Zozobra en la cultura

Imagen de la concentración convocada por asociaciones de artistas plásticos contra la subida del IVA, que se realizó el pasado 24 de julio ante el Museo Reina Sofía de Madrid. / Ballesteros (Efe)

¿Y de quién es la culpa? Siempre se la puede echar a las espaldas del gobierno de turno, acostumbrados como estamos a que todo se mueva a base de subvenciones, pero creo que el problema es más profundo y más difícil de resolver. Y tiene que ver con lo que la cultura importe a la gente.

En la sociedad española, pocas personas están dispuestas a pagar por escuchar música clásica, ver teatro clásico, danza, hasta ir a una sala de cine que no sea superproducción de Hollywood. Y no digamos pagar por asistir a una conferencia o una lectura poética. No hay costumbre. Sin embargo, los bolsillos tintinean cuando se trata de pagar comilonas, tapas y chatos, comprarse un smartphone nuevo,  cambiar de bugati y cosas por el estilo. Hay que ser realistas. Y sí, ya sé, esto es una simplificación. Para tratar de acercarse a la verdad –ardua empresa- hay que fiarse de las estadísticas. Como las que detallan en qué gastamos el dinero cuando acudimos a actividades culturales. Leemos menos libros que hace cinco años, compramos menos periódicos, vamos menos al teatro, aunque este año hemos visitado más los museos que en años anteriores. No han llegado a un 8 por ciento los españoles que han asistido a un concierto de música clásica este año, frente al 25 por ciento que han ido a conciertos de música actual.

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Pero, en serio, ¿a quién demonios le interesa la cultura en España? En una reciente entrevista, Alfonso Aijón, adalid de Ibermúsica, que ha traído a los mejores solistas y orquestas del mundo a los escenarios, recordaba que los precios de las entradas a los conciertos están falseados a la baja por las subvenciones. No en su caso, ya que la suya es de las pocas empresas que no piden ayuda al Estado.  Aijón deja claro –y es materia que domina como nadie- que el futuro de orquestas y músicos está negro simplemente porque los jóvenes no necesitan la llamada música culta, ni hay interés, hasta el punto de que “programar a Mahler sigue siendo arriesgado y te quedas con muchas entradas”. Sin embargo, el programa de la temporada que viene de Ibermúsica es –a pesar de los obstáculos- de levantarse del asiento de entusiasmo.

Los conciertos de rock u otro tipo de música, presentan otros problemas, que más tienen que ver con los cachés de los más famosos y las locuras que sean capaces de crear en sus fans. A pesar de lo cual, la programación de 2013 es abundante.

Pasemos a la literatura. ¿Por qué hay quién se engaña asegurando que cada vez se lee más? ¿Qué se lee? ¿Las recomendaciones de los expertos? ¿Quizás lo que más se vende es lo mejor? Porque eso es fundamental saberlo. Si de pronto hay una epidemia de lectores fanáticos de la guía telefónica, las estadísticas dirán que se lee mucho en España. Y todos tan contentos.

Recuerdo unas declaraciones de Manuel Vázquez Montalbán, hace tiempo, sobre la cantidad de lectores reales que hay en España; tirando por lo alto, decía, 25.000. Agitadores culturales y autoridades de la edición española como Jorge Herralde no lo ven muy bonito. El editor Carlo Feltrinelli ha confesado pérdidas del diez por ciento en sus más de cien librerías por el mundo y eso que La Central de Madrid, de Callao, está que se sale.

En un reciente número del Times Literary Supplement, revista de libros de referencia mundial, el historiador y crítico Michael Kerrigan dedica dos páginas a media a una novela, Antagonía, de Luis Goytisolo, con motivo de su reciente publicación en un sólo tomo por Anagrama. Kerrigan festeja la obra en términos muy elogiosos, comparándola con empresas como la construcción de una catedral gótica o la que condujo a Dante a culminar su Divina Comedia, para, finalmente admitir que su lectura requiere una dedicación propia de otros tiempos, cuando los lectores parecían tener más capacidad de concentración.  "Las nuevas generaciones no retienen más de tres minutos la atención", dice Alfonso Aijón. Siempre habrá excepciones, claro, pero no remedian la cruda realidad. Porque hablo de lectores, no de escritores, pero, ¿de dónde demonios salen los escritores? A pensar tocan.

En teatro podría creerse que no vamos tan mal porque, al menos en Madrid, las salas han crecido y el público asiste a las representaciones. Pero la mayoría de las compañías están en precario, cargadas de deudas y sin que les lleguen las ayudas públicas prometidas. Y peor aún: la demagogia de los representantes políticos del negociado pone a las entradas de teatro un precio tan barato que no llega ni para pipas, como ha dicho Miguel del Arco, un dramaturgo premiado con varios Max

Además de la mala educación que supone para un público que lo quiere todo gratis: sanidad, educación, comedores, libros, música y teatro. Y todos sabemos que nada de lo mencionado es gratis.

En el cine, abundan las lágrimas y el rasgado de vestiduras por la escasez de dinero público disponible. Pero parte de la opinión pública piensa que no habría que gastarse ni un euro en el cine que se hace en España. Hay excepciones de honor, como la película de animación, Arrugas, de Ignacio Ferreras sobre una historieta de Paco Roca, que será exhibida para el público norteamericano, en breve. Arrugas recibió una subvención de 400.000 euros del gobierno gallego que ha devuelto con creces, por su calidad. Pero, ¿ha acudido el público español en masa a verla? Pues no ha sido así. El respetable ha preferido otros destinos. El cine de bombazos y salivazos norteamericano, por ejemplo.

Otra cosa es el fenómeno de Lo imposible, de Juan Antonio Bayona, que ha tenido que apoyarse en actores e idioma ajenos a la cultura española y que, al parecer, ha salvado el balance del año brillantemente. No entro a opinar sobre la película.

El ministro Wert ha puesto de ejemplo al Museo del Prado que, para compensar el recorte de subvenciones, ha decidido sacar a pasear sus obras a los confines de la Tierra. Y hay quien se pregunta si eso compensa los enormes gastos que produce sacar obras de arte, de Velázquez y de Goya, por ejemplo, a Australia o a Estados Unidos. Se ve que sí. Para los más críticos con el ministro, resulta cínico que el Estado llame a la sociedad civil a mover el culo para compensar la escasez de ayudas públicas. En todo caso, no es despreciable el tema de discusión.

Lo que nos lleva a la Ley de Mecenazgo prevista para finales de 2013, según promesa del gobierno.  Un modo de ayuda al arte, la educación y las ciencias del que saben mucho los anglosajones, especialmente, norteamericanos, pero que a los potentados españoles les suena a cuento chino. Una visita al museo Metropolitano o a la Biblioteca de Nueva York, que se sostienen de esa manera, da idea de lo que se podría hacer. Aquí, sin embargo, el Ateneo de Madrid las está pasando canutas para salir a flote sin que se sepa a ciencia cierta si lo conseguirá, como hemos contado en cuartopoder.

Sin caer en la simpleza de un célebre anuncio televisivo -que proclama buenismo al tiempo que da de comer sustancias dudosamente sanas-, creo que no se debe caer en el pesimismo al que  históricamente somos tan inclinados los españoles. Por suerte, las muestras de coraje e imaginación de las individualidades de este país desmienten todo derrotismo. Es nuestro hecho diferencial: una sociedad desinteresada por el arte, de la que salen artistas excelentes; y científicos, y escritores y cineastas; y así, todo.