Robespierre, nuestro hermano

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Retrato de Robespierre (c. 1790). Anónimo. / Wikipedia

Vivimos una época de profundas revisiones, sobre todo aquellas que han dado lugar a la Modernidad. El revisionismo histórico, porque de ello se trata principalmente, fue cuestión en su primer momento del pasado nazi de Alemania, pero esa revisión alcanzó después al totalitarismo estalinista y terminó yéndose lejos, hacia el pasado. Es probable que en estos procesos tenga mucho que ver la transformación del modelo de Universidad, por tanto de los estudios históricos, pero también porque esta época, como todas las que han ocurrido y las que vendrán luego, quiere imponer su escala de valores. El problema surge cuando el pasado quiere verse con ojos del presente, cayendo en anacronismo de lesa majestad: no hay remedio para esto. Nos ocurre todos los días, El caso reciente de Maximilien Robespierre es ilustrativo.

Resulta que en pocos días han salido dos libros dedicados a la figura de nuestro ilustre político jacobino, cuyo nombre siempre se asoció al Terror revolucionario. El australiano Peter McPhee, profesor en la Universidad de Melbourne, ha escrito la que se supone es la mejor biografía del político francés, Robespierre. Una vida revolucionaria, que ha publicado entre nosotros Península. Por otra parte, Javier García Sánchez, escritor muy dado a escribir grandes frescos, ha publicado Robespierre, en Galaxía Gutenberg-Círculo de Lectores, una novela de casi 1500 páginas que incide en la figura del revolucionario jacobino y lo revisa hasta hacer de él un demócrata modélico, preterido primero en su legado principal y manipulado desde el día mismo, aquel 10 Thermidor, en calendario gustoso para Maximilien de Robespierre, 28 de julio de 1794 para el común de los europeos, en que fue guillotinado, haciendo verdad ese terrible dicho que muchos curas aplaudieron en su momento de  “Quién a hierro mata, a hierro muere”.

Cubierta de la obra de Peter McPhee.

Ni una cosa ni otra. Bien es cierto que la imagen de Maximilien que nos ha llegado es la del inspirador del Terror jacobino, una imagen que la reacción y la Iglesia se encargaron desde el siglo XIX de acrecentar hasta rozar límites dejados sólo al Diablo en tiempos más pretéritos, pero creo que lo que impulsa a gentes como Peter McPhee o Javier García Sánchez poco o nada tiene que ver con resarcir su leyenda del reaccionario decimonónico y sí la de quitarle la probable sombra de ser el inspirador, una especie de Padre Fundador, de los asesinatos en masa acontecidos en el siglo XX, los crímenes de los totalitarismos estalinista y nazi, principalmente. Desde luego me consta que en el caso de Peter McPhee es así, pero basta una somera mirada a la época, tampoco demasiado profunda, para darnos cuenta de que en aquellos años era imposible concebir el asesinato en masa porque ni siquiera existía ese concepto y que para que ello surgiera tendría que haber una industria, una burguesía y una idea de la producción en cadena. Nuestro Maximilien todavía usaba peluca, por lo que el anacronismo es evidente. Algo así como pensar que las tarjetas perforadas de las sederías de Lyon en el siglo XVIII empleaban métodos informáticos.

Javier García Sánchez no es tan sensible como el historiador australiano al problema del exterminio en masa, pero sí a la idea de que el Terror fue provocado por él y le quiere alejar de esa imagen que ve en Maximilien al loco revolucionario gastando tinteros con su pluma de ave mientras firma penas de muerte, algo que le acerca al general Franco con su siniestro lápiz de dos colores, azul y rojo. Para García Sánchez Robespierre es un hombre de la estirpe de Julien Sorel, en esto se nota que es un novelista, y ve en el hombre de Arras, el incorruptible provinciano que llega a París con una maleta donde únicamente se contienen varias mudas y medra hasta llegar  a presidente de la Convención Nacional. Para García Sánchez, que posee en su imaginario los rasgos para un personaje tomados de Stendhal y Balzac, el provinciano que llega a París triunfa gracias a un malentendido, que no es otra cosa que la traición a sí mismo a que le llevan sus propios ideales democráticos. Tengo para mí que el problema en que incurren McPhee y García Sánchez, aun siendo tan distintos, es que en gran parte llevan razón: Maximilien era un demócrata convencido, tanto que llegó a presidir el Comité de Salvación Pública porque estaba convencido de que había que limpiar la Revolución de parásitos. Sabido es que Robespierre tenía una obsesión desmedida por la higiene. Transferir esa higiene personal a la pública es lo que lo perdió. El Terror no fue ni más ni menos que un problema de higiene. Los reaccionarios eran vistos como miasmas que atentaban contra los principios de la Pureza, de la Higienes, de lo Inmaculado. Esto poco tiene que ver con los asesinatos en masa, pero mucho que ver con los principios ilustrados de la salud. Cuando a Maximilien se le cruzó el miasma  Georges Danton, fue el principio del fin.

Portada de la obra de Javier García Sánchez.

Nos dice Javier García Sánchez, que es un novelista concienzudo que se informa con prolijidad, que Robespierre no firmó más allá de cuatro o cinco sentencias de muerte de su puño y letra, lo que echa por tierra la imagen del loco con la pluma de ave en ristre, pero eso no le inhibe que en sólo un año, cuando gobernó, las ejecuciones sumarias se agravasen hasta límites insospechados. Que Maximilien fuese proclive a ser desprestigiado es obvio, pues cualquiera con poder es sujeto de ello, pero la revisión histórica tiene sus riesgos: no prevé el imaginario del momento. Nada comparable el Terror jacobino con el Terror de los campos de exterminio o de los gulags pero para un hombre de la feliz sociedad del siglo XVIII, la sociedad que creía en que cierto nivel de civilización se había aposentado definitivamente entre nosotros, el Terror supuso un verdadero trauma, al modo del terremoto de Lisboa, el otro terror, el de la Naturaleza. Maximilien llevaba siempre a Rousseau bajo el brazo, el pensador del Buen Salvaje, la Higiene de la Podrida Civilización. Bello ideal. Lo malo es que  después del Terror siempre aparece un Directorio, que es el encargado de establecer la mala leyenda del anterior. En eso sí nos parecemos.

2 Comments
  1. celine says

    Que el cielo nos libre de semejantes señores de la limpieza y salvadores de la patria. No sé si la lectura de estos libros me hará simpática la figura del abrillantador jacobino. La historia da más crédito a los que prefieren atemperar las furias salvadoras.

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