‘Hic sunt leones’

Juan Ángel Juristo

Cubierta del libro de Reverte.

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En el imaginario europeo, África siempre representó la oscura matriz de nuestros orígenes. Poco importa que los distintas épocas cambien el interés de lo que allí se cobraron, animales salvajes y esclavos en la Roma Imperial; animales salvajes y esclavos y materias primas a partir de los siglos XVII y XVIII, explotación de materias primas, caza masiva de animales salvajes, ocupación territorial y exterminio de la población sobrante, ese horror de que hablaba Joseph Conrad, en el siglo XIX, explotación de materias primas y guerras interminables en el siglo XX, explotación sistemática de materias primas con la entrada de nuevos inquilinos, los chinos, en el siglo XXI… el caso es que África sigue fascinándonos por su máscara de madera, su tótem incomprensible, sus arenas rojas, la crueldad de su naturaleza y, sobre todo, su carácter mágico, animista

Ese carácter nos puede porque el racionalismo se siente impelido gracias a su existencia a la contemplación del abismo: nada más tentador, en principio. De esa fascinación, además, se aprovechó bien sir Vidia Naipaul en su último libro, La máscara de África donde daba cuenta de un continente sin remedio que iba directo al abismo. Como era previsible, levantó ampollas. De aquello dimos cuenta sobrada en cuartopoder.es en su momento.

Javier Reverte, un escritor y periodista español bien conocido –frecuenta la poesía y la novela con cierta profusión– por sus relatos de viaje que le han dado justa fama de  excelencia –nuestro antecedente más inmediato sería Manu Leguineche y libros suyos tan bellos como, Thesiguer, el último explorador–,  ha publicado otro nuevo libro sobre África, Colinas que arden, lagos de fuego, en la editorial Plaza Janés.

Lo de Javier Reverte por África es una obsesión, como cualquiera que haya experimentado sus caminos rojos, sus noches de aprensiones y su terror, que lo tiene en grado a veces insoportable. Para ello, sin embargo, se necesita una capacidad para la pasión que se mantenga intacta y en buena provisión, y Javier Reverte parece tenerla. El último libro suyo que leí fue En mares salvajes, un hermoso libro que trataba del desierto del frío y del hielo, sobre una expedición en el Ártico, pero leyendo este nuevo libro no pude por menos que tener presente aquella trilogía sobre África que le dio fama: El sueño de África, Vagabundo en África y Los caminos perdidos de África, amén de Corazón de Ulises, que trata de un viaje por la Grecia clásica y sin el cual no se entienden los demás porque trata del origen de nuestro imaginario viajero, del mismo modo que para un oriental lo sería Simbad el Marino.

¿En qué se diferencia este nuevo libro de aquellos escritos sobre el mismo continente e, incluso, sobre tierras ya visitadas?, me pregunté, cayendo en el viejo y obligado tópico, y hube de responderme  a mí mismo, con sorprendido sentido común, que el mismo que media entre el cambio del escritor mismo, ya más viejo, y el del continente, más desvastado aún si cabe en recursos propios, en animales salvajes, en misterios no resueltos  que se esfuman en la nada una vez la tierra, explotada, no ofrece más que sus huesos.

Esta vez Javier Reverte fue al lago Turkana, en Kenia, al lago Tanganika, en el país  del mismo nombre, por ahí andaba la sombra mítica de David Livingstone, que semeja la sombra actual de un Ulises moderno, además  de un viaje a Tanzania y Zambia, que son como el colofón del libro, casi, casi, como el final de aquel de sir Vidia. Pero a diferencia del británico y Premio Nobel, Reverte gusta de trufar las referencias míticas e históricas con la modernidad más relativa. De ese modo –y aquí la referencia a ese maravilloso escritor de viajes que es Peter Mathiessen no es baladí; recuerdo aún la especial delectación que me produjo la lectura de un libro suyo sobre el leopardo de las nieves y su busca por el cosmos del Himalaya–, Reverte nos cuela una bella historia sobre el rodaje de La reina de África que ya Katharine Hepburn nos había contado en El rodaje de La reina de África o cómo fui a África con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la razón, pero trufada de nuevas anécdotas. Con ello quiero decir que hay muchos modos de mirar y que Reverte, a diferencia de Naipaul, mira lo que ve por sí mismo y nos lo cuenta. No hay más. Que esas experiencias, luego, sean contextualizadas con referencias históricas, ya digo, la sombra de Livingstone es alargada, es lo obligado, y una de las obligaciones requeridas para que un relato periodístico sobre viajes salga bien. A mí me interesa esa confrontación con Naipaul porque sería un poco tonto comparar un libro escrito en el siglo XXI con, pongamos por caso, la Autobiografía que escribió Henry M. Stanley, desde luego por la diferencia abismal habida entre un periodista del siglo XIX y uno de nuestros días que, por cierto, es la misma que la diferencia entre el África de aquel entonces y el de ahora. Una diferencia que, curiosamente, para Naipaul no existe. Dice que ese continente sigue igual que en el principio de los tiempos, pero creo que es uno de los trucos malabares del Premio Nobel que cualquier experiencia desmiente.

Cuando leí el libro de Naipaul caí en la cuenta de que era en exclusiva un relato literario, es decir, ministros y especialistas en selvas y en cosas así iban a verle y charlaban horas con él porque era un Premio Nobel y un afamado escritor en los países de habla inglesa. Por otra parte es un hombre enfermo y no hubiese aguantado uno sólo de los viajes realizados por Reverte. Eso se nota y si el libro de Naipaul es grande es porque su autor lo es, lo que significa que el África que nos cuenta tiene la gracia de un personaje de Naipaul pero dudo que resistiera una mirada al África de los humildes, a los olores que desprenden, al dolor que se manifiesta. El libro de Reverte es muy distinto porque, además, hay un profundo sentido de la gracia, del agradecimiento, en esta entrega. No se ahorran horrores pero tampoco se los busca, no se indaga en desgracias, pero están ahí, no se aboga por la idea de un continente basura pero no se deja de tener en cuenta esa posibilidad cada vez más real. Es un libro que, como es obligado, oculta una profunda melancolía… por su pasado, por su presente, por su porvenir… También le sucedió a Karen Blixen, de la que se habla también el libro. Pero esta es otra historia.