Esperanza, el último caso del inspector Clouseau

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Pascual García

Me resultó muy sencillo, ahora pienso que quizás demasiado, burlar el sistema de seguridad de la sede del Gobierno regional. Sólo tuve que mostrar un carné falso de prensa, buscar un buen escondite y permanecer allí hasta que se apagaron las luces. Me encargué de los doberman que custodiaban el edificio con un bote de las pastillas que prepara mi amigo Froilán, el veterinario, y que hace explotar el culo de esos malditos chuchos en cuanto se las tragan. Un bonito espectáculo. Debía llegar hasta el Santuario desde donde se estaban haciendo los conjuros contra mi anónimo cliente y destruir el fetiche con el que -según decía la nota que acompañaba el generoso cheque que pagaba mis servicios por adelantado-, la presidenta le torturaba prácticamente cada noche. ¿Estaría allí jugando a su perverso juego? ¿Me vería las caras con ella?

Un olor inconfundible a café recién hecho, que venía desde la segunda planta del edificio, lo inundaba todo. Así que subí allí. De camino tropecé con un despacho muy extraño iluminado con una luz roja, como si fuera un puticlub de carretera, y con un cartel que parpadeaba en azul la palabra ‘Percival, Percival’. Abrí la puerta y un estruendo de bakalao, además de un  enorme pitbull, se abalanzó sobre mí. Más vale que tuve tiempo de sacar la otra caja de pastillas que me había preparado mi amigo Froilán y que, previsoramente, había guardado en el otro bolsillo de la cazadora. Aquel maldito perro asesino se comió toda la caja y yo me senté en la butaca de cuero rojo de la estancia para contemplar, durante unos minutos, como el culo del animal explotaba a intervalos exactos de cuarenta segundos. Todo quedó hecho un asco… Pero, ¿y el despacho de la presidenta?, ¿dónde estaría? Algo me decía que buscara en la última planta, y así lo hice. Tras subir las angostas escaleras que conducen al reloj de la torre, vi, al fondo, una puerta distinta a las demás, una puerta que se ondulaba, que se hacía ondas, como si fuera la entrada a otra dimensión. Junto a la puerta habían colgado un retrato del Che boca abajo. Cuando intenté darle la vuelta, una voz sobrenatural me preguntó:

-¿Quieres entrar en la cueva del dragón?

- Sí, quiero entrar, -respondí.

- ¿Y cuál es el secreto del dragón?

Tenía que pensar algo rápido o sería descubierto. “Me cago en los putos rojos”, contesté en el momento en que la puerta se abría psicodélicamente dando paso a una estancia diáfana, de luz blanquísima, sobrenatural. Había fotos de decenas de personas que estaban acribilladas de alfileres azules. Y todas boca abajo. Dirigentes sindicales, representantes de los partidos de izquierda, escritores, actores, jugadores del Rayo. ¿Pero cuál de todos ellos era mi anónimo cliente? No tenía mucho tiempo, así que utilicé las velas de un pequeño altar con forma de gaviota que parpadeaban tímidas en un ángulo del salón para darle fuego a todo. Asunto concluido.

Esta mañana, sin embargo, las primeras páginas de los periódicos me han estampado la realidad en mitad del careto. Estalla una gasolinera al paso de una manifestación a favor de la educación pública y el fuego acaba con todos los que portaban la pancarta. No quedó ni uno: sindicalistas, dirigentes de partidos de izquierda, representantes del mundo de la cultura… Todos muertos… El siniestro se produjo mientras el autobús oficial del Rayo repostaba combustible en el malogrado establecimiento. Cuatro jugadores fallecieron en el acto, decían los titulares. “Maldita sea”, he pensado inmediatamente, “para romper el hechizo debería haber dado la vuelta a aquellas fotografías antes de prenderles fuego. Al no hacerlo”, he insistido en mis pensamientos, “provoqué la muerte de esa pobre gente… En cualquier caso,”, he vuelto a insistir, “sigo considerando que fue demasiado sencillo colarme allí... ¿Quién me ha contratado? ¿Quién paga por anticipado en estos tiempos?... ¿Con qué motivo requirió mis servicios? ¿Y si ha sido ella?...  Joder, ¿ y si La Espe me la ha vuelto a jugar?”.

1 Comment
  1. Katatoniko says

    Pues claro, cabezalubia, ¿quién iba a ser sino la mamandurria? Si analizas las huellas dactilares del cheque y llevas la nota a un grafólogo, verás como lo confirmas. Si en el análisis sale la orina de Bono o de ZP, ni puto caso, que es la crema que utiliza

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