Dionisio Ridruejo, la melancolía del noble fracaso

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Imagen de Dionisio Ridruejo incluida en la obra 'Cartas íntimas desde el exilio'. / fundacionbancosantander.com

Apadrinada por Santos Juliá y Álvaro Pombo, que se encargaron con justas y bellas palabras de dar cuenta del libro, se ha presentado Cartas íntimas desde el exilio (1962-1964),  la correspondencia que Dionisio Ridruejo dirigió a su familia cuando estaba exiliado en París a consecuencia de haber asistido al IV Congreso del Movimiento Europeo, lo que el Régimen bautizó como “Contubernio de Munich”, que ha publicado la Fundación Banco Santander en cuidada edición de Jordi Amat y Jordi Gracia según textos que se conservan en el Archivo General dela Guerra Civil, en Salamanca. En la presentación hubo nobles palabras para una persona que fue considerada noble. Así, Santos Juliá recalcó que era un hombre que buscaba la autenticidad en la vida, “reflejando fuera lo que se es hacia dentro”, mientras Álvaro Pombo, buen hacedor de metáforas, construyó una bella muy bien sentida, y que en cierta manera terminó por definir al personaje y a su época: dijo que el temblor del héroe se vio reflejado en un personaje como Dionisio Ridruejo y que, además, por so mismo, “pertenece al grupo de la melancolía del noble fracaso”. La metáfora es buena, tan buena que no es posible dejarla escapar así como así. Digamos, para hacerla justicia, que es capaz de hacer incluir a Dionisio Ridruejo en una retórica de corte homérico. Algo que es muy de Álvaro Pombo, hombre culto y afecto al culto de los griegos. Sólo que en esa caso la cosa encierra cierta verdad.

Es curioso que Dionisio Ridruejo, de una manera u otra, termine siendo materia según pasan los años, sobreviviendo casi al Régimen que le alimentó y engordó al extremo de querer hacer de el un Joseph Goebbels a la española y del que renegó con el riesgo que conlleva la desafección a la tribu de la que se depende. En cierta manera esa sobrevivencia provenga de varios motivos: desde luego el que aún existe una generación que guarda memoria de su presencia y de lo que representó, algo que no tengo muy claro para las nuevas generaciones, y, supongo, ese alto ejemplo de su postura ante un Régimen político que terminó detestando y de cuya desafección nos se movió un ápice. Ejemplos morales como el de Dionisio Ridruejo no son muy frecuentes en nuestra vida pública, muy dada cuando hay que darlo al aliento corto: el ejemplo de Dionisio Ridruejo duró años, muchos años, algunos de ellos de los más represivos del Régimen, y esa persistencia ha terminado siendo parte de su legado. Dela gravedad de lo que ocurrió en aquellos años, baste decir que fue estando en el exilio, de cuya experiencia provienen estas cartas, cundo Ridruejo se entera del asesinato de Julián Grimau y publica en Le Monde un artículo titulado, La guerra continuada.

Estas 32 cartas nos acercan  a un Ridruejo íntimo que dirige misivas a su familia,  a su mujer Gloria de Ros,  y se preocupa por aspectos económicos, de intendencia, y les habla de viajes que realiza por el mundo al modo de un turista juvenil, sin hacer mención alguna, el contenido de las cartas de seguro eran conocidas por Arias Navarro por aquel entonces Director General de Seguridad, a los encuentros que tuvo con representantes de la Administración Kennedy o las entrevistas con Juan Marichal o Victoria Kent, ilustres exiliados republicanos pertenecientes al ala más liberal. Tenía Ridruejo en aquel entonces cincuenta años y había publicado Escrito en España, donde se sentaban las bases de una futura democracia para nuestro país. Son los años en que se reúne con Salvador de Madariaga, José Vidal Beneyto o Enrique Gironella, y con igual voluntad, férrea, determinante, que en los años juveniles en que fue inspirador de la guerra civil, ideólogo dela División Azul, se dedica a conspirar, a hablar con unos y otros, a  fin de que España conozca por fin cierta normalización democrática. Estas cartas demuestran, además, cómo su compromiso ético y político jugó en detrimento de su carrera de escritor e, incluso, le hizo abandonar ciertas responsabilidades familiares, como el ejercicio de la paternidad. Veinte años transcurridos desde que en 1942, fecha temprana, y que conviene insistir para muchos olvidadizos, Dionisio Ridruejo comienza a distanciarse del Régimen después de haber jugado a ser su irresistible pilar, algo imperdonable para sus cercanos compinches que aún ni se habían planteado siquiera la idea de flexibilizar posturas en tanto en cuanto los ejércitos del Eje en aquel entonces parecían invencibles y Stalingrado ni siquiera aparecía en el horizonte. Veinte años donde el Régimen, bien es verdad que adaptado con sucesivas capas de camuflaje y respaldado por los Estados Unidos que veían un aliado soportable en una guerra fría de acusados tintes paranoicos, sin embargo se mostraba inflexible con sus enemigos ancestrales, vale decir por orden de odio y desprecio, comunistas, socialistas y liberales de tintes judeo-masónicos. Ridruejo, que por aquel entonces se dirigía al modo de una flecha, a un ideario de claros matices socialdemócratas, nunca se sintió  a gusto con los liberales a ultranza, estaba en el punto de mira de un Régimen que, ante todo, cuidaba mucho sus maneras hacia el exterior pero sin dejar de ofrecer posturas de fuerza. El problema con Dionisio Ridruejo era de un matiz diferente al de sus enemigos ancestrales, era un desafecto pero en realidad le tomaban como uno de los suyos, y, sobre todo, era tan importante en el entramado político franquista que éste no podía sacrificarlo sin riesgo de sufrir graves consecuencias que no hubiesen sido toleradas.

De ahí esa ambigüedad que su figura despertaba entre muchos. Camilo José Cela, que mantenía buenas relaciones con Manuel Fraga y Robles Piquer, en 1964, le aconsejó por carta no volver a España. Cruzó la frontera, sin embargo, y llegó a Bilbao donde policías del Régimen le secuestraron y le devolvieron a San Juan de Luz. Dionisio Ridruejo, por carta a Carlos Arias Navarro, se queja de ese secuestro y le dice que, aun y así, volverá a entrar porque no desea mantenerse en situación de clandestinidad.

Estas cartas son testimonio de un período raro y convulso de nuestra historia. Lo que encrespa del caso de Dionisio Ridruejo, y que con la lectura de estas cartas la cosa parece agrandarse, es que hace verdad la frase de Álvaro Pombo. Ridruejo pertenece a aquellos poseedores de la melancolía del noble fracaso porque son los pioneros, los que  se juegan el tipo. Luego aparecen los hombres prácticos, tan necesarios, como Manuel Fraga, transmutado en demócrata. Por eso Dionisio es recordado y, por eso, entra en la leyenda. Territorio vedado a los hombres prácticos, es decir, con sentido de la oportunidad.

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