Van Dyck, el Mozart de la pintura

Detalle de 'Autorretrato', de Van Dyck (ca. 1615). / museodelprado.es

El día 20 de noviembre la reina Sofía inaugurará El joven Van Dyck en las Salas A y B de los Jerónimos del Museo del Prado. La muestra estará abierta hasta el 3 de marzo. Consta de 52 pinturas y 40 dibujos de la etapa juvenil de Van Dyck, el pintor de los retratos, el discípulo preferido de Rubens, el niño prodigio de la pintura, se calcula que sólo en su juventud pintó más de 160 obras, si tenemos en cuenta que Velázquez, que nació el mismo año que él, 1599, pintó 125 en toda su vida nos haremos una somera idea de la producción brutal de este artista que murió a los 41 años, el hombre sin estilo que influyó en muchos posteriores, el pintor que revolucionó el arte inglés de la corte de Carlos I, que quedó fascinado por su nuevo método de enfocar el género del retrato, comparándolo con el de Tiziano, su pintor favorito.

La muestra que abre el Prado se centra en la primera etapa de Van Dyck, a la que pertenecen los cuadros y dibujos expuestos antes de que fuera a Italia, como hacían todos los pintores flamencos de la época, para aprender del Tiziano. El Prado es un museo que posee muchos cuadros de esta primera etapa, se calcula que unas 25, porque Felipe IV compró de la Almoneda de Rubens, a la muerte de éste, una gran porción de ellos y también porque  a la muerte por decapitación de Carlos I, cuya colección albergaba unos 1500 cuadros, muchos de ellos de Van Dyck, fueron el rey español y el cardenal Giulio Mazzarino los que adquirieron muchos de esos cuadros que hasta entonces habían pertenecido a la Corona inglesa.

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Anton van Dyck. De su influencia por todas las cortes europeas nos da una idea de que su nombre se adaptó  a varios idiomas, sir Anthony van Dyck, en inglés o Antón van Dick entre nosotros, pintó la mayoría de los cuadros expuestos en Amberes, ya dijimos, antes de su viaje a Italia: la exposición se abre con el primer autorretrato conocido de Van Dyck, que procede de Viena, tenía 16 años cuando lo pintó: Alejandro Vergara, uno de los dos comisarios de la muestra y jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte del Museo del Prado, el otro es Friso Lammertse, conservador del Boijmans Museum de Rótterdam, explica la sorpresa que acoge al espectador cuando sabe la edad del pintor al contemplar ese cuadro. “Es que desde joven pintaba demasiado bien. Posee mucha calidad y talento. Es un pintor valiente, experimental, arriesgado, muy novedoso”  aunque, matiza, se muestra trémulo con las anatomías, y buena prueba de ello son obras como La entrada de Cristo en Jerusalén, La Lamentación o Sileno ebrio.

Cierto. Pero esa diferencia de matices, esos diferentes estilos con que Van Dyck encara los cuadros que pueden verse en el Prado, también nos sirven para entender una inquietud mayor: la del discípulo de Rubens que no logró zafarse de la influencia del Maestro quizá en toda su vida, la del pintor de origen católico al que le ahogaban la imposición de temas religiosos y mitológicos y que más tarde encontró en Londres la libertad que le ofrecía el retrato, donde podía dar rienda suelta a su genialidad y, de paso, abrir nuevas vías gracias a la interpretación psicológica de cada retratado. Van Dyck vivió una época turbulenta, murió poco tiempo antes de haber asistido  a la ira de los cabezas rapadas de Cromwell, pero su catolicismo es una adscripción que está ya muy alejada de la fidelidad al canon de su maestro Rubens. Cuando contemplamos los retratos de Van Dyck vemos de qué manera la intimidad psicológica de la Reforma ha hecho huella ya en Flandes, preparando la pintura para hogares burgueses y plácidas contemplaciones de paisajes domésticos. Esa es la sensación de independencia que nos posee hoy día cuando contemplamos esos retratos de Van Dyck, la gestación de una nueva mirada, de un nuevo enfoque en la manera de contemplar al individuo, mal que les pesen a los defensores de la coherencia, que huyen como de la peste de los cambios de estilo, algo que curiosamente acerca a Van Dyck al modo de entender hoy día el arte como proceso de transformación continua.

De las relaciones entre Rubens y Van Dyck, tensas por un lado, gratísimas por otro hasta el extremo de que Rubens llegó a regalarle un caballo blanco y en carta a sir Dudley Carleton llegó a decir que Van Dyck es su mejor discípulo, il meior mio discepolo, da buena muestra el cuadro que cierra la exposición, Retrato a Isabella Brandt, que fue primera esposa de Rubens. En él percibimos la admiración que Van Dyck sintió por Rubens, pero también su reverso: tanta lealtad artística sólo podía esconder una soterrada rivalidad que el viejo Maestro no podía consentir. Van Dyck siempre quiso huir de los lugares cercanos a los que habitaba Rubens, de ahí sus continuos viajes por Inglaterra, Francia, Italia, y Rubens no perdía ocasión de recomendarle a poderosos nobles no holandeses, por ejemplo el inglés conde de Arundel, para alejarlo de Amberes. Es, pues, certero concluir con ese retrato pues en realidad cierra una etapa y abre otra nueva, dando por finalizada su etapa de niño prodigio.

Se nota que siento cierta pasión por el Van Dyck retratista en detrimento de pintor de temas mitológicos o religiosos. Las vastas composiciones no cuadraban a su personalidad. Aun así realizó en su juventud cuadros de gran factura. En la muestra podemos contemplar La lamentación y su famoso Aquiles descubierto por Ulises y Diomedes, del que Rubens, en la citada carta, le dice a Dudley Carleton que él la había retocado por completo. Sigo creyendo que el autorretrato que inaugura la muestra es la referencia obligada para entender lo que esta exposición quiere ofrecernos: la obra de los años de formación de uno de los pintores más prematuros de la historia del arte. De ahí la comparación con Mozart. En otros aspectos ésta no tiene sentido alguno.