Aguas sagradas

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Emilio Gavilanes *

Imagen: Flickr de whl.travel (Yogita Ranapaheli).

Tengo un nuevo vecino, un hombre mayor (hasta hace poco habría dicho “un viejo”, sin contemplaciones, pero desde que voy dejando de ser joven soy más comprensivo). Se jubiló hace dos años. Ha sido profesor de literatura comparada y ha dado clase en muchas universidades. Es un hombre acomplejante. Ha viajado por todo el mundo, ha conocido a todo el mundo, lo ha leído todo... Precisamente esto es lo que ha creado un vínculo entre nosotros. Un día coincidimos en el ascensor. Yo llevaba un libro de Sandor Marai y él me preguntó si me gustaba. “Yo lo conocí”, me dijo. “En California. Ya apenas escribía. Lo invitamos a dar una conferencia y estuvo encantador. Adoraba a su mujer, que no pudo acompañarle, y de la que no dejó de hablar, como si fuese ella la realmente interesante. Decía que todos sus libros habían brotado de ella. Aunque faltaban años para que se comprase la pistola con la que se mató, había tanta melancolía en todo lo que decía, que ya la anunciaba.”

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Esto fue la primera vez que hablamos. Nos encontrábamos muy a menudo. Siempre me preguntaba: “¿A quién estás leyendo ahora?” Fuese quien fuese el autor, siempre tenía algo interesante y original que contarme. Eso hizo aumentar mi interés por los autores raros. Esperaba que un día me dijera: “No lo conozco”. Pero nunca me lo dijo. William Saroyan, Somerset Maugham, W. H. Hudson, Marco Denevi, Ernst Wiechert, Forrest Carter, Camilo Bargiela, Donald Westlake, Abelardo Castillo, Bulgákov, Dana... No solo le sonaban. Los había leído íntegramente y podía relacionar a unos con otros. De todos tenía algo que decir.

Un día me vio con Cioran y dijo: “Es muy interesante. Pero el más interesante es Eliade”. Yo acababa de leer Mitos, sueños, misterios, que me había maravillado, e. ingenuo de mí, me sentía en disposición de mantener una conversación en igualdad de condiciones. Pero él me apabulló hablándome de sus novelas, de sus cuentos, de sus diarios, de sus ensayos más raros. Por supuesto, no solo lo había conocido. Había sido colega suyo en Chicago y durante años había hablado con él todos los días. Dijo algo que me chocó: “Eliade había leído todos los libros”. Lo mismo que yo pensaba de él. Y añadió: “No solo los de literatura”. Me dijo que su obra era una parte mínima de su mundo interior. “Dejó muchos libros sin escribir. Estaba lleno de historias, de pensamientos, de anécdotas, de experiencias, que ni siquiera asoman a su diario. A mí me contó muchas. Incluso fui testigo de algunas. Muchas las he escrito.” “¿Están publicadas?”, le pregunté yo. “Mira”, dijo él, como si no me hubiese oído. “Una vez un amigo mío, Mac Linscott Ricketts, que había sido alumno de Eliade y que entonces
estaba escribiendo una biografía de él, viajó a Calcuta para ver en vivo, al natural, los lugares en los que Eliade había vivido de joven durante su estancia en la India. Cuando volvió, Eliade le organizó una fiesta de bienvenida a la que invitó a unos pocos colegas y amigos. Yo era uno de ellos. La memoria de Eliade era increíble. Recordaba muchas cosas, muchos lugares, mejor que Mac, que acababa de estar allí. Los tenía más frescos.

Ese día Eliade estuvo especialmente brillante. Habló de su juventud, de sus amigos y maestros, de Nina, de Sebastian, de Nae Ionescu... Y lo hizo con tanta vehemencia, con tanta intensidad, que todos sentimos su presencia. Fue realmente mágico. Estábamos en el estudio de un pintor rumano amigo suyo, un ático que este ponía a veces a disposición de Eliade y de Christinel, un local tan grande que por muchos invitados que acudiesen no se estorbaban, podían moverse a gusto. La vista era espléndida. Se alcanzaba a ver el gran lago. Era el final de la tarde y los rascacielos comenzaban a iluminarse. Abajo se veía el tráfico, la gente que iba de un lado para otro, como insectos. Parecía que el mundo te cabía en el cuenco de las manos. Había por allí una pareja hindú, o al menos vestidos a la manera hindú –ella con un sari naranja, precioso-, que todos supusimos que eran conocidos de alguien que no se había tomado la molestia de presentarlos y que cuando los invitados comenzaron a disgregarse en grupos se pegaron a Mac y lo acompañaron por todo el estudio hasta que se quedaron a solas con él en un rincón. Naturalmente, todos creímos que eran conocidos suyos. La sorpresa vino cuando la pareja se marchó, avanzada la noche, y Mac preguntó a todos los demás, con cierto gesto de alarma, si sabíamos quiénes eran. «¿Qué te han dado de beber?», preguntó Eliade, que al parecer había estado atento, con aquella seriedad y aquella mirada que tenía, que te hacían sentir un insecto bajo su lupa, y que sacaban lo mejor de ti, tu cara más presentable, la que merecía estar en sus diarios. Entonces Mac contó lo que había ocurrido.

-Lo primero que me han dicho es que son de Calcuta y que sienten una gran nostalgia por su ciudad, que no pisan desde hace muchos años. Yo creía que eran conocidos de alguno de ustedes. Me han preguntado por ciertos rincones, de los que yo no les he sabido dar noticia. Creo que pensaban que les estaba ocultando que todo eso por lo que me preguntaban ha desaparecido. A medida que me interrogaban y que yo no les sabía contestar, se les ha ido poniendo una expresión de ansiedad y de tristeza que no sabía cómo aliviarles. Eso me ha predispuesto a concederles todo lo que me pidieran. Me han preguntado por todo, por lo que comía y lo que bebía, y sobre todo detalles del viaje de vuelta. Han insistido especialmente en saber cuántas horas hacía que había salido de Calcuta. Cuando les he dicho que no llegaban a veinte, parece que se han serenado un tanto. Entonces ella me ha tendido un vaso de leche. Claro, yo prefería un whisky, ya sabe –y miró a Eliade buscando su comprensión-, pero también he pensado que si les complacía acabarían relajándose y me resultaría más sencillo encontrar el momento de apartarme de ellos. Solo me he alarmado una vez, cuando, después de
posar el vaso en una mesa para sacar un cigarrillo, ella lo ha recogido y me lo ha vuelto a alcanzar: he pensado que me estaban envenenando. He paladeado un sorbo para ver si apreciaba algún sabor extraño, pero solo me ha sabido a algo parecido a leche, aunque no exactamente a leche. Cuando me he tranquilizado se me ha ocurrido que si me estaban envenenando ya tenía que notar algún síntoma, y como no sentía nada, ni bueno ni malo, me he animado a acabar lo que quedaba en el vaso de un trago. Entonces él, muy discretamente, ha hecho sonar una campanilla, la habrán oído ustedes. Ella se ha adelantado y me ha hecho una reverencia. Yo ya estaba impaciente por alejarme de ellos y me temo que he sido un poco brusco al disculparme para ir al baño. Ella estaba murmurando algo, tan débilmente que solo he oído algo así como que sus cenizas por fin descansan en sus aguas... Algo parecido. Cuando he vuelto ya no estaban.

Eliade lo entendió enseguida:

-En tu cuerpo todavía quedan restos de las aguas de aquel río. En cierta forma, aún llevas el Ganges dentro –dijo-. Acaban de arrojar a él las cenizas de alguien que ha muerto aquí, tan lejos. Es un pensamiento maravilloso. Y siguió repitiendo «Maravilloso», mientras todos los demás permanecíamos en silencio, realmente angustiados por los efectos que pudiesen estar haciendo en el organismo del pobre Mac lo que acababa de tragarse.”

(*) Emilio Gavilanes (Madrid, 1959) es escritor. Ha publicado novelas –El bosque perdido (Seix Barral, 2000)–, poesía, como los haikus de Salta del agua un pez (Comares, 2011), y libros de relatos, el último de ellos, El reino de la nada (Menoscuarto, 2011).
1 Comment
  1. Luis says

    Además de los reseñados al final, hay otros libros de Emilio Gavilanes que resultan imprescindibles: «El río» (libro de relatos) y «Una gota de ámbar» (novela). Ambos editados en Ediciones de La Discreta.

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