Las mamandurrias

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Pascual García

La perezosa tarde desparrama plácida los mejores rosas y azules de su paleta sobre el algodonal. La señorita Leonor juega con su consola en el soportal de la casa y el bueno de George, como siempre a esta hora, le acerca una limonada helada y le lee los correos electrónicos que le han mandado sus amiguitos de las otras plantaciones. La sensación de paz que nace de la rutina calienta mi espalda rota y agradecida. Es otra tarde plácida, aquí, en el algodonal.

-Ayer el amito chico violó a mi niña, Jonás.

-Qué contratiempo, Jesús.

-Pero la señora me ha dicho que, a partir de ahora, la niña trabajará en la casa y que ya no tendrá que bajar al campo.

-A eso se le llama suerte, Jesús.

-Y que lo digas.

-Lo cierto es que desde que acabamos con aquellas monsergas de la protección de lo social estamos mucho mejor. De hecho, ahora cada cual se negocia lo suyo y se acabó. Mira si no el caso de tu niña.

-Es cierto… Y ya no tenemos que pagar la cuota sindical.

-Y ya nunca nadie se pone malo hasta que se muere.

-Y no solo eso, desde que no hay colegio y los niños vienen con nosotros a trabajar no hay que preocuparse ni de llevarlos ni de recogerlos ni de si andan con malas compañías… ¡Como se pasan todo el día trabajando!

-Y lo mejor de todo es que moriremos jóvenes y no padeceremos Alzheimer.

-A veces me dan ganas de llorar de la pura felicidad, pero, no sé por qué, nunca lo consigo.

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