Elogio del asesino

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Richard Millet durante una reciente entrevista en la televisión francesa. / Captura YouTube

Es la comidilla de la rentrée en el otoño parisino. No hay día en que en la prensa y los medios de comunicación franceses no se pronuncie el nombre de Richard Millet, hasta ahora un prestigioso crítico y lector en la Editorial Gallimard, y a partir de la semana pasada en que se publicó Elogio literario de Anders Breivick, apenas unas decenas de páginas editada por P.G. des Roux al módico precio de 16 euros, un apestado social, una versión moderna de Robert Brasillach, que personajes como la escritora Annie Ernaux ha calificado de “un panfleto fascista que deshonra a la literatura” mientras otros, caso de Patrick Kechichian, escritor y antiguo periodista de Le Monde, está ya jubilado, responde a la Arnaux diciendo que no se deshonra a la literatura sino a los hombres y a mujeres, sobre todo a los que fueron asesinados en Noruega hace ya un año. Por si esto fuera poco, el primer ministro francés Jean Marc Ayrault, que se encontraba estos días por Marsella inaugurando un memorial del campo de concentración de Milles, la vergüenza nacional de aquellos tiempos de Vichy, donde anunció la creación de un comité interministerial consagrado al racismo y al antisemitismo,  ha sido preguntado por el asunto Richard Millet y se ha mostrado muy contrariado de que alguien con tamaña responsabilidad en el mundo de la cultura, de las ideas, porque “la gente puede ser tocada por un furor asesino” para, a continuación, referirse al miedo que siente por la banalización de este tipo de asuntos y, sobre todo, por una especie de fácil esteticismo que no conduce  a nada. Por su parte Antoine Gallimard, el dueño de la prestigiosa editorial que fundó Gastón, su padre, y donde Millet es lector y fue editor, se ha mostrado también muy confundido por este tipo de cosas, y ha confiado en que la cuestión no se salga de madre.

Hay que decir que se veía venir. Richard Millet es un escritor que estuvo en 1975 luchando en Beirut al lado de las falanges cristianas contra los musulmanes y que, desde entonces, hace ya treinta y siete años, ha cambiado el oficio de las armas por el de la literatura. Es un buen panfletista y lleva publicando textos en contra del multiculturalismo, de la decadencia de Occidente, del desmonoramiento de la lengua francesa, corrompida por las vulgarizaciones y sobre todo por los anglicismos, ha editado un panfleto sobre este asunto al mismo tiempo que el dedicado a Anders Breivik. Su obsesión: la pureza. No sólo de la lengua, sino del país entero, destruido por las mezquitas, por los antirracistas, hijos de mayo del 68, que han cambiado la tolerancia hacia culturas extranjeras mientras se muestran intolerantes con su propia tradición cristiana. Detrás de ese resurgir de la religión musulmana se encuentra el dinero de países como Qatar, analiza, y predice un conflicto, una guerra, que será inevitable en Europa. Estos textos han sido recogidos en publicaciones que edita con velocidad pasmosa: Si primero fue Interior con dos mujeres, seguido de El antirracismo como terror literario, y luego, Lengua fantasma, ahora le toca el turno de la polémica con Elogio literario de Anders Breivij, y todo ello en un corto periodo de tiempo de varias semanas.

Pero, ¿en qué consiste el escándalo que ha provocado el libro? A estas alturas debo suponer que todo rastro de ingenuidad se ha borrado de su alma y deben pensar que Millet es un escritor sin una pizca de tontería .No se equivocan. Richard Millet no ha escrito el elogio de un asesino de casi un centenar de personas en Noruega, sino que ha publicado un panfleto casi al mismo tiempo que a Breivik se le condenaba en su país a  21 años  de reclusión. Por ejemplo, piensa que Breivik es una muestra más de la decadencia de Occidente y que el mismo asesino es un decadente típico de aquella zona escandinava donde cree discernir ese odio hacia el multiculturalismo en sus afamadas novelas policiacas, tan de moda ahora. Kurt Wallander, el personaje creado por Henning Mankell,  no se imaginaría nunca que iba a tener un defensor tan curioso y por motivos que al detective sueco se le escapan. No hay nada como un sofisticado crítico literario,  a ser posible francés, para leer en barrocas runas afirmaciones que a otros les parecen sin sentido alguno.

Pero esta vez a Richard Millet el afán de notoriedad mediático le puede pasar factura. Este hombre es un escritor dotado de cierta sofisticación, nada que ver con algunos de los cavernarios tertulianos y columnistas de nuestra amada patria, que escribe muy bien, y en posesión de una afamada inteligencia para el adjetivo. El problema es que con este último panfleto se ha metido en cuestiones muy concretas, alejadas de la abstracción y que, por eso mismo, están sujetas a pasiones muy encontradas. Richard Millet ha calibrado incluso esto al milímetro, pues si bien dice que lo que ocurrió era lo que merecía Noruega por su política multiculturalista y ñoña ante el emigrante, luego define las víctimas como una muestra del “pequeño burgués mundializado, inculto, socialdemócrata”, es decir, despacha en dos líneas la infinita complejidad de un ser humano, no digamos las 77 asesinadas, porque sabe que el impacto ante esto es mucho mayor.

Los panfletos de Richard Millet, a pesar de estar bien escritos, son una montaña de tópicos de la extrema derecha sobre la sociedad europea basada en el estado del bienestar y en los logros del pacto social surgido en la posguerra culpando a los socialdemócratas y, de paso, a los ideólogos del mayo del 68.  Tan tópico se muestra que llegaría a ser indulgente con los emigrantes, dice en uno de sus panfletos, si pusieran nombres franceses a sus hijos. Después de abrumar al lector con floridas palabras muy francesas y argumentos pasables de chata altura intelectual, se descuelga con sentimentalismos de este tipo propio de una mentalidad prepúber. Si soy argelino y tengo un hijo al que llamo François y no Hassan, soy más proclive a ser un buen francés que si no lo hago. Después de leer estas cosas uno es capaz de echar de menos los panfletos de la extrema derecha de los años treinta: por lo menos no se andaban con minucias. Y digo, ¿será esto un signo de la decadencia de Richard Millet?

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