Gérard Depardieu: de Obélix a ciudadano ruso

Imagen de archivo de Gerard Depardieu y Vladimir Putin durante una visita el actor francés al Mueso de Estado de San Petesburgo. / Alexey Nikolsky (Efe)

Nuestro vecino país lleva semanas en estado de agravio cuando se supo que uno de sus mitos cinematográficos, Gérard Depardieu, se había instalado en la localidad belga de Néchin, donde había comprado una casa el pasado año, a fin de no pagar impuestos en su país debido a la subida de los mismos decretado por François Hollande. La cosa no es nueva y Néchin se ha convertido en una aldea de lujo, probablemente la aldea con más renta per cápita del mundo, al haberse instalado allí varios millonarios galos. Sabido es, igualmente, que cuando a la República se le toca algo relacionado con el imaginario patrio la ira llega a extremos poco conocidos en otros países, y ello porque en Francia la cohesión de la revolución, el pegamento social resultante de aquel conflicto, se resolvió desde hace por lo menos ciento cincuenta años gracias a la apelación a la patria… republicana, naturalmente. La circunstancia de que varios millonarios se hayan convertido en traidores lleva causando una polémica en Francia desde hace semanas, pero lo de Depardieu llevó a cierta sensación de estupor y duelo nacional por tratarse de un actor que ha paseado  a la Patria por el mundo entero y a quien muchos identifican con el país. Diciéndolo en el tosco y tonto lenguaje de hoy día: Gérard Depardieu es una pieza clave de la marca Francia.

Para colmo el día 4 de enero, recién inaugurado el año, los medios de comunicación franceses llenaron sus espacios con la noticia de que Vladimir Putin había concedido la nacionalidad rusa al actor. El escándalo, recién pasada la estupefacción primera, ha sido monumental, pero no ha llamado a engaño a muchos, ya que Gérard Depardieu, que come regularmente en un restaurante de la Rue du Cherche Midi, había dicho hace días a sus allegados, con los que departe asiduamente en dicho local, que había tres países que querían acogerle, Bélgica, Montenegro y Rusia. Putin, en esta ocasión, no sólo parece haberse ofrecido, lo hizo público el 20 de diciembre, sino que ha dado el primer paso.

La portavoz del Gobierno, Najat Vallaud- Belkacem, no ha tenido más remedio que pronunciarse ante la cosa. ¿Qué hacer en un país donde los ciudadanos, además de patriotas republicanos, o precisamente por ello, gozan de los derechos consagrados por la patria? Nada. Se ha limitado a decir que es prerrogativa exclusiva del Jefe del Estado ruso, lo que además de ser obvio, no pasa de ser un modo elegante de echar balones fuera en un momento en que los debates sobre los impuestos cunden en toda la prensa francesa.

Las relaciones de Depardieu con Rusia vienen de lejos. Ha protagonizado algún que otro anuncio para la banca Sovietski, para relanzar un ketchup de allí y para poner de moda una cadena de alimentación. Pero en Francia han recordado que esas relaciones no son tan cristalinas. Hay ciertos autócratas, como Ramzan Kadirov, presidente checheno, que es amigo suyo, que le han ofrecido también la posibilidad de cambiar su pasaporte por el checheno, y no hay que olvidar que Depardieu, al igual que Jean Claude Van  Damme, Hillary Swank, Luis Figo o Jean Pierre Papin que habrían aceptado servir a la propaganda del presidente checheno, se ha servido de  esa amistad para engordar con enormes sumas su cuenta corriente. A principios de diciembre cantó a dúo con Gulnara Karimova, hija del presidente uzbeko, Islam Karimov, cuyo gobierno ha sido acusado reiteradas veces de no respetar los derechos humanos.

Por si fuera poco, el mismo día, Jacques Tardi, el legendario dibujante, ha rechazado la Legión de Honor, como hizo en julio la investigadora Anny Tébaud Monny. Tardi ha alegado su derecho  a la libertad para no querer ese preciado galardón nacional que ya rechazaron en su momento Jean Paul Sartre o Georges Brassens, Albert Camus, Marie Curie, Léo Ferré e incluso Guy de Maupasant , lo que, hay que reconocerlo, da un cierto lustre al rechazo al estar acompañado de semejante panteón marginal.

Muchos franceses sienten ante lo de Depardieu que los rusos están a las afueras de París, como en los tiempos de Waterloo, pero parece ser que estos sentimientos se generan y mueren en el imaginario patrio, tan de capa caída ya como la pasión hacia Juana de Arco. Las razones por las que Depardieu ha escogido el pasaporte ruso tienen que ver con las condiciones que se le exigen en Bélgica a los que quieren acogerse a la nacionalidad de ese país. Y Depardieu no las cumplía, evidentemente. Hacía falta, por ejemplo, cumplir una residencia de cinco años. En personajes menos mediáticos la cosa no plantearía problemas, pero con el actor era evidente que cualquier movimiento suyo estaría visto con lupa de alta graduación y que sería pasto de los medios. Es lo que tiene ser un personaje más que famoso y haber conseguido que media Francia se viera identificada con Obélix, la otra supongo que lo estaría con Astérix o Panoramix.

Esto el mismo día en que la organización Batasuna, creada en 2001, y legal en Francia, ha decidido su disolución. Esto por la parte feliz del asunto mediático aunque hay que reconocer que el francés medio no sabe siquiera que existiera una organización independentista en su país con tamaño nombre.Todo este cóctel de noticias en apenas 24 horas ha dejado a la nación algo inquieta, aunque menos que las relativas a las subidas del paro y de los precios de algunos productos. Lo de Depardieu entra dentro de las fantasmagorías del imaginario colectivo, fantasmagorías que, no lo olvidemos, actúan como metáforas certeras de la situación de un país. En realidad lo de Depardieu es un alivio como elemento metafórico de la situación francesa. Sobre todo si lo comparamos con esa otra metáfora de la situación española que puede ser Madrid Arena y el goteo constante de noticias alrededor de este monstruoso asunto.

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