Niemeyer se va al cielo

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Oscar Niemeyer, en una imagen de 2007, en Río de Janeiro, ante uno de sus bocetos. / Marcelo Sayão (Efe)

Arquitecto de curvas del universo, ateo redomado que construye catedrales, amigo acérrimo de comunistas, para él, la vida estaba antes que la arquitectura. A lo mejor por eso ha querido estar en pie hasta casi los 105 años. Y ahora, como su catedral de Brasilia, sale disparado al cielo de los mejores.

El inventor de Brasilia, compendio de modernidad futurista, estaba sin embargo dotado de una elegante modestia. Del prodigio que supuso crear la capital brasileña explicó que se trataba de un “momento de optimismo” que supo aprovechar este fabricante de sorpresas arquitectónicas que fue Oscar Niemeyer. Que luego aquel proyecto se desdoblara en un abismo de separación de pobres y ricos, es harina de otro costal, aunque el arquitecto reconoció siempre el fracaso de la arquitectura en su afán de facilitar la vida a la gente corriente. Por eso no creo que se pueda responsabilizar al arquitecto de lo poco que duró el ideal futurista de Brasilia, ese ensayo de mundo feliz cuya mentira quedó pronto desvelada.

Comunista convencido desde su juventud –apoyó a Dilma Roussef en las últimas elecciones brasileñas-, supo seguir mirando las zonas oscuras de pobreza e injusticia que pululan junto a  todos nosotros, mientras se iba haciendo viejo.  “El papel del arquitecto –ha dejado dicho- es luchar por un mundo mejor, donde se pueda hacer una arquitectura que sirva a todos, no a un grupo de hombres privilegiados”. Y, sin embargo…

Vista nocturna de la catedral de Brasilia, una de sus obras. / Victor Soares (Agencia Brasilia)-Wikipedia

La masa de fábrica que usaba era el concreto, un material de construcción bastante resistente, que se trabaja en forma líquida, por lo que es muy moldeable. Es un material hecho de agua, cemento y otros añadidos, a los que se agrega un cuarto ingrediente para alterar sus propiedades. Así podía Niemeyer amasar sus moles arquitectónicas como un dios amasa la sustancia de que está hecho el mundo.  Lo más sugestivo es que, al final del proceso, cuando están sumados todos los elementos de la mezcla, hay que envolver ese cemento con un quinto elemento: el aire. Parece una metáfora perfecta del trabajo de Niemeyer, aquel por el que mejor se le conoce. Esas formas curvas, elevadas al cielo, que parecen flotar gracias al elemento aire de su material de construcción.

En su exilio francés de veinte años, Niemeyer colaboró con Le Corbusier -de quien fue discípulo y gran admirador- y de ese encuentro salió el edificio de la ONU, con menos curvas de las que el brasileño hubiera deseado. Fue tardíamente reconocido, como les pasa a los más grandes, con frecuencia, ya que es humano errar cuando se dan reconocimientos y premios, por un lado, y no es menos humano amedrentarse ante la grandeza o dejarse encanallar por el embate de la envidia.

Por esa razón, como otros grandes, Niemeyer no se ha resentido de las dificultades que la incomprensión de su trabajo iba creándole. Ha dicho muchas veces que amaba el trabajo que hacía, y ese es el mejor regalo que puede un mortal recibir de los dioses.

Así que no es extraño que, en la cama del hospital donde convalecía, tuviera ganas de escribir una canción para una samba de Krieger y Caio Almeida, que tituló Tranquilo con la vida, todo un alegato de su optimismo.

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