Hughes, el indómito

Robert Hughes, en una imagen de archivo. / Efe

Ha escrito Ignacio Echevarria un recuerdo de Robert Hughes escueto y necesario, entrándole por la expresión de su cara, que a él le recuerda a la del admirable contendiente de Proust en la discusión literaria, Sainte Beuve. Tomo ese juego para comprobar que algo en su rostro recuerda a Goya, su pintor admirado. “Goya fue uno de los pocos grandes pintores del dolor físico,  las crueldades y las humillaciones corporales”, ha dejado dicho en su Goya (Galaxia Gutenberg / Circulo de Lectores, 2005). El destino, seguramente aconchabado con el accidente de tráfico que había sufrido hace 13 años, le castigaron con un Alzheimer que ha terminado por vencerlo.

En el juego de las afinidades, Beethoven me parece cercano también a estos rostros que han sido esculpidos por su manera de estar en la vida. En el caso del pintor español, además, la coincidencia de la sordera podría no ser una mera casualidad.  Los tres se distinguen por un rasgo inexcusable común: la esencial honradez que tenían consigo mismos, su desinterés por hacerse trampas en la representación de la comedia humana, su integridad artística, intelectual o como se quiera llamar.

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A Hughes -que según sus biógrafos aspiraba a artista y dejó su empeño para observar el trabajo de otros- esa honradez fundamental le valió una serie de disgustos a lo largo de su vida profesional. No hay tantos preparados para la sinceridad de opiniones tan contundentes como que las pinturas de Bacon valgan sólo como papel atrapamoscas, por ejemplo. Hughes fue un decidido crítico del camelo de los negociantes y mercaderes del arte, lo que le trajo pocos amigos. Hay un episodio de la Bienal de Venecia, de 2003, que apunta un ejemplo

Epicúreo convencido, como él decía de su admirado Goya, necesitó poco tiempo para enamorarse de Barcelona y escribir una de las semblanzas más acertadas de esa ciudad, tanto por sus observaciones tan agudas y delicadas como por sus críticas gruesas. Barcelona (Anagrama, 1996) es más que un homenaje una declaración de compromiso vital del apasionado Hughes por la ciudad que vivió y conoció bien.

Su best seller, La costa fatídica (Edhasa, 1989) es un trabajo epopéyico sobre su tierra natal, Australia, que se lee como puñetazos en la cara de la organización penal y social británica. Un complemento a la lectura de Dickens, que explica incógnitas sobre el nacimiento de un país y la realidad de ser australiano. Una lectura de las apasionantes.

Ha entrado en la montaña de los grandes, ese Olimpo donde los que han sabido aprovechar esta breve vida se codean con los dioses. Nada más grande puede pasarle a un mortal.