Las muchas muertes del pudor

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La joven bloguera egipcia Aliaa ElMahdy, en una foto que colgó en la red, en 2011, para protestar contra la discriminación de las mujeres. / arebelsdiary.blogspot.com.es

(Actualización del 4-7-12, a las 13:00 horas, con declaraciones de Miguel Dalmau)

La diferencia que separa modales y costumbres de nuestros abuelos con los de la gente de hoy parece –al volver la vista atrás- mucho más grande que los años transcurridos entre unos y otros. El largo de la falda de mi querida abuela no llegó a menguar del todo en toda su vida, aunque al final de ella apenas cubriera sus rodillas. Ahora, faldas y pantaloncillos veraniegos no logran tapar las redondeces de algunas posaderas juveniles y no tanto.

La desnudez abierta con que se anuncian en la pantalla televisiva tanto los perfumes de las campañas de Navidad como coches, champús, cremas hidratantes y hasta yogures deja atrás, aparentemente, cualquier recato, mostrando, implícita, la victoria del habitante del siglo XXI sobre los tapujos de antaño. Y, crecientemente, no sólo la figura masculina sino además, el intercambio erótico y sugerente de los cuerpos han venido a sumarse al desnudo femenino. Pero, ¿de eso solamente trata el pudor?

Ni la prostituta más osada del franquismo hablaba con el lenguaje impúdico y corporal de muchas señoritas de ahora”, dice Miguel Dalmau, autor de El ocaso del pudor (Edhasa, 2012), para ilustrar el fenómeno -que él llama “pudoricidio”- que se ha venido produciendo de unos cuantos años a esta parte y cuya evolución el escritor sitúa en el siglo XX. El libro acota el campo al de la evolución del desnudo femenino o, como ha dicho a cuartopoder: "la progresiva exposición del cuerpo femenino como un síntoma de la emancipación de la mujer". Las recientes protestas de la llamada Primavera Arabe, por ejemplo, sirvieron a las mujeres como trampolín de reivindicación de sus derechos para lo cual, la egipcia Aliaa ElMahdi no dudó en mostrar valientemente su desnudez con lo que llamar la atención al respecto, en una foto que colgó de su blog, y que ilustra esto que cuento.

La Gran Guerra impulsa a las mujeres, por necesidad, a ocupar los puestos que los hombres dejaron libres al marchar al frente. Entonces es cuando las faldas se acortan y las mujeres redoblan su conciencia reivindicativa que brilla a lo largo de los Felices Veinte. La Segunda Guerra Mundial parece lo mismo, pero su fin devuelve a las mujeres a casa, de donde jamás, se suponía, tendrían que haber salido. Para entonces la recia literatura feminista y el ejemplo heroico de muchas mujeres alimentan la rebelión femenina que desemboca en el descaro y la impudicia como modo eficaz de tocarle las narices al sistema patriarcal.

Para componer su libro el autor comenta a cuartopoder.es: “Sobrevuelo los dos últimos siglos de historia, de forma cronológica, en los que analizo la evolución del pensamiento feminista y el avance sociológico de la mujer, al que va a corresponder un progresivo destape”. Para ello, aparte de reflexiones propias, Dalmau ha bebido en ideas ajenas impresas en los libros de las mejores estudiosas del feminismo, de las míticas Betty Friedan, Simone de Beauvoir, Kate Millet, Germaine Greer, Amelia Valcárcel, a la antropóloga argentina Paula Sibilia, que ha estudiado brillantemente los ámbitos íntimos y la pérdida del pudor, y Camille Paglia, polémica postfeminista norteamericana.

Portada del libro de Miguel Dalmau

Pudoricidas hay muchos a lo largo de la historia, aunque no hay que confundirlos necesariamente con libertinos tipo Casanova porque ésa es harina de otro costal. A efectos de lo que trata el libro habría que empezar a mencionar a "George Sand y la expresión del pensamiento feminista (Beauvoir, Friedan, Millet), las artes plásticas (Georgia O, Keeffe o Marina Abramovic), el mundo del espectáculo (de Mata Hari a las Spice Girls,), el cine de autor (BergmanFelliniPasolini) hasta llegar a nuestro tiempo donde, a través de las redes sociales, todos formamos parte del espectáculo. Y en cierto modo todos somos mujeres pudoricidas. La última impúdica fue Madonna".

Aquí se habla más de mujeres que de varones: “El pudor masculino, sin duda, existe. Yo creo que esa reticencia a mostrar sus partes del varón viene de antiguo. Yo lo relaciono con el temor al ridículo. Y en el caso del pene, cómo no, tiene que ver con el tamaño. Mientras el niño alcanza la pubertad no tiene el menor empacho en mostrarlo. La pubertad ya te coloca en la adolescencia, una fase inquietante y tribal donde has de abrirte camino en el grupo. Y ser alguien. No he conocido aún a ningún hombre de pene grande que tuviera rubor en mostrarlo, no sólo en los juegos juveniles sino incluso más adelante y a lo largo de la vida. En el polo opuesto, el temor al ridículo, o a no tener poder, ese poder que ancestralmente da el falo, se viste de pudor”.

A estas alturas, cabe preguntarse cuál sea el límite del pudoricidio para no salir perdiendo mucho en el embate, ya que, con el noble fin de minar la hipocresía se puede traspasar una raya que acabe resultando contraproducente. Para Dalmau es difícil establecer ese límite: “Pienso que si el pudor frena la libre expresión del erotismo o la sexualidad, acaba siendo un inconveniente. Impide la realización personal. ¿Cuántas mujeres no conocieron la plenitud física a causa del pudor? Eso es un crimen histórico. Pero un impudor generalizado, por consigna, como el de las chicas de hoy no hace más que servir a los intereses del patriarcado. Digamos que el hecho de que la mujer sólo sea un cuerpo -y esto ocurre en internet- es la mejor noticia para el hombre”.

Lo cierto es que el patriarcado parece seguir imponiendo sus reglas sobre el cuerpo de las mujeres o si no, a ver cómo me explican el que se pirren por llevar esos zapatos de tacón, coturnos de vértigo, que suponen una tortura para la estructura esquelética y no sólo para los pies. O a qué viene vestir las prendas horteras que parecen embutirlas como un salchichón en telas contaminadas con fórmulas químicas que sirven para “realzar” su feminidad, o sea, sus protuberancias. No puedo evitar, cuando veo la fotografía de una modelo adolescente, con ojeras moradas, mirada enloquecida, boca de belfos caídos y piernas patizambas, como en actitud de haber sido violada recientemente, no puedo evitar -digo- mirar al autor del modelito y de la foto en cuestión, o eso que llaman “estilismo”. Varones, casi siempre. Pero esta es ya otra cuestión que tiempo habrá de retomar.

A ver si van a tener razón los ayatolás que quieren envolver a las mujeres en sayones rudos y sin forma alguna para evitar el pecado. Ah, el difícil asunto del equilibrio de la razón.

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