Cómo se forma un rebelde

Salvador Seguí, en una imagen si datar. / editorialperiferica.com

El 10 de marzo de 1923, pocos días después de que los pistoleros del Sindicato Libre, afín a la patronal catalana, lo asesinaran, se publicó Escuela de Rebeldía, una novela corta de Salvador Seguí, alias, El noi del sucre, El chico del azúcar, que junto a Ángel Pestaña fue una de las personalidades señeras del anarcosindicalismo español de principios del siglo XX. Hoy día, en pleno auge de los indignados del 15-M, es difícil acercarse a estas figuras de la CNT precisamente por el grado de atomización con que los movimientos de ahora actúan y el desconocimiento del origen de tales movimientos, de tal manera que sé de muchos chicos de la CNT actual que nada saben de quienes fueron sus fundadores y las circunstancias concretas que los empujaron  a crear en Cataluña, sobre todo, el mayor sindicato con el que ha contado la historia del obrerismo español. Sin embargo, para quien tema convertirse en ratón de biblioteca, cabría decir que es asequible en librerías, y además es una muy buena introducción al asunto, la novela de Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta, narración que inauguró en cierta forma lo que vino a llamarse “nueva narrativa española”, y que trata de aquellos años de enfrentamientos entre los anarcosindicalistas y los pistoleros de la patronal y donde murieron más de quinientos dirigentes obreros. Eduardo Mendoza, precisamente, describe el lugar en que cayó Salvador Seguí en un guiño evidente para quien sabe de esas cosas, pero además hace que la sombra de este dirigente se pasee por la narración a lo largo de toda la historia. En el fondo es un homenaje oculto a esta figura que parece fundirse con el paisaje de la Barcelona de aquellos años de barriadas insalubres y barrios modernistas.

Salvador Seguí fue alumno de Francisco Ferrer i Guardia, uno de los nombres emblemáticos del martirologio anarquista. Empleo martirologio con todas las de la ley ya que este magnífico pedagogo, fundador de la Escuela Moderna, fue una especie de santón fusilado tras los sucesos de la Semana Trágica porque se le vinculó con los incendios de iglesias y la relación con Mateo Morral, el que casi mata a Alfonso XIII el día de su boda, que fue discípulo suyo, y digo martirologio porque recuerdo una magnífica frase de Ernesto Sábato en una entrevista que le hice poco antes de morir donde me dijo que había sido educado cuando era niño por anarquistas españoles y que le parecía curioso que a  lo largo de su vida sólo había conocido entre ellos dos categorías de hombres: la de los santones y la  de los pistoleros. Premonitorio.

Publicidad

Imagen del libro.

Esta novela, rescatada por Editorial Periférica, que ha hecho lo mismo con autores ahora prácticamente desconocidos como Jules Vallés, que fue en gran parte deudo de Salvador Seguí, no es una narración señera de la historia de la literatura española, tampoco lo pretendía, pero precisamente por ello actúa al modo de un cristal sobre el espíritu de una época. Los rasgos de la historia nos pueden parecer ahora muy evidentes, pero son reales porque las circunstancias eran así: el protagonista es un joven que ansía más libertad que la que le ofrece su pueblo y emigra a Barcelona, la ciudad de los prodigios y las sombras. Allí establece relación con los movimientos obreros a través del ambiente de las imprentas, que eran el lugar privilegiado en el que se desarrolló la aristocracia del obrerismo, del mismo modo que los aventureros y pistoleros salieron de los sindicatos ferroviarios. El joven lleva una vida  a medio camino entre la bohemia y la conciencia sindicalista, como les sucede  a los personajes de las novelas de Jules Vallés, pero finalmente es la conciencia obrera la que prevalece sobre la marginación y el dispendio del carácter, como les gustaba decir a los puritanos sindicalistas. La narración abunda en datos históricos preciosos y precisos, como ya hemos dicho, los enfrentamientos entre los sindicatos obreros y los pistoleros de la patronal, pero también las discusiones habidas entre anarcosindicalistas, republicanos, nacionalistas… en una especie de espejo turbio de los problemas que acucian hoy día a los movimientos alternativos de izquierda.

Escuela de rebeldía hace honor a su título. El estilo de Salvador Seguí como escritor es el mismo que seguía en sus discursos: ausencia de adornos, algo raro en su época, plena de retórica en justa correspondencia con lo recargado del Modernismo, mensaje directo, didactismo a espuertas, moralismo intenso, como corresponde a un héroe auroral, difícil de sobrellevar ahora en un posmodernismo donde el placer, las más de las veces imaginario, está servido a la carta. Corresponde punto por punto a esa literatura obrerista de finales del XIX y principios del XX que dio figuras importantes aunque hoy día olvidadas. En Estados Unidos, por ejemplo, existe la impronta  de un escritor que arrasó en su momento y que entraba de lleno en esa categoría: Upton Sinclair, hoy olvidado salvo en los manuales de literatura. A esta generación se la llevó de golpe el viento de la historia: el crack del 29, la literatura de izquierdas de los años treinta, John Steinbeck con Las uvas de la ira o Erdskine Cadwell, por no hablar de la literatura marxista europea, de una alta calidad,  relegaron a la obsolescencia buena parte de ese enorme movimiento anarquista, que quedó barrido por las circunstancias del momento. Salvo en España, donde jugó una baza importante en los años de la República y la Guerra Civil. Asomarse a esta novela es entrar en los albores del movimiento obrero español. En este sentido creo tiene cierta importancia para los movimientos alternativos de izquierda como el 15-M. Yo siempre fui un defensor de ir directamente a las fuentes. De esta manera nos daríamos cuenta de que libros que pasan por ser best sellers de estos movimientos son remedos de los centenares que se hicieron en aquellos años del anrcosindicalismo. A cada uno lo suyo.