JUAN ÁNGEL JURISTO | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 16:16

Imagen de Marilyn Monroe tomada por George Barris en 1962. / wikimedia commons

Pocos han resumido lo que significó Marilyn Monroe como símbolo sexual de toda una generación como aquella frase de Guillermo Cabrera Infante donde hablaba de “La Muchacha Más Bella del Bachillerato”, deseo irrealizable de una antigua compañera de instituto donde se juntaban los rasgos de Marilyn Monroe con los de Brigitte Bardot. El aunar a estas dos bellezas del cine de los sesenta tiene su justificación en alguien que vivió el despertar sexual en aquellos años, hoy día la pervivencia se da sólo en las Dos Emes, dejando a las dos Bes en manos de Jean Marie Le Pen y la defensa de las focas. El mito requiere la muerte joven y, desde luego, trágica. La Bardot es hoy día toda una matrona que se viste con pieles artificiales, lo que la hace candidata a ser una actriz que tuvo su momento. La otra, la Muchacha Más bella es otra cosa, y no pasa año en que la industria no explote su imagen de una manera no menos perversa que cuando la explotó en vida. Ahora, con el cincuentenario de su muerte, acaecida ese 5 de agosto de 1962, habría que recordar también la guerra del Vietnam, la explotación llega al culmen y no hay medio que no se haga cábalas sobre lo que más conviene explotar, porque hay que decir que, como Proteo, en realidad como cualquier mito, la Monroe ha visto como su figura se ha envuelto en los ropajes que la moda requería en su momento: desde símbolo sexual a punto de hacer estallar la bragueta de cualquier hombre, es la etapa de Los caballeros las prefieren rubias, junto a una Jane Russell que tampoco le va  a la zaga; a la estudiosa del método, se tomó a Lee Strasberg como una suerte de gurú en aquellos años, y en verdad lo era, que Billy Wilder supo derivar en Con faldas y  a lo loco en una actuación apoteósica, pasando por la figura rota, neurótica, dependiente, precaria hasta la exasperación, que está presente en aquella película, Misfits, de John Huston, donde todos los actores principales, la Monroe, Carl Gable, Montgomery Clift, aparecen como espectros de su propia leyenda, como si el director les hubiese tratado con rayos X.

Estados Unidos es un país proclive a la explotación neurótica de sus símbolos culturales. Es una cuestión de rentabilidad económica, muertos ya los ritos iniciáticos y la consolidación de las sociedades, algo propio de los mitos de otros tiempos. Y símbolos rentables hay muchos, se me ocurren más de veinte así, a botepronto, pero desde luego el de la Monroe ha sido quizá el más rentable de ellos. Andy Warhol, un genio de muchas cosas, entre ellas por ser poseedor de un olfato para el dinero y la publicidad que sólo igualaron Salvador Dalí y Marcel Duchamp, supo ver la cosa en el momento en que la retrató en sus famosos cuadros serialistas, como a tantos otros, Mao, la Taylor, pero con ella acertó justo en la diana. Pero los símbolos no son sólo algo que se juega en los despachos de Park Avenue. Para que puedan ser explotados tiene que haber una fascinación en vida y en esto Marilyn Monroe supo forjarse la leyenda desde jovencita, desde que se pintó en la palma de la mano MM, y se bautizó como Marilyn Monroe, apagando a aquella Norma Jean algo pecosa y pelirroja. La leyenda quiere que MM también hubiese sido una declaración de amor, “Married me? ” al fotógrafo que la descubrió en bellas y rotundas instantáneas en medio de carreteras y campos vestida con una blusa y unos vaqueros de esos que se subían hasta el tobillo. Una leyenda que ella, de una inteligencia asombrosa, desplegó al otro lado del espejo, como para hacer el mito complejo, poseedor de mil caras, nunca asequible del todo. En My Store, su autobiografía, publicada en 1974, una década después de su muerte, ella es consciente de la dimensión legendaria de su figura cuando dice que perteneció desde siempre al mundo, nada menos. Y lo de pertenecer al mundo es terrible y fascinante. Fascinante porque es el único modo de rebasar el límite de lo individual, terrible porque en realidad es el mundo el que te devora. En el caso de Marilyn la hemos conocido como bomba sexual de efecto nada retardado, como juguete roto, como amante de John Kennedy, es decir, víctima propicia de una conspiración del FBI, en el fondo nada demostrable pero que impreso en el imaginario colectivo otorga buenos dividendos, se hará una película sobre el asunto, como novia de todos nosotros, a este propósito el libro de Norman Mailer que dedicó a su figura no tiene precio pues realiza de una manera sutil el trasvase de chivo expiatorio a Arthur Miller, visto como el escritor que se casa con la famosa por una cuestión de marketing y que, lejos de ayudarla en sus problemas, la abandona con ese egoísmo tan propio de los artistas, y últimamente como voraz lectora, por ahí circula una foto de ella leyendo Ulises, de James Joyce, que no tiene desperdicio, amén de poeta desde su adolescencia.

¿Cuál de las es la verdadera MM?  Me temo que ninguna de ellas, y que algún atisbo de lo que ella era en realidad se lo han llevado a la tumba gentes como Joe di Maggio, Arthur Miller, Jim Dougherty, su primer marido, Truman Capote, que fue su amigo,   los directores múltiples que la tuvieron que soportar, desde Billy Wilder a Huston, o el mismísimo J.F.K. El resto nos tenemos que conformar con una representación que cambia con los tiempos, una fantasmagoría que en realidad nos dice todo de nosotros mismos. Así, ¿qué sentido tiene ahondar en la imagen de una Marilyn voraz lectora de libros, algunos de una complejidad notoria, como el caso de Ulises, cuando al ver esas fotografías no hace falta poseer un fino olfato para darse cuenta de que son poses? En realidad ninguno, pero es la manera que tenemos de exorcizar esa otra imagen de la bomba sexual representada por esa otra foto de Sam Shaw en la que Marilyn, en la rejilla del metro de Lexington Avenue, se recoge las faldas durante el rodaje de La tentación vive arriba. Tan fantasmagórica es la cosa, y tan real si nos referimos a cuestiones económicas, es que mientras los medios llenan páginas con este cincuentenario, es un modo de paliar la sequía informativa, Tom Hanks quiere producir un filme basado en Goddess, de Anthony Summers, con Charlize Theron como protagonista. Estos sí que saben. A partir de ahora, por lo menos, nos queda hablar de las sobras, la de las múltiples famosas, Madonna incluída, que imitan  a la que es motivo de este aniversario. Lo dicho, estos sí que saben.

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