De golpes y arrebatos

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Francisco J. Satué *

(A José Luis Gutiérrez. Gladiador. Periodista y amigo)

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...un juez que empieza por ser el acusado y el
testigo y que no juzga, que simplemente separa
las tierras de las aguas para que al fin, alguna
vez, nazca una patria de hombres en un amanecer
tembloroso, a orillas de un tiempo más limpio
Julio Cortázar 

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Imagen: Flickr de snowshot.

Es de suponer que naces a la vida y el hecho coincide con golpes para no olvidar. Esos impactos con eco que habrán de marcarte hasta el fin de tus días. Te persiguen. Los oyes, no los oyes, no mientas, porque estás indefenso. Te ahogan. No mientas ni te engañes en tus correrías por la ciudad. A tu favor, es lo que tienes y no tienes.

Si no puedes recordar esas melodías por tus propios medios, alguien asumirá el sucio encargo y habrá de entregarte la fea noticia. Alguien habrá de revivir esa música tan adorable que llaman despertar o infancia. Es posible que el mensajero de las informaciones tristes, a la manera del correo romántico de un zar despótico, hasta te enseñe a ser humano, a leer y escribir una carta. Por descontado, entre las nieves.

¿Tienes a quién escribir? No lo creo.

Mientes.

Pero el hecho es incontestable. Y todavía no te sientes ni como un recién llegado. Has nacido invisible hasta el dolor.

Los golpes, la fatalidad. La bofetada de un médico desafecto que odia a los que acaban de llegar al mundo, enciende un enorme cigarro al tomarte por los pies y necesita sentirse orgulloso de su maravillosa obra  –¿Su obra?, te preguntas aterrado antes de poder articular palabra–,  pero el doctor no se contenta y te somete a un sube y baja infernal.

Insatisfecho, contempla la ascensión de las cortinas de humo por su gabinete opresivo.

– ¡Bah! No da el peso. Morirá pronto. Y además, no llora.

Y el sabio doctor te envía a la papelera como quien cuela una pelota en el baloncesto, con esa maestría. Porque es sabido que los despachos de las autoridades médicas no los presiden retratos, banderas ni ceniceros. Sólo importan las agujas hipodérmicas, las balanzas, el pestucio de lejía y asepsia, las camillas dispuestas para los desnudos tendidos de las más bellas mujeres, abiertas de piernas para la inspección, las cortinas del pudor, las violaciones de las muertas calladas y los relojes del silencio.

– No da la talla. Muere y basta.

Y yo en la escupidera, escuchando el interminable ay ay ay de las damas de alcurnia. No me enteraba de nada nada nada. Ay y ay y ayayayayyayyyy… Hasta la lucha final, doctor.

Tal vez los ventanales estén abiertos y algún bebé haya volado por ahí, hasta rebotar destripado en un hermosísimo jardín. Pero eso es historia o anécdota, ese nudo trenzado de rumores con mala intención que se dirigen contra los galenos que traen al mundo a los niños. Todos tienen mala fama.

– Allí nací yo!

Mentira, pequeño. La calle ha dejado de existir y de respirar.

Los niños son muy resbaladizos. Es fácil que se escurran volando por las ventanas y regresen al lugar de donde han venido.

Pero no es tu caso, pequeño, tú has llegado ya y en buena hora. No sabes dónde te han metido ni lo que te espera.

El médico contempla la catástrofe. Es un naufragio.

– ¡Lo entregan cuanto antes, a sus padres!

Golpes. Las simpáticas comprobaciones del doctor. Las palmaditas de una enfermera veterana, la que zurra sin dejar huella y grita y grita y gritará para siempre más que tú –Porque sabe más que nadie y enciende un pitillo mientras sacude tus glúteos para que no mueras, porque no lloras y a fuerza de estímulos cariñosos has de berrear antes de respirar.

Y lo que te espera, enano.

Las sacudidas de la asistente en tu primera cuna, la que te golpea las mejillas mientras, con sólo un roce, antes de enviarte de una patada al paritorio o al jardín de las jaulas de cristal, junto a tus iguales chillones pero mejor vestidos, te contagia sus traumas y sus más hondos y amados males.

Sin ellos no podría sobrevivir –¿Lo empiezas a entender? Me temo que no te enteras de nada.

Lo explico como sobrevolando un cadáver en la rúe, detrás de la clínica. En tanto esa espigada mujer rubia aguarda que te abrasen en la incubadora –al punto–, ella enloquece de nuevo y, como todos los días, corre enajenada de alaridos –diríase que escapa de una historieta de By Vázquez, en lucha con las hermanas Gilda, o así–  para internarse por dédalos cegadores, interminables y gualdas corredores de muerte, pues galopa en busca de otro bebé, de tranquilizantes, de un petardo de hachís o de un novio semental. Podemos figurarnos asimismo la caída implacable de un pedrusco que, cargado de espinas prehistóricas, lleva tu nombre en sus rugosidades y viene desde Saturno para ensartar tus ojos de canica y tu blando cuerpín, porque así lo han decretado los astros, obedientes al llamado de las brujas, y es y será tu destino.

De la mano de un médico, secundado por un grupo de jugadores de rugby, tu cuidadora abandonó el corredor y descubrió una sala de billar.

– ¿Esto estaba aquí? No lo sabía.

Dijo antes que, de un empujón, la doblasen y le rasgasen las bragas contra la mesa verde botella y tan lisa. Fue a descubrirse incrustada contra el mítico césped donde bailaban las bolas de colores y los números que nunca, noches y noches, había logrado entender. Su madre habría estado orgullosa, pues amaba el rugby, por no hablar de los jugadores.

Fue allí donde ella aprendió a gritar agradecida, horas y horas, aaahhh entre decenas de piernas recias, brazos de hierro, cascos sudorosos, manos o mazas y argumentos condensados en rugidos, bufidos, escupitajos de cerveza, vómitos y mordiscos contra los hombros, las piernas y los pechos. Resoplidos aaahhh devoradores de la nuca.

Cuando la tropa de bisontes se sintió satisfecha, triturada en una esquina, él pudo escuchar:

– ¡Ve inmediatamente a cuidar a tu pequeño!

Has de ser magnánimo, pequeño. Tras esa tremenda batalla, nadie habría sido capaz de ponerse en pie.

La mesa de billar había desaparecido en astillas. Nadie preguntaba por las bolas de colores y marfil.

– Estoy mucho más tranquila. Lo necesitaba. Gracias.

Dijo ella.

Y sin atragantarse, encendió un cigarrillo.

– Os podéis marchar, muchachos. Aquí estaré, por si os atrevéis a volver… ¡No valéis nada! Todavía puedo hablar. Soy una mujer. Violada, pero una mujer.

Cualquiera de estas explicaciones sobre tu origen desemboca en el mismo territorio. Los efectos son los mismos, aunque llores. No lo puedes evitar. Bofetada, palmadita cariñosa, paseo enloquecido o piedra erizada que rebota en tu cráneo, en tu pecho, entre tus menudas piernecitas y te destroza. Sea como sea, arrancas y arrebatas en llanto.

–¡Estás vivo!

Dicen a tu alrededor quienes, es de suponer, te quieren con locura y desde entonces te vigilarán sin descanso.

Te lo explico. Son tu familia y babean sin tasa.

Has de ser fuerte.

Apenas te habían expulsado del cuerpo de tu madre y fuiste a resbalar entre los brazos de la asistente. La chica no lo hizo a propósito, pero lo cierto es que recién nacido caíste a plomo contra el suelo del quirófano. Amabas y buscabas la tierra, al parecer. Y era sólo el principio, el primer aviso.

Con un golpe inesperado, rotundo  –¡Empuja, empuja, niña!–, viene a revelarse el origen de tu existencia. Un encuentro con lo desconocido y un combate involuntario. Y piensas, sufres, como aplastado por las religiones, por todas las religiones y los límites, y hasta aceptas lo que no puedes creer ni creerás nunca.

Siempre te dejan caer.

– Será un niño feliz.

Oyes, crees oír y creces.

Y caes o caigo, amigo mío.

– Será feliz.

Es lo único que repiten a tu alrededor y, después del cloc iniciático, allí planchado contra el suelo del quirófano –¿Boca abajo o boca arriba?–, ante el estupor de todos los presentes, tus familiares y los vecinos más próximos, los médicos, los anestesistas, los invitados, las enfermeras, todavía no lo pudiste olvidar... al suelo. Como no llorabas, nadie te hizo caso. Tu madre todavía daba brincos y chillaba posesa sobre el camastro, y aún te acosa la duda de si se debía a la felicidad, a la furia o la amargura.

– ¡Se llamará Cloc, se llamará Cloc! ¡Por mi alma!

Y así fue. Porque Cloc es mi nombre y no admito bromas sobre el asunto.

Ella murió en la sala de partos. El padre escapó y buena suerte.

Nunca supe lo que significaba un niño feliz.

Amo a la humanidad, como es lógico. Como es lógico, ahora disparo antes de preguntar. Es mi sustento.

Soy Cloc, bebo cloc, como cloc y cuando caigo después de mil copas cloc suena cloc contra los asfaltos y mi cráneo rueda cloc como fuera de mí. Después lo recojo, cloc, sencillamente. Y mi cuerpo y mis malditos espíritus se funden en una sola entrega de pizza rápida. Soy Cloc y adiós, amigos, hasta la vista. Venceremos, los cloc y los yo cloc, a solas. Al principio suena duro, pero acabas por acostumbrarte en clave cloc cloc cloc… Un saludo. Volveremos desde las montañas, desde la selva, desde los hielos o desde el desierto. Tened cuidado. Y paciencia.

Lo terrible es que, cuando te asomas al mundo, indefenso y en rosa, te duelen mucho las costillas, las nalgas y las cabezas –pues a esas alturas, sin luz, tu cráneo se multiplica hasta el desfallecimiento y, como los reyes, empiezas a expresarte en plural.

Tenía muchas cabezas, en definitiva.

Estamos de acuerdo, Cloc, porque te presentaste con varias cabezas en público, sin avisar. Y las chicas chillaron. Las señoras cayeron desmayadas, como era de esperar.

Como es lógico.

Aunque de esos percances hace ya mucho tiempo. Han caído muchas lluvias y se han alzado muchas lunas desde entonces.

Mi problema viene a resumirse en la espera de hoy, en vivir al día.

Lo demás me importa muy poco.

¿Con qué cabeza estoy conversando?

Sin piedad. Adelante.

Hace unas semanas que he sido contratado como centinela. No deja de tener prestigio este título, pues tan sólo de pensarlo, dentro de mi ser me convierto en el protector de la noche.

Y la noche significa lo inesperado, lo indefinible, la poesía de los seres sin sueño. Por mi experiencia puedo afirmar que bajo la negrura sólo crecen bellas pesadillas. Y para los más afortunados, los que no están en la calle, gritos intolerables que saltan por las ventanas.

Como los niños en la clínica donde vi la primera luz.

Además de cuidar de la noche, ahora debo vigilar a una mujer.

Es mi trabajo.

Desde la desesperación, Francisco Umbral escribía en aquella época: “Mis multitudes interiores hablan en mí, se quitan la palabra, y luego vuelvo a casa, liberado y silencioso, como si hubiera dejado atrás a toda esa turba callejera que soy yo mismo, en lo más hondo”. Y devoré con avidez y sangre aquellos textos desgarrados.

Un hijo murió y basta.

Sin piedad ni reposo. Aquellas páginas las leí desde la fraternidad.

Mi cliente, bajo la mirada atenta de mi director, Proteus, dictamina:

– Debe seguir a mi esposa. Quiero informes y fotografías. Ya he hablado con su jefe y está de acuerdo. Es mucho dinero.

– Está bien. Usted paga y manda.

Dijo Cloc, asqueado. Sabía lo que tenía que hacer. Como siempre.

Mi jefe me envía una mirada de reojo, afirma, aprueba el acuerdo y se firma el contrato.

– Te pediré un favor, Cloc –dijo Proteus mientras examinaba un mapa de la campaña de Rommel en la Cirenaica. Nuestro cliente ya se había vaporizado, como si le hostigaran sus miedos inconfesables–. No somos socios y no me permito dar consejos. Pero no hables demasiado con ese sujeto. Descuida, te llamará por teléfono a todas horas.

– Entendido.

– Antes de que llegaras a la oficina he tenido que soportar dos horas de un discurso empalagoso, la fidelidad y la infidelidad, el matrimonio, el aborto, los hijos, el catolicismo, la inmortalidad del alma, el sexo, la perdición, etcétera, imagínate. Lo que le preocupa a nuestro cliente es el coste del divorcio. Y le sobran la pasta, las cuentas en los Paraísos y las propiedades que tiene a la venta. A nosotros ya nos ha pagado, como si fuéramos bazofia. La mujer es divina. Te enamorarás, si la sigues por el garbo de su culo. A tu aire. En realidad me ha pedido que encuentre a un contratista mercenario para que la ejecuten de acuerdo con un ritual muy extraño.

– Entendido.

– Resuelve el asunto.

– ¿Con bala o a cuchillo?

– A tu gusto. Nuestro patrón únicamente nos pide su cadáver. En foto, en frío o en conserva. Tú decides. Pero no te enamores de María, te lo ruego.

– ¿Por qué?

– Ella es también cliente nuestra.

– ¿Mucho?

– Bastante. Para nosotros significa bastante. Recuerda que, aunque disimulemos, nos encontramos en la miseria. Conozco tus valores. Harás lo que sea necesario.

– Sí.

– Hasta la vista.

– Exacto. Esta es la clave.

Fidelidad e infidelidad.

Antes de abandonar la oficina, en su mente lidiaba el dilema, pero aguantó lo suficiente para pedir a la rubia secretaria –Nunca recordaría su nombre– algunas direcciones y números de teléfono que necesitaba. Como por descuido, tomó notas en el pequeño cuaderno que llevaba al pecho.

A diario, telefoneó con puntualidad espartana a la agencia.

La vigilancia duró algo así como tres semanas. Y el centinela deseaba conocer a la mujer, a María, la señora que en teoría traicionaba a su esposo, el cliente millonario. Y Cloc, os lo puedo jurar, como acreditan mis detallados informes diarios, lo único que comprobó fue raquítico y triste. Para pasmo del centinela, lo creáis o no, ella huía de casa por las noches para asistir a una misa que se celebraba, no muy tarde, en una iglesia próxima a su domicilio. Conversaba durante mucho tiempo con el padre confesor, un tipo calvo de mediana edad, ochenta kilos de peso, metro setenta de altura, un sujeto castizo como pueda serlo el pan duro. El sujeto vestía  casposa y sotana sucia, de cartón piedra. De sus discursos…, era preferible no opinar. El tipo revestido de cucaracha levantaba el dedo como para que la mujer se arrodillase y accediera a sus caprichos –María no doblegaba sus piernas ante el esperpento ni hurgaba en sus faldas de bicho erecto por obra y gracia de algún milagro–,  pero lo más sorprendente es que ella no dejaba de suplicar por su esposo.

Ciertamente, como había advertido Proteus, era muy hermosa aquella mujer.

Nos cruzamos en la entrada de una de aquellas iglesias.

– ¿Quién llegará primero, Cloc? Tenemos una cita –sonrió María al rozar su chaqueta de cuero–. Pero le juro que no soy infiel.

– Perdón. No la conozco.

– ¿No? Este lugar no es el mejor para mentir.

Ella dio unos saltitos de niña coqueta y desapareció por un lateral de la iglesia en un revuelo de faldas largas, medias de seda y tacones negros.

Probablemente ella lo alcanzó antes. Acribilló el cuerpo de su esposo y de la solícita secretaria de nuestra agencia de compañía. De tratarse de una fábula, como moraleja, hubiera dicho que, en lo cotidiano, los ejercicios de distracción militar –mientras yo seguía a su esposa, el marido nos pagaba y se divertía con nuestra compañera, cuyo nombre jamás recordaré–, pasan una factura muy alta.

Creí que era mi primer hombre muerto. En alguna de sus cabezas, Cloc pensó que yo lo había asesinado.

Nadie te salvará de tus lágrimas.

Supongo que fue Proteus quien realizó esa afirmación. No nos miraba a los ojos, por lo que tanto Cloc como yo carecemos de esa certidumbre necesaria.

Ella también había contratado nuestros servicios. De modo que nos ampara el silencio  profesional mientras aguardo su llamada. Confío con el ansia de  un fanático que vigila el teléfono y aguarda la última llamada de Norma Jean, la falsa e incomparable rubia de todas las malditas rubias. Nuestra cita.

Aunque María no dejara de sacudir, bajo sus velos de viuda en ciernes, una cabellera de fuego.

(*) Francisco J. Satué es autor de numerosas novelas y ensayos, entre estos una legendaria biografía de David Bowie, de una Historia del rock, amén de varios libros de variada temática, como Padre Coraje. Publicó muy joven, en 1980, su primera novela, El círculo infinito. Otros títulos son Piel de centauro y La carne.
1 Comment
  1. PACO OTERO says

    Gracias,gracias…contento de encontrarte de nuevo…afortunadamente hoy los tuneles estan iluminados y se puede leer…fuera en la luz y el ruido del dia a veces es mortal para…al menos recordar voces que ya no estan…en la soledad de mi tunel,junto a un gin tonic y con fondo de Mozar escucho su voz… la voz de nuetra SORIANO

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