El tiro en la nuca

El ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, ayer, durante la conferencia de prensa tras la aprobación de los Presupuestos por parte del Consejo de Ministros. / lamoncloa.gob.es

La cosa no causa indignación. Es peor. Es tan estúpida que va a hacer retroceder a nuestro país en lo que respecta a la gestión cultural una treintena de años, después de haber conseguido cierta equiparación con nuestros vecinos. En el plan de recortes presupuestarios que se avecina en los próximos días, Cultura verá reducido su presupuesto un 30%, lo que hará que instituciones como el Museo del Prado, el Reina Sofía, el Liceo, el Teatro Real,  la Dirección General de Industrias Culturales, Bibliotecas Públicas, Instituto de Cinematografía, la Maestranza de Sevilla, la Orquesta Nacional de España… se verán agobiados hasta tal punto que, me temo, la situación puede ser irreversible. En el caso del Teatro Real, por ejemplo, ya se habló hace unos días de la dimisión de su director, Gerard Mortier, así como de la del presidente del patronato, Gregorio Marañón, y la cosa no llegó a mayores. Ahora que se anuncia una rebaja  en los presupuestos de la institución de los 13.150.000 euros a los 8.893.000 previstos es probable que esas proyectadas dimisiones terminen produciéndose. No serían las últimas, sino el comienzo de un conflicto que va para largo.

No sé si el Ejecutivo se lo ha pensado mucho, más bien creo todo lo contrario, pero los errores que están cometiendo respecto a la Cultura, por otro lado equiparables a otros ámbitos, tal como Interior, Educación… van  a terminar pasándole factura, y sólo una mezcla de sagrada ceguera aliada a una inconmensurable arrogancia, vale decir, el poder se les ha subido a la cabeza, puede explicar tamaño desatino. Por ejemplo, el año que viene el Gobierno no pondrá un solo euro para que las Bibliotecas Públicas compren fondos, en un recorte a las Bibliotecas del Estado que se cifran en un 62%, lo que presenta una situación lamentable para el sector editorial, dicho sea de paso, que es de los pocos que por ahora aguantan el tirón. Se da, entonces, la paradoja de que mientras han aumentado las cifras de usuarios debido a la crisis, las instituciones que demandan no tienen un euro para comprar las novedades del mercado.

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Al Museo del Prado se le reduce un 30% su asignación; al Reina Sofía, un 25%; al Thyssen, un 33%, a la DirecciónGeneralde Bellas Artes, un 40%, y respecto al cine, la rebaja llega a extremos caóticos, pues puede resumirse en aquel “ni uno ni otro sino todo lo contrario” , llegando el ICAA, el Instituto de Cinematografía y las Artes Audiovisuales, a sufrir un recorte de casi la mitad del presupuesto anterior, de 49 millones a 30. Si tenemos en cuenta que el Zinemaldia, el Festival de Cine de Huelva y el de Málaga salen de estos presupuestos, ya pueden hacerse una idea de lo que veremos en siguientes ediciones.

Todo esto se veía venir. Ya dimos cuenta del imaginario de nuestro inefable Cristóbal Montoro en alguna ocasión, por ejemplo cuando justificó la subida del IVA al 21 % en un alarde maravilloso equiparando cine, teatro y enterramientos a espectáculos de circo. Bellísima frase para figurar en una antología del disparate, salvo que quien la profirió  es el ministro que tiene el dinero, la caja chupadora de euros, y siempre que puede se muestra ufano de su implacable actitud contable. El Gobierno siempre tuvo como banderín respecto a la política cultural, me da el pálpito que improvisaron bastante, lo de la Ley de Mecenazgo, el proyecto estrella de José María Lassalle, y la ley de propiedad intelectual, que nunca termina de perfilarse y que, imagino, está a la espera de la renovación necesaria en esa ley que se va a hacer en toda Europa. El problema de esta Ley de Mecenazgo es que, cual aborto, sale ya un tanto malparada: don Cristóbal Montoro no quiere ni oír hablar del asunto. Teme, creo que aquí peca de optimista, que con esa ley Hacienda recaude menos porque las empresas se refugiarían en proyectos culturales. ¿Habría que decirle al señor ministro que cuando alguien no tiene dinero es harto improbable que piense en desgravar a través de invertir en Cultura?

Todo esto ha llevado, ya dimos cuenta en su momento de ello, al desmarque, aunque más bien cabría hablar de cansancio, del secretario de Estado de Cultura respecto a las decisiones de su ministro, José Ignacio Wert. Éste, hombre que gusta de recalcar lo bien que pronuncia las frases en inglés, francés y alemán, tenía un afán desde hace mucho tiempo: dirigir RTVE. El nuevo Ejecutivo le nombró superministro y el que iba para ministrable, José María Lassallle, en quien muchos pusimos ciertas esperanzas, se quedó en Secretario de Estado, lo que en principio no es grave: habría que recordar la política efectiva de Miguel Ángel Cortés en los tiempos de la legislatura de José María Aznar. Intuyo que la maquinaria pesada del equipo del superministro debe actuar al modo de un acorazado. De otra manera no se entiende el ninguneo al que parece someterse al secretario de Estado y más si tenemos en cuenta que es él quien se lleva las malas caras que le ponen los responsables de instituciones culturales cuando tiene que enfrentarse a problemas de presupuesto. El caso es que el secretario de Estado da la sensación de estar muy solo y esa sensación no se le escapa a quien le frecuenta en los saraos culturales. De ahí que haya gente que justifique su inacción, ya que suponen que está atado de pies y manos, mientras que otros piensan que en su cargo está su responsabilidad.

El caso es que José María Lassalle tuvo que salir al paso como pudo, es decir, sin poder salir del paso, cuando se subió el IVA al 21 % y reconoció que aquello “era difícilmente explicable”, vale decir, justificable. Que al ministro no le sentara bien esa frase es explicable, y muchos creen que la tirantez entre el ministro y el secretario de Estado se deben a cosas así. Me temo que la cuestión es más profunda. Beben de aires distintos, tienen intereses distintos, poseen caracteres distintos… todo es tan distinto que podrían ser un matrimonio perfecto a menos que se convirtieran en un desastre de matrimonio. Con ello quiero decir que la cosa es imprevisible y no depende de ellos… a menos que se cuele por medio el dinero o, lo que es lo mismo, su falta en forma de recorte presupuestario. Me temo, tampoco hay que ser un lince para darse cuenta de ello, de que los próximos días, octubre, noviembre, van a ser importantes en lo que respecta a acontecimientos en el mundo de la cultura. Nadie con un poco de sentido común quiere volver  a la caspa de los tiempos de la Transición. Nadie se lo merece.