Actuar es un extraño viaje

Imagen de archivo del actor Carlos Larrañaga, fallecido el jueves, día 30. / Paco Torrente (Efe)

No deja de inquietar el hecho de que a las pocas horas de que se diera cuenta desde cuartopoder.es de la muerte de Bernardo Bonezzi, el niño precoz de la movida, nos llegara la noticia del fallecimiento de Carlos Larrañaga a la edad de 75 años en una clínica de Benalmádena (Málaga), donde había sido operado de una infección en las vías urinarias. Actor nacido entre actores, casado con actores y padre de actores, actor de mucho éxito popular y protagonista de la serie de televisión Farmacia de guardia, cuya sintonía compuso el mismo Bonezzi, que incurrió también en varias películas de Pedro Almodóvar. Digo inquietante aunque debería decir chocante porque en este mes de obituarios obligados se han mezclado más allá de lo previsto las muertes anunciadas con las dadas a sorpresa. Ni que decir tiene que la de Carlos Larrañaga entraba dentro de la primera categoría, por lo menos desde esta primavera en que tuvo que ser ingresado en la clínica Premium de Estepona.

En la biografía de un actor, que es como una sucesión de representaciones fantasmagóricas para el que las recuerda, siempre hay ciertos hitos que a uno le parecen caracterizan lo mejor que ese actor ha dado de su arte. De Carlos Larrañaga, que tenía un carácter muy ajeno a mis gustos y aficiones, también a mi capacidad de empatía –siempre tuve cierta prevención por algunos papeles de galán, demasiados diría, que le otorgaban un aire un tanto chulesco a alguien que, me constaba, era un actor de casta–, hay dos momentos en su carrera que me parecen definitivos: desde luego el papel de El extraño viaje, de Fernando Fernán Gómez, película de una importancia todavía por evaluar en lo que representó en su momento, donde Carlos Larrañaga interpreta al primer travestí del cine español desde la guerra, y, desde luego, el papel de Cayetano Salgado en la serie Los gozos y las sombras, junto a su hermana Amparo Rivelles y Charo López, serie basada en la trilogía narrativa de Gonzalo Torrente Ballester, y donde Larrañaga borda el papel de nuevo cacique de Pueblanueva, aquellos que vinieron enriquecidos de Ultramar y desplazaron del poder económico a la antigua oligarquía del campo, los Carlos Deza, que interpretó con excelencia Eusebio Poncela.

Publicidad

Y con ser tan importante el papel de El extraño viaje, quizá por lo que tenía de transgresor, creo que el gran papel de su vida fue el de la serie de televisión citada, aunque luego interpretara con un éxito sin precedentes Farmacia de guardia, de Antonio Mercero, junto a Concha Cuetos, pero que, creo, no excitó su vena interpretativa sino que hizo que, sabedor de un considerable oficio, utilizase todos los trucos que había conocido desde la cuna, no olvidemos que era hijo de Pedro Larrañaga y de María Fernanda Ladrón de Guevara, amén de hermano de Amparito Rivelles, y, luego, como si no bastase, marido de Maria Luisa Merlo, Ana Diosdado y Ana Escribano, suegro de Maribel Verdú, y padre de Carlos y Amparo Larrañaga, prácticamente desde que a los cuatro años interpretó su primer papel en Alma de Dios, de Ignacio Iquino.

La recurrencia a rodearle de nombres de actores y de autores de teatro y cine, algunos ilustres, no es baladí: Carlos Larrañaga respiraba la interpretación como algo natural desde la cuna  y ello se notaba. El problema de su talento no desarrollado hasta lo que podía otorgar no era problema suyo sino del medio donde ejerció su arte, y ello hasta tal punto que habría que extenderlo a la mayoría de actores que tuvieron que habérselas con el cine y el teatro español de posguerra. Hay excepciones, como Fernando Fernán Gómez, pero en éste la voluntad férrea de sobresalir de cualquier modo se impuso a cualquier traba, y de ahí que fuera capaz  de realizar películas como El extraño viaje en 1964, dejando corto el tenebrismo de Luís García Berlanga, o dirigiera El mundo sigue, un terrible drama basado en una novela de Juan Antonio Zunzunegui, en momentos en que casi nadie se atrevía a cosas así. Carlos Larrañaga se prodigó de otra manera, quizá más fácil, y esa prodigalidad fue su perdición: como si al haberlo tenido todo por cuna, esa condición fuera como el respirar y como el respirar se dilapidara.

Aun así, su obra interpretativa es impresionante, interviniendo en multitud de películas, series de televisión y obras de teatro, aunque, conviene decirlo, en las tablas sus actuaciones nunca tuvieron el éxito conseguido en cine y televisión. De toda esta obra, forjada en una vida,  Carlos Larrañaga tenía predilección por El extraño viaje, cuya densa atmósfera expresionista le hizo interpretar el único papel de su vida que nunca volvería a hacer, y Las verdes praderas, de José Luís Garci, con Alfredo Landa de compañero de reparto, y por la que obtuvieron el premio a mejores actores del Círculo de Escritores Cinematográficos, distinción que volvieron a llevarse juntos cuando interpretaron Luz de domingo, siendo finalistas, además, a un Goya.

En realidad no es de extrañar. Carlos Larrañaga fue un actor, ya digo, de un oficio en que la consciencia del acto importaba poco porque para él interpretar era algo natural. Solo que el tipo de interpretación que forjó, irónico, elegante, con cierto toque de distinción que ahora se nos antoja un tanto old fashioned, pasado de moda, aunque sin llegar a los extremos paródicos de Arturo Fernández, cuadraba poco con los registros de las altas cualidades de la interpretación cuando se convierte en excelente, en soberbia. De ahí que guardara tanto respeto a su interpretación de un travestí en El extraño viaje. En cierta manera fue el papel de su vida porque no hizo otro igual. Podría haberlo sido el Cayetano de Los gozos y las sombras, pero a él le pareció que el personaje era muy antipático y no cuadraba con la imagen que quería proyectar de sí mismo. Este gesto puede ser tomado como una metáfora de lo que fue su carrera, en lo que la convirtió.