La mejor voz española de la literatura alemana, en la RAE

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Miguel Sáenz. / RAE

Miguel Sáenz ha sido elegido para entrar en la Real Academia Española y eso suena a una buena noticia. Se trata de un hombre cosmopolita y políglota, culto y de fina sensibilidad poética, que además ha ejercido de general del cuerpo jurídico de la Defensa, en calidad de mando del Ejército del Aire. Y tiene en su porte ese aire aristocrático, por cierto, de militar de carrera de los antiguos.

Cualquier organismo, aunque se trate de un cuerpo metafórico, requiere de aire renovado para su supervivencia o, al menos, para no caer bajo el peso de la inercia, como le pasa a la Acadèmie Française, verbigracia. Y, aunque me dirán que por la fecha de nacimiento de Sáenz no se trata de ningún jovencito, a ver quién es el guapo que le echa la edad biológica que su dni dice que tiene.

Frivolidades aparte, estamos hablando del traductor al español de lo más escogido de la literatura de habla alemana: Joseph Roth, Handke, Bernhard, Sebald,  Christa Wolf, Döblin, Michael Ende, Günter GrassArthur Schnitzler, estos dos últimos, largamente traducidos por él. También sus traducciones del inglés son numerosas. Pero no se trata de hacer un recuento, sino de destacar la delicada atención de sus versiones al español, la recreación literaria de esos autores que ganan importancia gracias al trabajo creativo pero fiel de Miguel Sáenz.

Lo que les pasa a los autores vivos que ha traducido es que se convierten en amigos suyos –salvo Thomas Bernhardt, pero es que este hombre era un tanto marciano social- porque al rigor y la belleza de sus traducciones se une la simpatía y la elegancia de su personalidad. Vaya hagiografía que me está saliendo. Pero es que es así. Pregunten y verán lo que cuentan.

Su primera traducción fue la de un libro de Peter Handke, Carta breve para un largo adiós, de 1976, que recuerdo haber comprado en la feria de Madrid, atraída por el titulo y alguna referencia de la solapa. Nada más empezar a leer, a pie de caseta, fui a consultar el nombre del traductor. Y me hice fan.

Leer libros  traducidos del alemán en España ha sido una tortura para quienes, además de enterarse de lo que el autor dice, querían disfrutar de una buena obra. Las traducciones que ofrecen algunas editoriales sobre filósofos alemanes, por ejemplo, son un desafío a la más imaginativa y pacienzuda cabeza lectora en España. Hasta que descubres que no es a causa de la dificultad intrínseca del pensamiento del filósofo en cuestión sino debido a la traducción. Y a que el traductor tampoco se ha coscado de gran cosa.

Ya he comentado alguna vez la suerte que tienen algunos escritores con sus traductores. Los mencionados y muchos más son los beneficiarios de un trabajo que alcanza un nivel muy alto. De excelencia, como se pirran por decir los hombres públicos ahora. Esas traducciones han hecho lectores adictos a los autores traducidos. Una responsabilidad que Saénz cumple brillantemente.

Otra impronta del nuevo académico es la inmersión doctoral que hace en cada autor que traduce. Y el encanto con que habla de ello. Recuerdo una conferencia en Madrid, hace años, en la que desarrolló la vida y milagros de Arthur Schnitzler de tal modo que al público más atento no le quedó otra que salir en busca de sus libros. Eso es triunfar.

La RAE gana con esta elección, eso sin duda. Y, como sucede en las cosas humanas que acaban bien sin que haya mediado nuestro lado oscuro para torcer las intenciones, con Miguel Sáenz trabajando en la Academia ganamos todos.

1 Comment
  1. Román says

    Efectivamente, ya era hora de que la figura del traductor tuviera un reconocimiento expreso en la docta casa. Bien es cierto que por ella han pasado traductores excelsos, tanto de textos clásicos como modernos, pero solían llegar a la RAE con la etiqueta de «filólogos» (y buenos los hay y los ha habido). Parecía como si la tarea del traductor –una de las profesiones más viejas del mundo y necesaramente vicaria– careciera del empaque y consideración que injustamente le era escatimada. La creación de facultades de Traducción en tiempos relativamente recientes y la impagable (en su sentido más literal) labor de gentes como Miguel Sáenz (y muchos más) van logrando poco a poco una dignificación largamente debida. San Jerónimo ha estado al quite esta vez. Un buen profesional, además de buena persona y, por cierto, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, ha alcanzado el merecido sillón en la Academia.

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