juan Pedro Hernández Moltó, los Miguel Blesa, los López Viejo y tantos otros nombres infames.

Que esta gente quede olvidada y, por eso, perdonada, sería una mala noticia para nosotros y para la democracia española. ¿Es suficiente con que el juez les niegue sus pretendidas canonjías? ¿De verdad van a quedar sin escarmiento sus conductas, protegidos por sus encorbatados disfraces de gente decente? A Woody Allen le entran ganas de invadir Polonia cuando escucha a Wagner.  No sé a usted, lector, pero a mí, cuando leo sobre estas cuestiones me entran ganas de motín.  Pero mejor no perder la calma, supongo.