María Blanchard, más vale tarde

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Retrato de María Blanchard por Tora Vega Holmström (1921). / gabineted.blogspot.com.es

A María Blanchard le habría gustado mucho ver sus pinturas colgadas con tanto acierto y comentado su trabajo con tanto entusiasmo. Lástima que lleve enterrada 80 años, así que –a menos que las nanoparticulas que nos enlazan con la realidad física se lo permitan- se ha hecho tarde para que disfrute del reconocimiento.

Primero en Santander, su tierra natal, el pasado verano, y ahora en Madrid, su ciudad de estudio, y trampolín a París, en el Museo Reina Sofía, sus cuadros hablan de la cántabra universal.  Una bella exposición antológica en la que sumergirse, en silencio, a ser posible casi en soledad, para detenerse a descifrar los detalles que todo cuadro encierra, como si fueran adivinanzas o gazapos escondidos, para diversión de quien lo contempla. Ya sé que con lo dicho, acabo de ganarme una buena zurra intelectual; pero confío en que esto no lo lea ningún crítico de arte. A lo que íbamos.

María Gutiérrez Blanchard no fue profeta en su tierra y apenas lo fue en su tiempo. Tuvo algunas alegrías y un par de buenos amigos, pero también tenía una deformidad de nacimiento que le produjo sufrimientos físicos y anímicos desde su más tierna infancia y que la condenó a ser escamoteada por críticos y público de su tiempo. Es razonable sospechar que su físico tortuoso y enfermizo influyó en los prejuicios desfavorables contra esa mujer que adoraba la belleza y encajaba el infortunio con tanto padecimiento. Por eso he iluminado este comentario con el retrato que hizo de ella Tora Vega Holmström, en el que  su colega sueca supo ver el delicado rostro de la cántabra.

Como les ha pasado a los más audaces artistas, el respetable se carcajeó abiertamente de algunas de sus exposiciones, especialmente en la España de los años 10 y 20, que jugaba a ser entendida sin tener las herramientas para entender. Ahora, la sociedad española está más maleada y no se atrevería a ser tan incorrecta políticamente. Por suerte, también fue aplaudida y hasta elogiada sin reparos por escritores como Paul Claudel, Federico García Lorca y Ramón Gómez de la Serna, lo que no está mal.

La decisión de partir a París, en 1920, fue fundamental en su vida ya que allí encontró el caldo de cultivo necesario para avanzar en su arte sin añadir más temores a los ya adquiridos. También encontró la amistad de Juan Gris que fue decisiva para conocer los recovecos del cubismo que ella practicó con brillantez, aunque lo abandonara enseguida para regresar a la pintura figurativa, donde ella encontraba su mejor inspiración.

Los retratos tienen a veces una calidad tridimensional que los acercan a algunos retratos de Dalí, su Retrato de Anna María, de 1924, por ejemplo. Recuerdo una exposición de hace cinco años, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid, en la que se incluía alguna obra de Blanchard, que ofrecía una ocasión de oro para miradas comparativas que, en este caso no son odiosas sino muy interesantes.

La exposición que ahora ofrece el Sofidú, comisariada por María José Salazar, conduce sabiamente por la vida y obra de la artista de tal modo que queda patente la libertad con la que trabajó esta mujer, la originalidad de su trabajo, por mucho que su existencia coincidiera con la de tanto pintor de renombre.

Cuenta Salazar que a la muerte de María Blanchard, la familia decidió sacar sus cuadros de la circulación, por un pleito con la galería, lo que, si atendemos a lo abusivas que éstas suelen ser con los artistas, tampoco es de extrañar. El caso es que unos avispados negociantes de arte sustituyeron su nombre, en algunos cuadros, por el de Gris, más superventas que la pintora.

Total, que hasta el 25 de febrero, hay tiempo para rendirle una visita. El 14 de noviembre, además, habrá un encuentro a las seis de la tarde: “En torno a María Blanchard, vanguardia e identidad” para acabar de disipar las dudas resistentes.

2 Comments
  1. paco otero says

    Querida Elvira
    cuando te conocí en 1978 ya tenia en la memoria a Maria Blanchard.
    «…que poquita tecnología y cuanta ansia de saber y conocer en aquel grupo de jóvenes que llegamos a París entre el 68 y el 75, con solo una maleta y el deseo mas amplio de libertad y sin mas animo que gustar y disfrutar de todo lo negado…con Isabel Álvarez de Toledo conocí EL GRITO,
    con amigos o solo a BLANCHARD etc, etc
    por supuesto también lo negado en otros campos;musica literatura…»
    Si, un poquito de nostalgia,nostalgia sana,
    gracias ELVIRA por traerme esta parcela de memoria de juventud

  2. EH says

    A ti, también, por la misma razón, Paco Otero.

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