Destinos cruzados

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Juan Diego Botto en un momento de la representación de 'Un trozo invisible de este mundo' / teatroespanol.es

Reconozco que la idea que tengo de lo que debe ser un teatro de índole social y política me viene del ejemplo de las vanguardias de principios del siglo XX y, sobre todo, de la deuda del expresionismo alemán y del constructivismo ruso, de la concepción de Bertolt Brecht del distanciamiento crítico y de su teatro épico, de Meyerhold, e incluso del teatro crítico de la Norteamérica de los años treinta, además del teatro del absurdo y del teatro de la crueldad, de Alfred Jarry a Antonin Artaud. Hay más, desde Ibsen a Luigi Pirandello, pero dejémoslo aquí. De ahí que tenga ciertos resquemores hacia la gran cantidad de representaciones teatrales y películas que se basan en sus historias narradas y representadas en hechos sociológicos sacados de la actualidad pura y dura. Es una tendencia, además, que no es exclusiva de España, sino que se encuentra en Europa y en Estados Unidos con cierta profusión. Y va a más.

Me venía todo esto a la mente mientras acudía  a la representación de una obra que está teniendo cierto éxito en estos tiempos de crisis desde el día de su estreno, el 2 de octubre, Un trozo invisible de este mundo, escrita por el actor Juan Diego Botto, dirigida por Sergio Peris Mencheta, interpretada por Juan Diego Botto y Astrid Jones, y producida por el Teatro Español y Cristina Rota y que estará en las Naves del Teatro Español-Matadero hasta el  4 de noviembre. El lugar, rehabilitado con cierto tino, no oculta lo que realmente ha sido durante décadas, una factoría decimonónica de matar ganado y transformarlo en carne para Madrid que cumple ahora, en su vasta extensión de terreno, diversos eventos e instituciones culturales. Y justamente mientras  asistía a esta representación, pensaba que el lugar hacía justicia a la historia que se contaba y que con toda probabilidad esta profusión de obras significaban en su conjunto una concepción de lo que debe ser la representación teatral ahora que pocos se han atrevido a  formularla. Desde luego no es mi labor, pero apunto a que se encuentra en este tipo de obras materia para saber de ciertas maneras de abordar la temática política y social en los espectáculos.

Astrid Jones, caracterizada para la obra. / teatroespanol.es

Las historias narradas en Un trozo invisible de este mundo, frase pronunciada por esa estupenda actriz que es Astrid Jones en un determinado momento, se articulan  a través de cinco recitativos con una duración aproximada de hora y media. Los dos actores abordan diversas historias en unas interpretaciones cargadas de emotividad  que tienen al exilio y a la inmigración como destinos cruzados de estos dramas narrados: un inmigrante que mantiene una conversación telefónica con su mujer donde le explica el modo de vida que lleva en este país; un agente de policía que piensa que si se mete un emigrante más en España el país terminará por desmoronarse, una mujer del África negra que le relata a su hijo las dificultades de su emigración a Europa, un hombre que describe los momentos en que sufrió tortura en la Argentina de la dictadura militar de los setenta y, finalmente, un hombre que se interroga sobre qué es eso del exilio y de la dureza de dejar el arraigo para vivir errante en tierra extraña.

La temporalidad aquí es esencial, pues permite que las historias narradas exhiban la intensidad que requieren y que una complacencia mayor hubiera diluido. Hay, pues, sabiduría en el modo de enfocar lo que el espectador debe sentir en la representación y ello de tal modo que las historias están plagadas de hábiles interrupciones de la crónica principal  que favorecen justo la asimilación dramática de lo que se dice. El humor, cierta ironía, es clave para una feliz resolución de la obra y hay que reconocer que está llevado con mucha justeza y oficio. Además, contribuye a crear una distensión necesaria y una distancia que hace que lo representado adquiera relevancia artística.

De ahí que no termine de entender, en esto se asemeja a aquellas advertencias al comienzo de muchas película de los años cincuenta que nos aseguraban que lo que veríamos estaba basado en hechos reales, que se nos insista que lo que hemos visto representado está sacado de historias sacadas de experiencias reales facilitadas por algunas ONG´s, como si ello restara o aumentara una pizca de verosimilitud a lo que se narraba. El señuelo realista no incrementa, no debería, el sentimiento que el espectador experimenta respecto a qué sea eso del exilio y la inmigración. Y si alguna pega tengo que poner a una representación por lo demás muy digna, de muy buena factura y muy bien interpretada, es esa incidencia en la crónica que sería más propio de una reivindicación del periodismo que del verismo teatral.

Sin embargo esa incidencia en el carácter maldito y horrible del obligado desarraigo es, quizá, lo más inteligente de esta representación. Es probable que quienes hayan imaginado la obra no sepan de los escritos sobre el desarraigo de Simone Weil, aquella enorme pensadora que Albert Camus publicó en la postguerra. El desarraigo es un crimen, nos dicela Weil, y esta obra nos habla con rabia y emoción desbordante de ese abandonar las raíces que está en el origen de la explotación más artera y causa de dolores del alma que muchas veces no cicatrizan.

Esta obra, sin embargo, creo es una excepción dentro de este panorama de representar la actualidad que está tan de moda en teatros. Y lo es por la calidad del montaje y la excelencia interpretativa. Cuando salí de la representación, una vez acabada, pensé que esa incidencia en dar cuenta de esa actualidad y el éxito que tiene entre el público –el precio del teatro sigue siendo caro para muchas personas de bajo poder adquisitivo– se deba quizá a una necesidad por enterarse  a través de una representación única de aquello que se nos ahorra en los medios de comunicación. Esto habla a favor del teatro, quizá, pero muy poco del periodismo que se estila hoy día, sectario, banal y de calidad ínfima.

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