Sancho Gracia fue también Curro Jiménez

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Imagen de archivo (19 de julio de2011) de Sancho Gracia. / Salvador Sas (Efe)

Hay algo terrible en muchas de las carreras de nuestros actores, quizá en la de todos, no sólo en las de nuestro país, y es que a veces el éxito te lanza al estrellato a la vez que te mata. No sé si es un honor o una desgracia que a uno le confundan con un personaje de ficción, para casi todos los españoles Antonio Ferrandis será siempre Chanquete, con canción incluida y todo, y creo que al actor no le parecía mal la idea y se lo tomaba con cierto humor, consciente tal vez de que si no hubiese sido por la serie Verano azul no hubiese pasado de ser un honorable actor secundario, como le ha sucedido a grandes actores españoles. Sancho Gracia, que acaba de morir de un cáncer que padecía desde hacía 11 años, será siempre Curro Jiménez, el bandolero andaluz rebelado contra el invasor francés y protagonista de la serie de televisión del mismo nombre que dirigió Mario Camus en el año 79 con tal éxito y tan buena fortuna que hizo que muchos directores se interesaran por dirigir algún capítulo, como Pilar Miró, que en un rodaje en Matalascañas de la serie tuvo una especie de epifanía de claro signo erótico cuando vio a Sancho Gracia hacerse con un caballo que se encabritaba. Pilar Miró, como las mujeres de sus películas, logró reprimir esa atracción fatal por un hombre que logró fascinarla, aun fuera un instante, porque conjugó en ese momento al héroe de ficción con la persona que actuaba.

Es cierto que Sancho Gracia no debió tomarse el papel que se le asignó después de la actuación de Curro Jiménez con tanta sabiduría o resignación como Antonio Ferrandis, pero fue siempre muy consciente que lo que soñó de niño en Montevideo, cuando quiso ser actor, de cumplirse, fue gracias a la actuación en esa serie. Sancho Gracia fue un actor de esos de raza que se  dice en España, es decir, un falso autodidacta: chiquillo inquieto en los barrios de Embajadores y Lavapiés, nació el mismo año en que estalló la guerra civil, se trasladó  a Montevideo en el año 47 porque su familia, de clara estirpe republicana, no encontraba medios para subsistir en la posguerra. Y digo lo de falso autodidacta porque muchos de los actores que se consideran profesionales formados en academias hubieran dado cualquier cosa por aprender de Margarita Xirgu, la gran dama del teatro español de la República, que en aquel entonces daba clases en el Conservatorio de Montevideo. Sancho Gracia estudió allí tres años, y cómo no, interpretó unas Bodas de sangre, de Federico García Lorca, el autor que mejor le cuadraba  a la Xirgu, y un Shakespeare, El sueño de una noche de verano.

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De vuelta a España, la realidad se tornó más dura, como el país mismo. Carente de una industria cinematográfica de productos de cierta calidad, aun  y así hizo en teatro un Calígula de Albert Camus, dirigido por José Tamayo, amén de Valle Inclán, Lope de Vega, Benavente y Harold Pinter, Sancho Gracia colaboró e hizo papeles de lo que mejor le cuadraba, o le cuadraban, papeles de hombre de acción. Con todo, trabajó con lo mejor del cine español: por ahí están Juan Antonio Bardem, Jaime de Armiñán, Vicente Aranda, Mario Camus, y ya, más tarde, Adolfo Aristaráin, Álex de la Iglesia o José Luís Cuerda, como directores que supieron confiar en sus cualidades y supieron sacarle lo mejor de sí mismo. Si atendemos a su filmografía nos daremos cuenta de cómo la serie del bandolero supuso un cambio en su carrera: de La chica de los anuncios, en el año 64, o La ciudad no es para mí, del año 66, o Las viudas, del mismo año, pasamos a Montoyas y Tarantos, del año 89, Tocando fondo, del 93,  Cachito, rodada en el 95, La Comunidad, en el 2000, El crimen del padre Amaro, en el 2001, 800 balas, del 2002, y, finalmente, Balada triste de trompeta, cambio, por otro lado, que no termina de explicarse del todo ya que Curro Jiménez lo único que hizo fue potenciar las cualidades que tenía de actor de papeles de acción, sin atisbo alguno de complejidad psicológica y menos dotado de pathos dramático alguno. Aún y así, según transcurría en edad, los papeles adquirieron cierta complejidad, sobre todo se le daba muy bien el thriller tanto en su vertiente más cómica como en su gesto más duro y desabrido, y fue Álex de la Iglesia el que quiso retratarle en lo que su personalidad escondía, o podía esconder, visto, todo ello, desde la peculiar visión del héroe roto de 800 balas, película que parece hecha para un actor como Sancho Gracia y por la que Álex de la Iglesia llegó a  arruinarse.

Pero Sancho Gracia era un actor mucho más versátil que esto. Surgió como Curro Jiménez después de pasar por obras del teatro clásico y contemporáneo, lo que es algo obligado en el trabajo del actor, pero si Álex de la Iglesia quiso ver en él a alguien que interpretaba desde la derrota un imposible éxito de antaño, hubo otros directores que sencillamente encontraron fascinante su modo de interpretar, como Miguel Narros, que le dio papeles en obras de Arthur Miller, por ejemplo, aparte de La cena de los generales, de José Luís Alonso de Santos o un monólogo que puede ser calificado de autobiográfico, esta vez sí, Versos bandoleros y canciones escondidas, o aquel Goya, de Alfonso Plou, que dirigió Carlos Martín.

Es curioso como en estos tiempos de crisis los programas de relleno pueden convertirse en metáforas de nuestro presente. En la 2 de Televisión española, entre retrasmisión de los Juegos Olímpicos y el Telediario, se rellena este mes la parrilla con episodios de Curro Jiménez, como otros años se hizo con Verano azul, y es curioso comprobar de qué manera esta serie aguanta el tirón de los años mientras lo de Chanquete ha pasado ya a mejor vida debido a ese sentimentalismo un tanto previsible y ramplón que arrastra y que fue la clave del éxito en su momento: hay en esta serie una cierta dignidad en los gestos, también rigidez aunque creo que esa sensación es debida a la falta de recursos, un lenguaje austero, que traspasa modas y llega hasta nuestros días, vale decir, más que muchos partidos que surgieron cuando la serie, en plena transición. Es cierto que Mario Camus o Pilar Miró dirigieron la serie y la dignificaron desde el comienzo, pero ésta sería imposible sin el concurso de los actores, no sólo de Sancho Gracia, que intervinieron en ella. Ya digo. Una metáfora de nuestro tiempo.

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