Rapsodia de la inmovilidad

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José García Pastor *

Imagen: Flickr de coincoyote.

Surgieron en las postrimerías de la época febril (o fabril, que los historiadores siguen sin ponerse de acuerdo en cómo llamarla), y, aunque no se sepa quién fue el primero en subirse a un pedestal en medio del parque o una vía transitada con un atuendo más o menos chocante y un grado aceptable de templanza muscular y paciencia, tardaron poco en proliferar por las calles disfrazados de estatua, trabajador fulminado por un paro inexplicable, composición plástica o cualquier otra estampa presuntamente ingeniosa, prestos a girarse, guiñar un ojo, agitarse en frenesí o reaccionar de cualquier otro modo a la moneda que el transeúnte ajetreado –a los que no lo eran no se les consideraba ciudadanos plenos en aquellos tiempos de acción a ultranza– o el turista ocioso, aquel que se había ganado el derecho a la indolencia a cambio de horas y horas de dedicación intensa a una actividad generadora de los ingresos necesarios para remolonear unos días en un paraje lejano donde nadie le podría echar en cara su falta de productividad, hubiera depositado en la gorra o el botecito. Estudiosos hay que ven las raíces del fenómeno en la milenaria tradición del pordioserismo afincado en torno a los templos y lugares de culto, cuyo representante arquetípico se limitaba a susurrar un mensaje lastimero con los labios, extender una mano y adoptar una expresión facial de miseria para obtener, si había suerte, un resultado metálico parecido, pero otra facción de investigadores insiste en un rasgo distintivo que, aunque en los albores de la transformación sólo inspiraba curiosidad o extrañeza, definiría no sólo una manera ingeniosa de conseguir que el dinero, o una porción ínfima de su totalidad, cambiara de bolsillo (de ello ofrece la historia de la humanidad abundantes ejemplos, por no decir que tales mecanismos constituyen o constituían el propio motor de la historia), sino un nuevo concepto del mundo que hoy nos es consustancial: el movimiento, como rezan nuestras escrituras oficiosas, no es merecedor de nuestros esfuerzos, y sólo el tintineo en una lata oxidada o el poco frecuente crepitar de un billetito justifican el milagro de desentumecer los tendones, esbozar una sonrisa y, según cada cual, marcarse un zapateado u ofrecer otro alarde energético cualquiera a quien esté dispuesto a entregarnos un trocito de su capital.

Así fue como en los centros neurálgicos de las ciudades aparecieron pioneros como aquellos a quienes los demás, los que pertenecían a sectores autoproclamados sustento de la prosperidad social, asemejaban más al saltimbanqui y el bufón que al sabio o el iluminado. La sociedad de entonces no dudaba al diferenciar entre los verdaderos pilares del ente social y el divertimento pasajero, tan del agrado de los adultos o, con mucha frecuencia, de una chiquillería asombrada de asistir a la mutación de lo insensible en súbita explosión de vida inquieta, a menudo acompañada por un susto amable y una invitación a posar junto a la estatua hecha carne mientras el progenitor apretaba el botón de la cámara que reinmovilizaba a actuante y espectador infantil en una estampa con el tiempo olvidada en una herrumbrosa tarjeta de memoria. Todos tenían claro quién se pintaba la cara y los ropajes con purpurina tóxica y quién llevaba traje y corbata, uniforme de faena u otra indumentaria síntoma de ocupación seria, quién había elegido, o se había visto obligado a elegir, la quietud bufa como medio de vida y quién se sentaba en un banco unos minutos para recuperar fuerzas que le permitirían reincorporarse a la labor con renovado encono, quién saludaba la moneda con saltitos y quién saltaba sin respiro para acumular moneda virtual en la cuenta bancaria.

Con el paso de los años el gran cambio empezó a abrirse camino en el corazón de las gentes. Algunos observadores sociales advirtieron de que la actividad decrecía, no se sabe si, como aducía un grupo de especialistas en perpetua disensión, por una coyuntura mundial de la que nuestra magullada civilización no podía sustraerse, en cuyo caso la única solución parecía ser aguantar en ralentí una temporada de duración imprecisa antes de la triunfal restauración del quehacer genuino, o, argumentaban los más agoreros, como consecuencia de un mal endémico de nuestra raza, tal vez congénito en los pobladores de nuestra demarcación (las noticias no confirmadas de que el planeta entero comparte hoy la calma absoluta que por aquí nos rodea vendrían a desmentir esta última posibilidad y nos convertirían en adelantados a los tiempos). Expertos y académicos se percataron de que en las grandes plazas y lugares de reunión, organizada o casual, las identidades se iban diluyendo, hasta el punto de que los ropajes extravagantes, los equilibrios trucados y los recipientes de lo que se solía denominar “la voluntad”, siempre con artículo determinado, ya no bastaban para distinguir al artista estático del verdadero trabajador, y poco a poco, sin que nadie proclamase el advenimiento de la nueva era ni brotase un movimiento espontáneo que denunciara la tiranía de la acción abogando por el sopor y la sacrosanta bartola, los flujos de las encrucijadas se confundieron, encorbatados y operarios empezaron a pasar inactivos más tiempo del que les permitía el reglamento y los protestones, tan beligerantes antes al mínimo anuncio de misteriosas desgracias a las que se ponían nombres como “recortes” o “austeridad”, empezaron a enmudecer, prefiriendo recostarse en silencio sobre una pancarta maltrecha, como si también ellos esperaran a que alguien les arrojara un pedazo de metal para vociferar al mundo sus reivindicaciones. En algunos círculos de opinión llegó a proponerse que el funcionariado, al menos tal como estaba concebido en el país (en otras latitudes, decían, la gente daba de verdad el callo, algo que, al parecer, a nosotros nos estaba vedado por genética, castigo insondable o bendición de los dioses, según el talante del comentarista), llevaba años, por no decir siglos, inspirándose en el espectáculo de la parálisis, no consistiendo su desempeño sino en un perpetuo cruzamiento de brazos sólo disimulado cuando un supervisor, a su vez movido por un decreto de supervisión emitido en esferas superiores, se paseaba con energía ficticia para asegurarse de que en los escritorios y monitores de sus subalternos cundía sensación, que no esencia, de movimiento. Largo y complejo debió ser el proceso, pero insidiosamente cambió el paradigma y fuimos derivando en lo que hoy somos, sociedad en la que el mimo es el héroe y todos, en la medida de nuestras posibilidades y escudándonos en la mítica disolución de un superávit que, según cuentan, activaba la economía y la vida misma, le imitamos como podemos. Nuestros parques y lugares de tránsito o esparcimiento  —todas las denominaciones aquí empleadas, entiéndase, carecen hoy de sentido, pues no hay ocupación de la que aliviarse ni gasto de fuerzas que deba repararse— son focos de meditación en los que seres maquillados o con la tez al descubierto, envueltos en ropas extravagantes o disfrazados de cotidianeidad anodina, en poses acrobáticas o en medio de un esfuerzo muscular al que antes llamaban descanso, esperamos sin mover un dedo la moneda que nunca llega, sabedores de que los productivos de la fábula, esos que en gloriosos actos de inversión y empuje empresarial ponían en marcha la maquinaria de rendimiento y nómina, incluida la legendaria paga extraordinaria (doble, para más inri), han pasado a mejor vida o, como afirman los que todavía conservan la esperanza, se han mudado temporalmente, tal vez obligados por los sacerdotes de la nueva quietud, a la cucaña de un paraíso fiscal donde sufragan danzas de nuevos esclavos dispuestos a satisfacer por unas perras sus apetencias cinéticas desbocadas.

Inculcamos a nuestros hijos (se entenderá que, con tan exiguos incentivos, cada vez nacen menos vástagos y nuestra población envejece) que el mayor bien anida en la renuncia al acto, la simpleza de una vida antidinámica y el chaparrón de doblones —ni grandes ni chicos sabemos con precisión de qué hablamos— que espera al final del camino a quien menos énfasis pusiera en recorrerlo o, mejor aún, se tumbara en la cuneta sabedor de que la misma existencia del trayecto era ilusoria. Yo, por mi parte, acato la doctrina sin despilfarrar energía en vanos despliegues condenados a la no remuneración, pero, envuelto en una penumbra saturada de polvo que no me atrevo a retirar, no puedo evitar el chirrido y borboteo de una mente inquieta que me somete a una agitación interna más insoportable que esa otra, la física, tan denostada por los entendidos. Así las cosas, y no pudiendo oponerme a fuerzas que escapan a mi control, justifico mi acción traidora diciéndome que es el cerebro quien envía impulsos eléctricos conducidos a su vez por los músculos del brazo y la mano hasta acabar exteriorizándose en un aquelarre de palabras engarzadas, tachadas y vueltas a poner en movimiento, como si la plasmación de la virulencia mental en una pantalla de luz o una hoja de papel (no sé muy bien qué soporte ha elegido mi desazón) fuera a reportarme un rédito que no alcanzo a imaginar. Muevo, pues, las yemas de los dedos, muevo las frases y fantaseo con la idea –la estirpe y el entorno me condicionan– de que un consorcio amable, tal vez un ente denominado “Blog del verano”, compensará mis desvelos con el pago, aún no sé si proporcional a la labor, de un emolumento que justifique la transgresión.

(*) José García Pastor es escritor y traductor.
3 Comments
  1. joseba says

    Excelente. Se ve, muchas veces, a los transeúntes echar sádicamente monedas para que la estatua humana rompa su quietud y haga alguna monería o emita algún sonido. Es lo contrario de lo que hacen algunos consumidores de terraza, que sueltan algún céntimo para que el trompetista búlgaro cese o se aleje.

  2. leninkainen says

    Señor Pastor: debe ser que la pedantería se ceba con usted en verano. El calor, la falta de hidratación y las lecturas equivocadas en sus ratos de ocio hacen estragos. Le aconsejo que se centre en Mafalda, Mortadelo o, si se atreve, en el Capitán Trueno. Tal vez después sea capaz de parir algo con más enjundia. Váyase a la playa y tómese una cerveza bien fría

  3. Luisrod says

    Me ha encantado. Gracias.

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